Karin Alvtegen - Culpa

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Eva desea que su familia -la que tiene junto a Henrik, su esposo, y Axel, su hijo- se parezca al entorno tradicional y seguro en el que ella creció. Hasta el momento ha visto cumplidas sus expectativas vitales, tanto a nivel sentimental como profesional, pero un día descubre que su marido la está engañando con otra mujer. Henrik, incapaz de confesárselo, le oculta sus sentimientos y miente sin ningún reparo.
Destrozada por la traición, Eva no se atreve a dar una salida franca a sus sentimientos de cólera y, en su lugar, elabora una venganza. La vida continúa igual, pero ambos están atrapados en el miedo, y el engaño mutuo les envuelve en una atmósfera cada vez más asfixiante. En estas circunstancias al límite, el encuentro casual entre Eva y un joven tendrá consecuencias insospechadas.

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David y Klas

Familiares e infinidad de amigos

A continuación seguía una invitación a la ceremonia del entierro seguida de una recepción, horarios y una petición para contribuir a la Asociación contra el Cáncer.

A Peter le sorprendió que la esquela no tuviera ningún verso. Solía divertirse leyendo los versos cuando tenía tiempo de sobra para dedicarlo al periódico matutino, lo cual había sucedido con bastante frecuencia estos últimos días. Las esquelas sin versos siempre le habían parecido impersonales e indicaban algún tipo de indiferencia para con el muerto. Como si nadie se hubiera podido esforzar en buscar unas palabras apropiadas de despedida.

Peter le dio automáticamente la vuelta al papel como para asegurarse de que la parte de atrás estaba vacía.

– Hay una nota en el sobre -dijo Lundberg y señaló con el lápiz.

La nota era media holandesa cuadriculada de un cuaderno y estaba completamente llena de letras. El estilo era descuidado y sin sentido y muchas letras estaban tachadas con gruesas líneas. «Viejo verde de mierda… la puta de la chaqueta roja… folla, guarro… asqueroso culo porculizado… te voy a matar a ti y a tu putita caperucita roja…» eran algunas de las palabras sueltas que se podían descifrar.

Empezó a comprender que en el mundo había diferentes tipos de problemas y que él por el momento podía estar relativamente satisfecho con los suyos.

– Esa carta llegó anteayer. El día anterior había almorzado con una de nuestras clientes. No soy bueno recordando la ropa de la gente, de modo que la llamé y le pregunté de qué color era su abrigo. Era rojo. Ella es la representante de una de las mayores cuentas de la agencia y me temo que pensó que me había vuelto loco. Mi pregunta fue difícil de explicar -resopló Lundberg.

Se dejó caer en la silla de nuevo y miró fijamente a Peter.

Pareció tomar una resolución.

– ¿Sabe una cosa? -dijo-. Esto me está volviendo loco. Por primera vez desde mi juventud me siento completamente aterrorizado. No puedo explicar por qué he reaccionado así. Hasta tengo miedo de la oscuridad por la noche en mi propia casa. Tengo la alarma instalada de forma que esté conectada mientras duermo. Por la mañana tengo miedo de salir a recoger el periódico por si ella está en el jardín esperándome. Cuando tengo una comida de negocios me concentro más en el resto de los comensales del restaurante que en mis propios clientes. Por mi culpa ya hemos perdido dos cuentas importantes.

Tomó carrerilla.

– ¡Por favor, tiene que ayudarme! Usted es el único que la ha visto.

Peter lo miró extrañado y se sorprendió de sentirse de repente más tranquilo que en meses. La presión sobre el pecho, de momento, había desaparecido y el corazón latía acompasadamente. Se imaginó que la fuerza de Lundberg de alguna manera se había trasladado por la habitación y había ocupado su cuerpo.

– ¿Qué cree que podría hacer yo? -preguntó.

– ¡Buscarla y hacer que pare de una vez!

Por segunda vez en ese día le vino a la cabeza que quizá él, para el resto de la gente, fuera el prototipo de lo que debería de ser un detective.

Estaba casi seguro de que eso no era un cumplido.

Agitó la cabeza.

– No tengo ni idea de cómo hacerlo. Solo la he visto un momento y si le digo la verdad ni siquiera demasiado bien.

Sintió escalofríos al pensar en volver a verla. Los acontecimientos de la última media hora no le habían hecho cambiar de opinión.

