Karin Alvtegen - Culpa

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Eva desea que su familia -la que tiene junto a Henrik, su esposo, y Axel, su hijo- se parezca al entorno tradicional y seguro en el que ella creció. Hasta el momento ha visto cumplidas sus expectativas vitales, tanto a nivel sentimental como profesional, pero un día descubre que su marido la está engañando con otra mujer. Henrik, incapaz de confesárselo, le oculta sus sentimientos y miente sin ningún reparo.
Destrozada por la traición, Eva no se atreve a dar una salida franca a sus sentimientos de cólera y, en su lugar, elabora una venganza. La vida continúa igual, pero ambos están atrapados en el miedo, y el engaño mutuo les envuelve en una atmósfera cada vez más asfixiante. En estas circunstancias al límite, el encuentro casual entre Eva y un joven tendrá consecuencias insospechadas.

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De repente algo le vino a la memoria.

– Si no recuerdo mal dijo algo sobre que tenía que ir al ginecólogo.

Se dio cuenta de que se sonrojó al decirlo, como si Lundberg pudiese creer que era el propio Peter quien había realizado la exploración. Entonces se irritó de nuevo. Joder, él no había pedido que le hicieran ninguna confidencia. En realidad, no había pedido nada, y comenzaba a cansarle ser tratado como un sospechoso al que ese gurú de la publicidad podía interrogar como si fuera el mismísimo dios padre.

Se puso de pie para irse, se acercó a la mesa y dejó el paquete.

Su encargo estaba más que cumplido.

Lundberg se había sentado de nuevo y observaba con recelo el paquete adornado de rosas.

– Me imagino que no sabrá a qué ginecólogo ha ido -dijo en voz baja.

Algo hizo que Peter se enfadara.

– Estoy aquí porque su mujer me pidió que le entregara un paquete importante. No puedo decir que me llenara de satisfacción su petición pero por razones que ahora no vienen al caso no me dio tiempo a decir no antes de que desapareciera y dejara el maldito paquete sobre la mesa del café en el que estaba sentado sin ganas de hablar con nadie. No me pareció que tuviera otra elección que venir hasta aquí y entregarlo. Le pido mil disculpas por haber abusado del valioso tiempo del señor director y le ruego le diga a su esposa que debería dejar de abordar a hombres solos. ¡Por lo menos a mí!

El mismo Peter se sorprendió. No recordaba la última vez que había dicho tantas palabras seguidas.

Durante su ataque algo fuera de tono, Lundberg había levantado la vista y lo había observado con una especie de renovado interés; bajó de nuevo los ojos y contempló fijamente el paquete.

No era un hombre que estuviese acostumbrado a ser increpado. Peter sintió que la explosión le había subido la moral y se sintió más tranquilo de lo que se había sentido desde que el banco le telefoneó nueve días atrás para informarle de que su empresa estaba en bancarrota.

Lundberg respiró hondo como poniéndose en guardia. A continuación comenzó a abrir el paquete. Sujetó la rosa seca entre el pulgar y el índice y mantuvo los otros dedos abiertos para tocarla lo menos posible. La tiró inmediatamente a la papelera.

Peter arqueó las cejas y lo observó sorprendido.

– No es lo que parece -dijo Lundberg con voz cansada.

Abrió el paquete y sus hombros se hundieron. De repente se esfumó todo su aplomo y, por un instante, Peter sintió que él era el dueño de la situación.

– Mi mujer murió hace tres años.

Un rayo alcanzó a Peter y notó que de pronto su cerebro se quedaba totalmente vacío. ¿Qué estaba pasando? ¿Solo había soñado? ¿Se estaba volviendo loco?

– ¡Pero si está embarazada! Su mujer…

Lundberg cerró los ojos y la boca como si hubiese sentido unas repentinas náuseas. A continuación tiró la cinta y el papel rasgado, y apareció una caja de terciopelo rojo. Había una tarjeta de floristería con un dibujo de un ramo de rosas rojas pegada a la tapa. «El amor lo puede todo», decía en tinta roja y con un estilo exageradamente ceremonioso. Lundberg entreabrió cuidadosamente la tapa.

– ¡Joder!

Se echó de golpe hacia atrás en la silla y ocultó el rostro con su mano derecha.

