Walter Mosley - El Caso Brown

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John, un viejo amigo de Easy Rawlins, solicita la ayuda de éste. Brawly Brown, hijastro de John, ha desaparecido y todo hace pensar que el chico se ha visto atrapado en una situación más peligrosa de lo que supone. A Easy no le costará demasiado encontrar a Brawly y enterarse de que John tiene razón… Pero conseguir que Brawly vea las cosas de esa forma resultará mucho más complicado.

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– Si sabe dónde no están, ¿cómo es que no sabe dónde están?

– Pues no lo sé -se quejó-. Se han separado y se han escondido. Lo único que me han dicho es que iban a buscar refugio, que era algo de lo que Strong hablaba mucho. Sólo aparecerán cuando llegue el momento de hacer el trabajo.

Durante un rato quise abofetear a Isolda Moore. El deseo se iba haciendo más intenso a medida que pasaban los minutos. Al final, me puse de pie. Mi repentino movimiento la asustó tanto que se echó hacia atrás y se cayó con su silla.

No la ayudé a ponerse de pie.

– Será mejor que corra muy rápido -le dije-. Porque no voy a dejar que tenga lugar ese robo. Y cuando cojan a su Mercury puede tener por seguro que la va a delatar.

Cuando bajé a la calle, ya en mi coche, no sabía qué hacer. Había resuelto un crimen que nadie me había pedido que resolviera. Mi trabajo no consistía en capturar a asesinos ni frustrar robos. Lo único que tenía que hacer era mantener a Brawly alejado de los problemas. Pero eso era imposible, porque ya estaba metido en problemas antes de que me llamaran.

Fui conduciendo en círculos, preguntándome qué podía hacer. Tenía miedo de ir a ver a John, porque a lo mejor había puesto su propia vida en juego intentando salvar al chico. Lakeland planeaba cogerlos a todos en el acto de cometer el delito, yo estaba seguro de ello. Eliminaba el problema tendiéndoles una trampa.

Tina no hablaría conmigo, ni tampoco Xavier.

Clarissa estaba en casa de Sam, pero se negó a ponerse al teléfono.

Finalmente decidí ir a la obra de John. Él y Chapman estaban trabajando en el refuerzo del porche de una casa de falso adobe. Me pareció absurdo que estuvieran trabajando mientras ocurrían tantas cosas malas. ¿Cómo podían esos hombres levantar los martillos, sabiendo que sus mejores amigos y sus seres queridos se habían descarriado tanto?

– Easy -dijo Chapman, que fue el primero que me vio.

– Ken, John…

– ¿Qué quieres, Easy? -El tono de John era exasperado, como si fuera Job en conflicto una vez más con la deidad.

– ¿Qué demonios te pasa? -dije.

– Alva está en el hospital.

– ¿Qué ha ocurrido?

– Los nervios. La tienen sedada, porque está muy preocupada por Brawly y triste por Aldridge.

– Lo siento, John. Sólo intentaba hacer lo que tú me pediste.

Me dirigió una mirada dura. Los puños de John se apretaron, sus hombros se encorvaron. Chapman dio un paso atrás. Pero John no pensaba pegarme. Sabía que yo tenía razón.

– He venido para haceros unas preguntas más -dije.

– ¿Cómo?

– Estoy buscando a Brawly. Creo que ha ido a esconderse a algún sitio para pasar el día y parte de la noche. ¿Tenéis alguna idea de dónde puede ser?

– Si lo supiera, estaría ya allí -dijo John.

Chapman miró al suelo.

– ¿Sí? -le pregunté.

– Yo no sé nada de Brawly, Ease -dijo-. Te lo diría si lo supiera.

Yo no tenía ni idea de si Chapman me estaba mintiendo o no. Por lo que sabía hasta el momento, él y Mercury podían estar juntos en lo del atraco. Eran socios desde hacía años, desde niños.

No tenía ni idea de cómo había sido su niñez, de modo que cruzó por mi mente una imagen de mis primeros años. Mi madre había muerto, y mi padre había desaparecido. Mi media hermana y medio hermano mayores se fueron a vivir con unos primos maternos a El Paso. Yo fui a parar con un hombre llamado Skyles. Se había casado con una de las hermanas de mi madre y tenía una granja. Me cogió como esclavo.

Skyles me hacía sudar desde que salía el sol hasta que se ponía, y luego me alimentaba sólo con los restos de su cena.

