Walter Mosley - El Caso Brown

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John, un viejo amigo de Easy Rawlins, solicita la ayuda de éste. Brawly Brown, hijastro de John, ha desaparecido y todo hace pensar que el chico se ha visto atrapado en una situación más peligrosa de lo que supone. A Easy no le costará demasiado encontrar a Brawly y enterarse de que John tiene razón… Pero conseguir que Brawly vea las cosas de esa forma resultará mucho más complicado.

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2

A las nueve en punto, Jesus, Feather, Bonnie y yo estábamos sentados a la mesa, desayunando. Jesus había hecho las tortitas con una masa preparada mientras nosotros estábamos todavía en la cama, demostrando una vez más que era un hijo mejor de lo que yo merecía.

– Las tortitas estaban deliciosas -le dijo Bonnie al chico.

– Voy a dejar el instituto -replicó él.

– ¿Y si lo dejas se pondrá triste? -preguntó Feather, y soltó una risita.

Yo también me reí y Bonnie me dirigió una mirada severa.

– ¿Cuándo lo has decidido? -preguntó Bonnie.

– No lo sé -respondió él-. Hace poco.

– ¿Sabías esto, Easy?

– Me lo ha dicho esta mañana.

– ¿Y qué piensas?

– Creo que tenemos que hablarlo.

Jesus eligió ese preciso momento para ponerse de pie y salir de la cocina. Era una demostración de ira muy rara por su parte. Yo quise detenerle, hacer que volviese a la mesa y discutir el tema de su educación. Pero todavía me sentía febril y aturdido. También yo quería salir corriendo de aquella habitación.

– ¡Jesus! -gritó Bonnie. Pero él hizo como si no la oyera.

– ¡Juice, espera! -chilló la pequeña Feather. Saltó de su silla y corrió hacia la puerta.

– Feather… -dije yo.

Ella se detuvo y se volvió en redondo. Tenía la carita redonda, pero no gordinflona, el pelo rubio y tupido, la piel clara y los rasgos negroides. Era hija de otro hombre, pero yo era el único padre que había conocido jamás.

– Hum… eh… -tartamudeó-. ¿Me puedo levantar?

– Ve -dije, y ella salió.

Frenchie corrió tras ella. La puerta mosquitera ya estaba cerrada, pero el perrillo la rascó hasta que consiguió abrirla de nuevo, y luego se echó a correr para alcanzar a su amita.

Cuando levanté la vista para mirar a Bonnie, vi que me estaba examinando como si yo fuera un marciano acabado de surgir de la Dimensión Desconocida.

– ¿Pero qué narices te pasa, Easy?

– Ha saltado con eso esta mañana -le expliqué-. Conozco a Juice. Si le decimos que no por las buenas, no hará los deberes o incluso procurará meterse en líos para que lo expulsen.

– ¿Así que es mejor dejar que eche su vida por la borda?

– Tengo que hablar con él, cariño. Tengo que averiguar qué problema tiene. A lo mejor conseguimos sacar algo.

Yo ya no sonreía, pero mis palabras tenían un tono despreocupado.

– No se trata sólo de Jesus. Estás muy raro esta mañana -dijo Bonnie.

– ¿Raro? ¿Cuál fue la última vez que te hice sentir tan bien?

– Nunca me habías hecho sentir como hoy -dijo ella. Sus oscuros ojos estaban muy abiertos y llenos de preocupación. El perfil del rostro de Bonnie Shay contenía toda África. Aquellos ojos veían en mi interior cosas que yo apenas podía imaginar.

– Bueno, entonces, ¿de qué te quejas?

Ella se acercó a mí desde el otro lado de la mesa y entrelazó mis brazos con los suyos.

– ¿Qué te pasa? -La pregunta adquirió más consistencia la segunda vez.

– Nada. Sólo que he decidido volver a la cama y hacerle el amor a mi mujer… eso es todo. -Intenté soltarme, pero ella era demasiado fuerte-. Y sé cómo tratar a mi hijo.

– ¿Qué quería John?

– No lo sé. De verdad. Me ha dicho que necesitaba que le hiciera un favor y que vaya a verle a la obra. Probablemente se trate de un asunto de la construcción. Sé mucho más de eso que John.

– Me dijiste que apenas te había llamado el último año -dijo Bonnie.

Aflojó la presión de los brazos. Aproveché para desligarme.

