La muchedumbre se queda un momento en silencio, atónita, mientras Gina y Harriet corren hasta donde está encogida Ginny.
Entonces se alza la voz de Lissa Jamieson, una perfecta y clara voz de soprano:
– ¡MALDITOS CERDOS!
Es en ese momento cuando vuela la piedra. El primer lanzador nunca será identificado. Puede que sea el único crimen del que Sam Verdreaux «el Desharrapado» ha salido impune.
Junior se lo ha llevado hasta el punto más alto de la ciudad, y Sam, con visiones de whisky danzando en su mente, ha bajado explorando por la orilla este del arroyo Prestile para encontrar la piedra adecuada. Tiene que ser grande pero no demasiado, o no conseguirá lanzarla con puntería, aunque una vez (a veces parece que hace un siglo; otras parece que hace nada) fue el pitcher titular de los Mills Wildcats en el primer partido del torneo del estado de Maine. Por fin la ha encontrado, no muy lejos del Puente de la Paz: cuatrocientos, seiscientos gramos, y lisa como un huevo de oca.
«Una cosa más», ha dicho Junior al dejar a Sam «el Desharrapado». Esa cosa más no es cosa de Junior, pero Junior no se lo ha dicho a Sam, igual que el jefe Randolph no les ha dicho a Wettington y a Morrison quién ha ordenado que se quedaran en su puesto. No habría sido prudente.
«Apunta a la chica.» Esas han sido las últimas palabras de Junior para Sam «el Desharrapado» antes de dejarlo. «Se lo merece, así que no falles.»
Cuando Gina y Harriet, con sus uniformes blancos, se arrodillan junto a la enfermera titular que llora y sangra a cuatro patas (y mientras todos los demás también tienen puesta la atención en ella), Sam coge impulso igual que lo hizo aquel lejano día de 1970, lanza y consigue su primer strike en más de cuarenta años.
Y en más de un sentido. El pedrusco de medio kilo de granito con cuarzo le da de lleno a Georgia Roux en la boca, le destroza la mandíbula por cinco sitios y todos los dientes menos cuatro. La hace recular contra la luna del escaparate, la mandíbula le cuelga casi hasta el pecho de una forma grotesca, y un torrente incesante de sangre mana de su boca.
Un instante después vuelan otras dos piedras; una de Ricky Killian, otra de Randall. La de Ricky le da a Bill Allnut en la parte de atrás de la cabeza y tira al conserje al asfalto, no muy lejos de Ginny Tomlinson. ¡Mierda!, piensa Ricky. ¡Tenía que darle a un puto poli! No solo es que esas eran sus órdenes; más o menos era algo que siempre había querido hacer.
Randall tiene mejor puntería. Se la estampa a Mel Searles en plena frente. Mel cae como una saca de correos. Se produce una pausa, un momento de aliento contenido. Pensemos en un coche haciendo equilibrios sobre dos ruedas, decidiendo si volcar o no. Vemos a Rose Twitchell mirando alrededor, perpleja y asustada, sin saber muy bien qué está pasando y menos aún qué hacer al respecto. Vemos a Anson pasarle un brazo por la cintura. Oímos a Georgia Roux aullar por su boca desencajada, sus gritos se parecen extrañamente al sonido que hace el viento al deslizarse por la cuerda encerada de una bramadera. La sangre mana por su lengua herida mientras ella brama. Vemos a los refuerzos. Toby Whelan y Rupert Libby (es el primo de Piper, aunque ella no hace alarde del parentesco) son los primeros en llegar a escena. La contemplan… luego retroceden. Después llega Linda Everett. Va a pie con otro poli de media jornada, Marty Arsenault, que la sigue resoplando. Linda empieza a abrirse paso entre la multitud, pero Marty (que ni siquiera se ha puesto el uniforme esta mañana, solo se ha despegado de la cama y se ha puesto un par de vaqueros viejos) la agarra del hombro. Linda casi se libra de él, pero entonces piensa en sus hijas. Avergonzada de su propia cobardía, deja que Marty se la lleve hasta donde Rupe y Toby están observando cómo se suceden los hechos. De ellos cuatro, solo Rupe lleva un arma esta mañana, ¿dispararía? Claro que sí, cojones; puede ver a su propia esposa en esa muchedumbre, dándole la mano a su madre (a Rupe no le importaría disparar a su suegra). Vemos llegar a Julia justo después de Linda y Marty, intentando recobrar el aliento pero alzando ya la cámara, tirando la tapa del objetivo al suelo a causa de sus prisas por disparar. Vemos a Frank DeLesseps arrodillarse junto a Mel justo a tiempo para esquivar otra piedra, que pasa silbando por encima de su cabeza y abre un agujero en una de las puertas del supermercado.