Al cabo de tres semanas decidí huir. Me decidí un martes, pero el tren al que pensaba subir no pasaba hasta el jueves por la noche. Le robé un saco entero de comida a Skyles y me escondí en un granero abandonado al otro lado de la carretera, frente a su casa.

Aquellas dos noches le miraba por los huecos que había entre las tablas, chillando y dando golpes a sus cosas… le ponía como loco que yo le hubiese robado y huido.

– Ven conmigo, John -le dije a mi amigo.

Fuimos hasta mi coche, que estaba en la calle.

– Déjame las llaves de tu apartamento -dije.

– ¿Para qué?

– No me lo preguntes, tío. Confía en mí.

Dudó un momento y luego sacó un aro de acero que contenía docenas de llaves. Sacó una Sergeant de latón y me la tendió.

Me llevé la llave al coche y fui conduciendo hasta la casa de John.

Encontré el número en la libretita de teléfonos que tenía John en el primer cajón de su escritorio. Lo marqué. Respondieron al segundo timbrazo.

– ¿Diga? -La voz era entrecortada, pero inquietante. Casi podía ver la cara huraña del joven al oír sus palabras.

– ¿Está Rita? -pregunté con una voz que esperaba que no sonara parecida a la mía.

– Se ha equivocado -dijo, y colgó.

No iba a casa de Odell desde hacía un año. Su esposa, Maudria, había muerto hacía dieciséis meses. Yo fui al funeral, y luego a su casa, y comimos bocadillos de salami y me senté junto a Odell.

Tenía casi setenta años, pero no parecía mucho mayor que hacía veinte. Sólo estaba un poco más blando y más bajo, y con las orejas un poco más grandes.

– Easy -dijo, a través de la frágil puerta mosquitera-. ¿Qué tal te va?

– Bien.

Me examinó un momento y luego dijo:

– Vamos, entra.

La casa se había convertido en un mausoleo. Las pesadas cortinas marrones estaban corridas. Los muebles estaban limpios, y en su mayor parte sin usar. Olía a naftalina y a whisky.

Me acompañó hasta una mesa de madera de arce llena de muescas y situada junto al fregadero, en la cocina. Las ventanas sucias apenas permitían el paso de una pequeña cantidad de luz solar, pero era suficiente. Me sirvió un vaso de limonada hecha con concentrado congelado y sacó una botella de whisky para él.

– ¿Y qué tal te va? -le pregunté a mi amigo más anciano.

– Ah, bien -dijo-. Nada especial. Como solía decir Maudria, si no hay noticias son buenas noticias.

– ¿Sales? -le pregunté-. ¿Ves a alguien?

– No. Ya no tengo a quien visitar. Sabes que cuando llegas a mi edad, todo el mundo se está muriendo. O se ha muerto ya. Si salgo por esa puerta con los vaqueros y dinero para el autobús en el bolsillo, significa que voy al hospital a visitar a algún amigo. Si voy con traje, significa un funeral.

Hablamos así durante un rato. Odell citaba sin parar a su mujer muerta, o hablaba de funerales y enfermedades. Era muy triste para mí ver a mi viejo amigo tan abatido. Me preguntaba por Brawly mientras hablábamos. Si salvaba al muchacho, ¿acabaría como mi amigo? ¿Triste y derrotado al final de su vida?

– Bueno, no has venido aquí para oír mis quejas -dijo Odell-. ¿Qué puedo hacer por ti, Easy?

– Necesito un par de tus guantes de caza de algodón fino y la escopeta de los conejos -dije.

– ¿Para qué?

– Para algo que me pidió el Ratón -dije-. En sueños.

Él asintió como si mi respuesta fuese perfectamente razonable.

Le expliqué lo de John y Alva y el descarriado Brawly Brown.

– Brawly es grande como un oso gris -le dije-, y al menos igual de fuerte. No puedo detenerle ni obligarle. No creo que John y yo juntos pudiéramos sujetarlo. De modo que necesitaría que hicieras por mí una cosa más.

Odell dio un trago más al whisky mientras yo me bebía la limonada. Cuando nos acabamos la bebida me dio los guantes y la escopeta. Ésta se encontraba desmontada y guardada en un estuche de cuero. Le di el número de teléfono con un pequeño discurso que quería que recitase a las siete y media.

Aparqué en un callejón, detrás del edificio de oficinas vacío que se encontraba al lado del solar donde vendían coches usados, y frente al edificio de John. Abrí con la palanqueta la puerta trasera y entré en una oficina del tercer piso. Eran las 6:35.

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