Joyce Oates - Ave del paraíso

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Situada en la mítica ciudad de Sparta, en Nueva York, Ave del paraíso es una punzante y vívida combinación de romance erótico y violencia trágica en la Norteamérica de finales del siglo XX. Cuando Zoe Kruller, una joven esposa y madre, aparece brutalmente asesinada, la policía de Sparta se centra en dos principales sospechosos, su marido, Delray, del que estaba separada, y su amante desde hace tiempo, Eddy Diehl. Mientras tanto, el hijo de los Kruller, Aaron, y la hija de Eddy, Krista, adquieren una mutua obsesión, y cada uno cree que el padre del otro es culpable. Una clásica novela de Oates, autora también de La hija del sepulturero, Mamá, Infiel, Puro fuego y Un jardín de poderes terrenales, en la que el lirismo del intenso amor sexual está entrelazado con la angustia de la pérdida y es difícil diferenciar la ternura de la crueldad

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– No. Se acabó. No hay nada que hablar. Nunca más.

Si era Ben quien cogía el teléfono, volvía a colgar a toda velocidad. Pálido y tembloroso, salía de la habitación dando un portazo:

– Es ese miserable. ¿Por qué no nos deja tranquilos ?

Si contestaba yo -y mamá no estaba cerca para oírme y quitarme el teléfono de la mano-, hablábamos un poco. De manera entrecortada pero con avidez. Me temblaba la voz y apenas se me oía, y el corazón me latía con violencia, como las alas de aquel ave del paraíso en la canción que Zoe Kruller cantaba en otro tiempo.

6

– Sube, Krista.

Fuera, en la salida trasera del instituto, esperaba el coche de papá.

Un automóvil desconocido: estaba segura de no haberlo visto nunca. Un brillante acabado metálico de color cobrizo oscuro, relucientes adornos cromados, aspecto de nuevo, se podría decir aspecto ostentoso, con neumáticos de bandas blancas y tapacubos como ruedas de ruleta: uno de los coches especiales de Eddy Diehl.

Se trataba de vehículos de segunda mano con cierta distinción que papá reacondicionaba o «personalizaba»: los conducía durante algún tiempo, y volvía a venderlos, probablemente ganando dinero. Eran coches clásicos (Cadillac, Lincoln, Oldsmobile) o más modernos (Thunderbird, Corvette, Stingray, Mustang, Barracuda), adquiridos de manera misteriosa a través del amigo de un amigo que necesitaba dinero con urgencia, o de ventas por bancarrota o subastas de coches de la policía. A lo largo de mi infancia aquellos coches especiales eran emocionantes y estaban al mismo tiempo llenos de peligros porque su compra disgustaba a mi madre aunque fueran siempre sorpresas maravillosas para mi hermano y para mí. Era típico de papá que se presentase en casa con un coche nuevo sin aviso ni explicación. Aparecía en la puerta principal de nuestra casa haciendo sonar las llaves de un coche, con su peculiar sonrisa llena de astucia:

– Mirad delante de casa. ¿Quién quiere dar una vuelta?

¡Nosotros! ¡Ben y yo! ¡Adorábamos a nuestro imprevisible papá!

Era lo mismo en aquel momento; aquel lo tomas o lo dejas. Mi padre que se presentaba en el instituto, en el gimnasio. Y acto seguido el automóvil. La exigencia era que si lo querías a él, tenías que aceptar de manera incondicional la felicidad que te ofrecía: de lo contrario la sonrisa llena de astucia se esfumaba bruscamente y un resplandor duro y cruel aparecía en los ojos entrecerrados.

Sin pensar, sin un atisbo de precaución (¿Es esto lo que quiero?¿Dónde me va a llevar?¿Qué me sucederá?), sin acordarme de que, como de costumbre, mi madre me esperaba en casa al cabo de cuarenta minutos en aquella época en la que el crepúsculo llegaba pronto, antes de las cinco de la tarde, subí al asiento del copiloto del impresionante vehículo que mi padre conducía y dejé la mochila en el suelo.

– ¡Caramba, Gatita! Hace una barbaridad de tiempo.

Mi padre se apoderaba de mí: abrazo de oso, beso húmedo y rasposo, mejillas sin afeitar, olor a humo en el aliento.

– Dulce gatita mía, mi Krissie -hacía mucho tiempo que nadie me llamaba así.

Como tampoco nadie me había abrazado ni besado así desde hacía muchísimo tiempo.