Entonces…
Entonces alguien grita. Quién, nunca se sabrá; ni siquiera se pondrán de acuerdo sobre el sexo de quien ha gritado, aunque la mayoría cree que ha sido una mujer, y más tarde Rose le dirá a Anson que está casi segura de que ha sido Lissa Jamieson.
– ¡ADENTRO!
Alguien más vocifera: «¡COMIDA!», y la muchedumbre se abalanza hacia delante.
Freddy Denton dispara su pistola una vez, al aire. Después la baja, el pánico hace que esté a punto de descargarla contra la multitud. Antes de que pueda hacerlo, alguien se la quita de la mano. Denton cae al suelo gritando de dolor. Entonces, la punta de una gran bota de granjero -la de Alden Dinsmore- impacta contra su sien. Las luces no se apagan del todo para el agente Denton, pero sí se atenúan considerablemente y, para cuando vuelven a iluminarse, los Grandes Disturbios del Supermercado han terminado.
La sangre cala el vendaje del hombro de Carter Thibodeau, y unas pequeñas escarapelas florecen en su camisa azul, pero él, al menos por el momento, no es consciente del dolor. No hace ningún intento por correr. Clava los pies y descarga contra la primera persona que se pone a tiro. Ese resulta ser Charles «Stubby» Norman, el dueño de la tienda de antigüedades del límite municipal de la 117. Stubby cae aferrándose la boca, de la que le sale sangre a chorros.
– ¡Atrás, capullos! -gruñe Carter-. ¡Atrás, hijos de puta! ¡Nada de saqueos! ¡Atrás!
Marta Edmunds, la niñera de Rusty, intenta ayudar a Stubby y por intentarlo se gana un puñetazo de Frank DeLesseps en el pómulo. Se tambalea, se lleva una mano a la cara y mira con incredulidad al joven que acaba de golpearla… y entonces es arrollada, y Stubby bajo ella, por una oleada de aspirantes a compradores a la carga.
Carter y Frank empiezan a repartir puñetazos, pero solo consiguen propinar tres golpes antes de que los distraiga un extraño aullido. Es la bibliotecaria de la ciudad; tiene el pelo alborotado alrededor del rostro, normalmente afable. Está empujando la hilera de carritos de la compra y bien podría estar gritando «¡Banzai!». Frank salta para quitarse de en medio, pero los carritos embisten a Carter y lo envían volando por los aires. El agita los brazos intentando no caerse, y la verdad es que lo habría conseguido de no ser por los pies de Georgia. Tropieza con ellos, aterriza de espaldas y lo pisotean. Gira para ponerse boca abajo, entrelaza las manos sobre la cabeza y espera a que todo termine.
Julia Shumway aprieta el disparador una y otra y otra vez. Puede que las fotografías desvelen rostros de gente a quien conoce, pero ella en el visor solo ve a desconocidos. Una turba.
Rupe Libby levanta el brazo hasta la altura del hombro y dispara cuatro tiros al aire. El sonido de la descarga recorre la cálida mañana, plano y declamatorio, una línea de signos de exclamación auditivos. Toby Whelan vuelve a desaparecer en su coche, se da un golpe en la cabeza y pierde la gorra (AYUDANTE DE LA POLICÍA DE CHESTER'S MILL en amarillo en la parte de delante). Agarra el megáfono del asiento de atrás, se lo lleva a los labios y grita:
– ¡DEJEN DE HACER ESO! ¡RETÍRENSE! ¡POLICÍA! ¡PAREN! ¡ES UNA ORDEN!
Julia lo retrata.
La muchedumbre no hace caso ni de los tiros ni del megáfono. No hacen caso de Ernie Calvert cuando llega con su guardapolvo verde por un lateral del edificio, forzando sus rodillas doloridas.
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