– ¿Cómo es ella? -preguntó Lundberg con una voz como si le preguntara a su médico los resultados de unas pruebas de cáncer.

Peter intentó describírsela lo mejor que pudo.

Lundberg irguió la espalda y dijo con algo de su vieja autoridad en la voz:

– Le daré lo que quiera si la encuentra.

Peter se retorció y comenzó a estudiar la armazón cromada del techo. La habitación estaba completamente en silencio pero se oyó decir a sí mismo.

– ¿Qué le parece un millón trescientas cincuenta y dos mil coronas?

4

Había dejado de nevar cuando salió a Karlavägen. Empezaba a anochecer. Un gigantesco reloj con cifras digitales rojas en el vestíbulo de Lundberg & Co. le había informado de que eran las 16.42.34.

Después de que con renovadas fuerzas hubiese lanzado su proposición, Lundberg le había mirado sorprendido. No estaba seguro de si se debía al montante de la cantidad o a la exactitud de la misma. Lundberg solo se lo pensó unos segundos antes de responder que si Peter podía conseguir que la mujer parase le prometía que el dinero sería suyo.

Al principio se sintió como si le hubiese tocado la lotería. Como si su problema más acuciante se hubiera resuelto. Fue abajo, en la calle, cuando el valor empezó a abandonarle.

Había pedido llevarse la caja de terciopelo. En realidad, no sabía por qué, pero Lundberg no pareció lamentar quedarse sin ella. Quizá pudiera, como el príncipe de Cenicienta, darse una vuelta por el reino para ver a quién le encajaba el dedo. Esa fue su mejor e única idea, lo cual no lo animó demasiado.

Respiró hondo y carraspeó cuando el aire frío entró en sus pulmones. Se dirigió hacia la estación de metro de Karlaplan. Solo pensar en coger el metro hubiera sido imposible durante estos últimos meses, pero una nueva llama se había encendido en su interior y sintió que estaba preparado para intentarlo. Solo eso ya era una buena señal.

Fue bien. En realidad fue mucho mejor de lo que había esperado.

Veinte minutos después entraba por la puerta de su piso en Åsögatan. Sobre la alfombra del recibidor había una hoja de propaganda de ICA y una carta del S-E-Banken. Escribían diciendo que deseaban tener una reunión con él tan pronto como fuera posible para discutir un plan de pago.

Volvió el pequeño dolor en el pecho, pero dejó la carta y sacó la guía de teléfonos.

En las páginas amarillas, en detectives, no había ningún Wilander y en información telefónica tampoco pudieron ayudarle. Sintió un ligero malestar al comprender que la mujer para llevar a cabo su plan lo había elegido fríamente justo a él. Que ni siquiera se había equivocado de persona sino que lo había elegido a él deliberadamente.

Intentó alejar ese pensamiento y sacó de la nevera una jarra de zumo de naranja. Sus ojos se fijaron en la nota pegada en la puerta de la nevera con el número del contable Jan Bengtsson. Seguramente ahora mismo estaba sentado con alguna refrescante bebida bajo una palmera en alguna isla del Caribe. Él había sido el responsable de la contabilidad de Rejas & Cancelas de Seguridad Brolin durante los últimos ocho años, hasta hacía once días, cuando una carta de la oficina local de Hacienda había aterrizado en el suelo de su vestíbulo y le había informado de que no se había realizado la declaración del IVA durante los últimos cuatro años, y que la suma, incluidos los atrasos y las multas, además de un crédito con el S-E-Banken, ascendían ahora a la cantidad de 1.352.000 coronas suecas.

El número del contable Bengtsson había sido dado de baja sin que dejara otra dirección y después de una serie de llamadas que consiguió realizar antes de que estallara la gran parálisis descubrió que Bengtsson era un visitante asiduo de Solvalla y T ä by Galopp.

La empleada del S-E-Banken lo miró compasivamente y dijo que comprendía que esta era una situación difícil, pero que ellos no podían hacer gran cosa. Las normas eran las normas.

Desde entonces la diabla y Olof Lundberg eran las únicas personas con las que había hablado.

Miró alrededor de la habitación como si esperase encontrar una idea. La mirada se detuvo en un retrato de familia en blanco y negro del Tiempo anterior. La fotografía estaba enmarcada en un fino marco dorado; pequeñas manchas blancas habían aparecido con el tiempo en las juntas donde el color dorado se había agrietado y desprendido.

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