Walter Mosley - El Caso Brown

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John, un viejo amigo de Easy Rawlins, solicita la ayuda de éste. Brawly Brown, hijastro de John, ha desaparecido y todo hace pensar que el chico se ha visto atrapado en una situación más peligrosa de lo que supone. A Easy no le costará demasiado encontrar a Brawly y enterarse de que John tiene razón… Pero conseguir que Brawly vea las cosas de esa forma resultará mucho más complicado.

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– ¿Ah, sí? -exclamé yo-. ¿Y cómo lo sabía Conrad?

– Porque le vio. Estaba escondido en la casa. Dice que usted debió de engañarle para que le llevara hasta donde se reunían ellos, igual que nos engañó a mí y a Xavier para que nos arrestaran.

– O sea, que ellos te han dicho que me secuestres.

– No -dijo Tina, despectiva-. Usted me ha llamado. Yo me habría apartado de usted, pero ha metido las narices demasiadas veces.

– Así que ahora estás con la pandilla -dije-. Y ahora vais a usar todas esas armas que robaron Brawly y Conrad.

– Esas armas son sólo para defenderse.

– ¿Sabe Xavier todo esto?

– No. Sólo me lo han contado a mí. Xavier es no violento. Ni siquiera llevaba balas en la pistola la noche que le vio.

– ¿Y por eso te acostaste con Strong? -le pregunté-. ¿Porque necesitabas un hombre que fuese capaz de recurrir a la violencia?

– Usted no sabe nada de mí -dijo ella, encolerizada-. Hago lo que tengo que hacer.

– ¿Mataron tus amigos a Aldridge Brown?

– Por lo que yo sé, fueron usted y sus amigos los polis quienes le mataron.

Bajábamos ya por la calle Diecinueve. Yo no tenía más que un plan algo tonto. Mi antigua casa estaba en la Ciento Dieciséis. Todavía era propiedad mía. Mi amigo Primo vivía allí gratis.

– ¿Adónde vamos? -le pregunté.

– Siga conduciendo -dijo ella.

Dos semáforos en verde y cuatro en rojo después llegamos a la señal de la Ciento Dieciséis. Se estaba poniendo ámbar cuando yo me encontraba quizá a un metro del cruce peatonal. Aceleré para pasar el semáforo y de repente di un giro hacia la izquierda, cortando el tráfico. Con la mano izquierda seguí sujetando el volante, y con la derecha di un golpe a Tina en la cabeza mucho más duro de lo que un hombre debe golpear jamás a una mujer. Su cabeza dio contra la ventanilla y sonó un crujido. Esperaba que el ruido fuese el cristal que se había roto. Pasé a toda velocidad ante las bocinas que sonaban, yendo hacia la entrada y el patio delantero de mi antigua casa.

Primo estaba sentado en el porche con su esposa panameña del color del ébano, Flower. A su alrededor había niños y bebés, algunos suyos, otros hijos de sus hijos.

– ¡Easy! -gritó mi viejo amigo.

– ¡Ven, amigo! -le dije yo a mi vez.

Llevamos a la chica inconsciente a la casa, mientras los niños y bebés que hablaban español se arremolinaban a nuestro alrededor, queriendo formar parte del juego. El cráneo de Tina había roto el cristal, pero ella no parecía haber sufrido ninguna herida. Mientras Flower la metía en la cama, yo registré su bolso.

Era del mismo tipo de mentiroso que yo: mentía diciendo la verdad acerca de algo para distraer la atención mientras llegaba a sus propias conclusiones. El único problema era que sus conclusiones sobre mí eran erróneas.

Pero sí que guardaba el recibo de la casa que había alquilado, en la Ciento Treinta y seis. El propietario, Jaguar Realty, tenía las oficinas en Crenshaw.

Primo y yo estábamos en el exterior de la casa, junto a mi coche. Yo fumaba un cigarrillo y él un cigarro delgado.

Primo era más bajo que yo, y ancho de hombros y caderas. Era un hombre robusto, pero la única grasa de su cuerpo se le acumulaba en el vientre. Tenía una espesa melena negra que escondía una buena parte de su frente, y unos ojos muy negros, habitualmente llenos de regocijo… pero yo los había visto muy punzantes, hasta adquirir un brillo asesino.

Aquel día estaba serio, pero sus ojos seguían sonriendo.

– ¿Ha intentado matarte? -me preguntó.