Peter lo observaba. Lundberg no daba muestras de interés. Peter dio un paso hacia la mesa y el atormentado hombre le hizo una señal con la mano izquierda indicándole que podía abrir la caja si lo deseaba. Peter dudó un segundo. A estas alturas la curiosidad sobre lo que había llevado en el bolsillo durante su paseo era más fuerte que él. Sin acercarse del todo rozó la tapa con su índice derecho. No necesitó acercarse más para ver lo que había sobre el algodón de la caja. Era el dedo de un pie.

3

Diez minutos después tuvo claro que Olof Lundberg era un hombre que nunca había tenido la sensación de no tener un control absoluto sobre su existencia, y comprendía por primera vez en su vida que se encontraba en una situación que no dominaba. Ese conocimiento había dejado sus huellas pues ahora, al agrietarse la fachada de autoridad, parecía un niño de cinco años que había perdido a su madre en la Estación Central.

Después de que Peter abriera la caja, ninguno de ellos dijo nada durante un buen rato; su respiración era lo único que se oía en la habitación.

A pesar de su confusión percibió el silencio y pensó que la habitación debía de estar insonorizada.

Lundberg cogió un lápiz negro y cerró la caja mientras la empujaba hasta el extremo opuesto de la mesa.

Peter se había retirado y estaba sentado en una silla junto a la puerta; no se decidía ni a decir algo ni a levantarse y marcharse.

Fue Lundberg quien finalmente rompió el silencio.

– Esto lleva ocurriendo desde hace medio año. Comenzó con algunas cartas dirigidas aquí, a la oficina. No me preocupé especialmente pero después de un tiempo empezaron a ser particularmente íntimas. En realidad rozaban lo repulsivo; casi al mismo tiempo empezaron a mandarme cosas a mi casa. Cosas de todo tipo, desde grandes osos de peluche a provocativa ropa interior de mujer en paquetes anónimos que aseguraban que yo mismo había encargado.

Hizo una pequeña pausa y prosiguió.

– Cuando las cartas comenzaron a tratar de asuntos personales como por ejemplo una detallada descripción de la ropa que había usado la última semana o lo que había almorzado, o contenían notas con mi escritura que alguien había cogido de la basura de mi casa denuncié los hechos a la policía pero me dejaron muy claro que no podían hacer nada mientras la persona en cuestión no hiciera algo ilegal. Luego durante dos meses todo paró y fue como siempre, pero hace ocho días comenzó de nuevo. Entonces recibí esta carta.

Abrió el cajón inferior de la mesa y sacó una bolsa de Konsum. Sacó de la bolsa dos sobres rosas y los colocó al otro lado de la mesa donde se encontraba el último envío.

Peter se puso de pie y se acercó a la mesa. Cogió el sobre de arriba y cuando se lo acercaba para leerlo sintió el fuerte olor a perfume. Arrugó automáticamente la nariz y extrajo la carta.

– Amor mío -decía con el mismo estilo de escritura ceremoniosa que en la caja de terciopelo-. ¿Podrás alguna vez perdonar que dejaras de recibir mis cartas? Desgraciadamente no he podido escribir. Sin embargo, mi amor no ha disminuido. Tu nombre resuena en mis oídos y tu voz me sigue como un ángel de la guarda dondequiera que voy. Ayer cuando me miraste desde el otro lado de la habitación el tiempo se detuvo, y vi en mi interior todo nuestro futuro juntos. La mesa que había entre nosotros se esfumó y formó un camino rosa lleno de felicidad y resplandeciente amor. Cuento los minutos que faltan para tenerte entre mis brazos.

Perdido es el tiempo que no transcurre con amor. Tuya siempre.

Peter guardó la carta dentro del sobre e intentó imaginarse cómo la diabla habladora de la pastelería Nylén podía escribir una carta así. No pudo.

Abrió el otro sobre y desdobló un papel. Era la fotocopia de una esquela.

– De mi mujer -dijo Lundberg-. La de verdad, vamos. Tuvo una hemorragia cerebral hace tres años. Lo llaman apoplejía. Permaneció inconsciente durante una semana y luego decidí, siguiendo la recomendación de los médicos, que desconectaran la respiración asistida.

Peter miró el papel que tenía en la mano. Era una esquela grande, más de dos columnas, con un paloma en la parte superior.

Nuestra querida

INGRID LUNDBERG

* 3 de mayo de 1944

картинка 2

17 de febrero de 1994

OLOF

Agrieta y Börje

Kerstin

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