Papá debía de tener ya cuarenta y cinco o cuarenta y seis años. Un tipo alto y corpulento (un metro noventa, cien kilos), en su mayor parte sólida masa muscular, aunque empezaba a aflojarse en la cintura. Había sido un atleta en el instituto (fútbol americano, béisbol) y soldado de primera clase en el ejército de los Estados Unidos (Vietnam) cuando tenía poco más de veinte años y ahora le quedaba una leve cojera en la pierna derecha (metralla, herida en combate). Nunca había querido contarnos, ni a Ben ni a mí, sus experiencias o aventuras en Vietnam -estábamos seguros de que tenía alguna-, aunque tampoco habíamos encontrado nunca ni instantáneas ni recuerdos de Vietnam, ni tampoco condecoraciones (por heridas recibidas, por valor en el combate), ni cartas de amigos (sin duda tuvo amigos en su pelotón, Eddy Diehl era un hombre muy sociable), y lo que hacía siempre era escabullirse con evasivas, murmurando Se terminó, chicos. No hay que volver allí.

Nuestra madre no nos alentaba para que «pincháramos» a papá. Lo hirieron, estuvo ocho semanas en el hospital. Su madre me lo contó, pensaban que quizá no sobreviviría.

Y en otra ocasión nuestra madre nos dijo, en voz baja, Nunca ha hablado conmigo de ello y es mejor así.

Pensé entonces con desprecio: ¿Qué clase de esposa egoísta no desea siquiera saber lo que le pasó a su marido en la guerra?

Qué fácilmente me podría haber aplastado papá con su abrazo. No me di cuenta hasta más tarde -quiero decir años después- de que papá quizás me tuviera miedo, que le diera miedo tenerme tan de repente con él en su coche; su risa era estruendosa, encantada. Posiblemente era la risa de la incredulidad, del asombro, con un poco de remordimiento. ¿Mi hija? ¿La hija que se me tiene prohibido ver? ¿Ha venido a mí, es esta jovencita?

– Qué buena chica. ¡Buena y valiente\ Con ternura, las manos grandes de mi padre me sujetaron la cara. Las manos grandes y callosas de mi padre. En una ocasión le había visto utilizar el mismo gesto con mi madre, pero no era una manifestación de amor, sino de furia, de exasperación, para hacer que mi madre escuchara, para que mi madre viera, y aquel recuerdo de mucho tiempo atrás se me presentó de nuevo, con una punzada de pánico. Y, sin embargo, no opuse ninguna resistencia: como una niñita cuya ansiedad se ha visto por fin disipada, todos los miedos desterrados, incluso el miedo a papá. Era un regalo enorme que me sujetaran así, que me besaran, que me quisieran. Sabía que mi padre nunca me haría daño. Las lágrimas me quemaron los ojos, me cayeron por la cara que sin embargo latía de dolor por haber recibido un golpe en la pista con un balón arrojado sin mirar hacía menos de una hora. Ya no recordaba cuándo era la última vez que mi madre me había besado o abrazado; tampoco la última vez que había deseado que me besara o me abrazase. Semejante despliegue de emoción nos hubiera avergonzado a las dos. Habíamos aprendido a reprimirnos para no tener que oír decir a mi hermano -era una de sus observaciones más que frecuentes en el ámbito del hogar y lanzada con una peculiar voz muy seca llena de repugnancia- Dejad de fastidiar, por el amor de Dios. Esto no es la televisión.

Tampoco lo de ahora era la televisión. Era una improvisación, algo desconocido. No había sucedido nunca antes. O, si había sucedido, a mí desde luego no.

Los autobuses escolares estaban cerca: inmóviles pero con el motor encendido, enviando a la atmósfera chorros de gases por el tubo de escape. Mis compañeras corrían bajo la lluvia y era considerable la conmoción en el aparcamiento porque los autobuses recogían pasajeros, preparándose para salir. Al pasar, los faros habrían iluminado el rostro emocionado de mi padre y el mío, algo que a Eddy Diehl no le hubiese gustado.

¿Es ése… Eddy Diehl? El que…

¿Está con su hija? Cómo se llama…

Rápidamente papá arrancó el coche y salimos del aparcamiento.

Durante algunos minutos confusos pero estimulantes deambulamos bajo la lluvia. Sin saber adónde me llevaba mi padre: Edgehill Street, East End Avenue, Union Avenue, la parte baja de Main Street, un giro y el descenso pronunciado hacia Depot (aquellas calles de Sparta tan familiares en realidad no tenían nombres para mí, no eran más que direcciones, impulsos, que nos alejaban de mi instituto, donde nos podían reconocer, pero carecían de un destino, dado que ya no existía un destino común en nuestras vidas).

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