– Más bien secuestrarme -dije-. Llevarme con algunos hombres que me querían matar.

– ¿Qué hombres?

– Revolucionarios -dije-. Como Zapata.

– Ah -exclamó Primo-. Hombres buenos para los libros, pero uno no desea tenerlos a su alrededor mientras viven.

Yo lancé una risita y luego solté una carcajada. Primo se rió conmigo un rato.

– ¿Puedes quedártela aquí un día o dos? -le pregunté-. ¿Durmiendo?

– Desde luego -me dijo él sin preguntar o cuestionar el porqué-. Te llamaré si te necesito.

Nos estrechamos las manos y nos dijimos adiós.

42

La casa que había alquilado Christina Montes a Jaguar Realty estaba en el centro de la manzana de una calle residencial. No había ningún rincón en las proximidades donde se pudiera esconder un espía para vigilarles.

Había un callejón al final de la manzana. Retrocedí hasta allí y me escondí detrás de un seto de arbustos que habían puesto los de la última casa para ocultar el callejón a la vista. Observé la casa de dos pisos blanca y azul mientras fumaba.

Llevaba más o menos una hora en mi puesto cuando Conrad apareció en su Cadillac. Brawly iba con él y también Bobbi Anne. También salió del coche otro hombre, a quien no reconocí.

Intenté imaginar lo que pasaba dentro. No las diabluras que estuvieran tramando, sino el entorno en el cual planeaban llevarlas a cabo. No había indicación alguna, en el recibo de alquiler, de que la casa estuviese amueblada. De modo que debían de encontrarse en una habitación vacía, sentados en el suelo, rodeados de comida preparada y botellas. Quizá las armas estuviesen apiladas en un rincón. Su plan, probablemente, estaba clavado con chinchetas en la pared, de modo que todos pudieran verlo mientras ensayaban la operación, fuese la que fuese, una y otra vez.

Como las habitaciones estarían vacías, sus voces seguramente formarían algo de eco, debido al fervor de sus convicciones. No habría teléfono ni televisión, pero probablemente sí una radio. ¿Escucharían música acaso? Lo dudaba. El dial estaría fijo en una emisora de noticias. Les preocupaba que les encontraran, y también debían de preguntarse dónde andaba Tina. ¿Sabrían que iba a llevarme a ellos, del mismo modo que Strong me llevó a la obra en construcción en Compton? ¿Estaría implicada ella en el asesinato de Strong? No. En su voz había amor por él. Ella amaba a los líderes, tanto los mayores como los jóvenes.

– Oiga, ¿qué está haciendo ahí? -exclamó una voz que venía de atrás.

No me preocupé. Si era uno de los revolucionarios, pronto estaría muerto o inconsciente.

El hombre que hablaba era bajito y llevaba unos pantalones y una camisa a juego de color ocre. Tenía el vientre abultado y las manos pequeñas, con los dedos gruesos. Sólo su voz sonaba algo amenazadora.

– Hola -dije yo, tendiendo la mano-. Me llamo Troy. ¿Es ésa su casa?

– Sí, así es -replicó el hombrecito. Cogió mi mano por puro reflejo, pero la soltó antes de que pudiera completar el saludo reglamentario.

– Debe usted de preguntarse qué estoy haciendo aquí fuera -dije.

– Pues sí -afirmó el hombrecillo.

– Es por mi chica… Royetta.

– No conozco a ninguna Royetta.

– Pues es mi novia -afirmé-. Al menos, eso es lo que ella me dice. Pero me ha dicho Lucas que se ve con un hombre en este edificio. Sí, todos los días, me ha dicho Lucas, viene en coche hasta este edificio a ver a un tío. No sabía la dirección, de modo que he decidido venir y esconderme detrás de estos arbustos tan bonitos que tienen para que no me vea ni vea mi coche cuando venga a ver a su amigo.

Me sentía bien mintiendo de nuevo. Era como si desapareciese detrás de una nube de tinta negra, como el calamar o la sepia.

El hombre con el que hablaba era de un marrón terroso, con la cara muy arrugada. La cabeza se iba ensanchando a medida que se acercaba al cuello. Con todas aquellas arrugas, la cabeza y la cara parecían una vela marrón que se fuese fundiendo lentamente hacia abajo, hacia los hombros.

– No quiero problemas -dijo el hombre-. Ésta es mi propiedad.

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