– ¿Y qué?

– ¿No era eso lo que decías siempre? -me preguntó.

– ¿De qué me hablas?

– Favores. ¿No decías que comerciabas con favores? ¿Que antes de tener un trabajo honrado ayudabas a gente que no podía acudir a las autoridades?

– Pero esto no es nada de eso -dije-. John es un viejo amigo, nada más.

– ¿Y qué es eso de hacerme el amor tres veces esta mañana? ¿Por qué estás ahí sentado sonriendo mientras tu hijo te dice que va a dejar el instituto?

Oía las preguntas, pero no me afectaban en absoluto. Si hubiera pensado que ella me iba a dejar, la habría vuelto a llevar al dormitorio para la cuarta.

– Supongo que hacer el amor te revitaliza, ya sabes. Estas noches he estado muy cansado…

– Has estado triste, Easy. Triste por lo de tu amigo. No me importa que rengas que llorarle.

Aquello era demasiado. Me puse de pie esperando que el aire estuviese más fresco por encima de mi cabeza. En los pocos meses transcurridos desde la muerte de Raymond me había acercado más a Bonnie de lo que jamás había hecho con mujer alguna. Ella conocía mis sueños y los inmuebles que poseía, pero no podía hablarle de mi impotencia… mi incapacidad de salvar la vida del Ratón.

– Ya vale. Estoy bien. Es que estaba un poco confuso cuando me he despertado. Me he despistado un poco, nada más.

Bonnie se puso de pie, me acarició la cara con los dedos y luego meneó la cabeza lentamente y lanzó un suspiro. Era su forma de decir que un tonto es el peor enemigo de sí mismo.

– Estaré fuera tres o cuatro días -me dijo-. Depende de las escalas y del tiempo que haga.

– Ah, sí, vale.

– Ya te dije que tendría que salir durante unos días, de vez en cuando -insistió, dulcemente.

Bonnie y yo no llevábamos mucho tiempo juntos. Ella se había venido a vivir conmigo sólo una semana después de que muriera el Ratón, pero ya me encontraba vacío e insatisfecho cuando ella no estaba.

– Muy bien -le dije-. Pero no olvides dónde está tu hogar.

– Y tú no olvides quién te quiere -replicó.

3

Me fui conduciendo mi nuevo Pontiac usado con todas las ventanillas bajadas y un cigarrillo Chesterfield entre los labios. En alguna parte, en lo más profundo de mi mente, se había encendido una alarma. Era la misma sensación de inquietud que uno tiene después de una pesadilla que no recuerda. La preocupación no tenía rostro, de modo que era más una sospecha que un miedo. Al mismo tiempo, me sentía feliz por estar encaminándome hacia los problemas de otra persona. La sensación de gozo superpuesta a la ansiedad me hizo sonreír. Era una sonrisa que representaba la costumbre de toda una vida de reírse del propio dolor.

La obra de John estaba en una calle sin pavimentar que todavía no tenía ni nombre. En el lugar donde habría tenido que encontrarse el nombre de la calle se veía un rótulo que rezaba: A229-B. John estaba construyendo seis casas, tres a cada lado de la calle. Formaba parte de una agrupación que había impulsado Jewelle MacDonald, la novia de mi agente inmobiliario, Mofass.

Mofass llevaba unos cuantos años muriéndose de enfisema. Los médicos le daban tres meses de vida cada seis meses, más o menos. Pero Jewelle le seguía manteniendo en forma, y había convertido las pocas casuchas que poseía en un auténtico imperio inmobiliario. Jewelle había conseguido reunir a seis o siete hombres de negocios de color para que invirtieran, junto con una empresa inmobiliaria del centro, en un par de edificios en construcción en Compton.

John estaba de pie delante de la primera de sus casas, en el lado norte de la calle. El sombrero de paja, la camiseta y los vaqueros no le pegaban nada. John era un hombre nocturno y había sido camarero desde que tenía dieciséis años y vivía en Texas. Era mucho más alto, fuerte y negro que yo, lo bastante feo como para resultar bello y silencioso como una piedra.

– Hola, John -dije, desde la ventanilla del coche. Mis neumáticos habían levantado una nubecilla de polvo rojo y amarillo que se quedó pegada al suelo.

– Easy.

Salí y le saludé con la cabeza. Era el único saludo que necesitábamos unos amigos como nosotros.

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