– Vamos, hombre, aguanta.
– Duele como hijo de puta -admitió Rio.
– Unos pocos minutos y verás que te sientes mejor.
– ¿Si algo va mal…?
– Cállate la boca
– No, escúchame, Conner. Si me pasa algo, tú y los demás, cuidad de Rachel. Ella tiene dinero. Elíjah se ocupó de eso, pero os necesitará a todos vosotros.
Conner juró y se inclinó sobre Rio.
– Mírame. Abre los ojos y mírame, Rio.
Los párpados de Rio revolotearon con el esfuerzo, pero lo consiguió.
– Tú. No . Vas. A. Morir. -Conner articuló cada palabra individualmente así no podría haber ningún error-. Te voy a sacar de aquí así tenga que cargarte sobre mi espalda.
Rio buscó su rostro un largo rato y luego deslizó una leve sonrisa en sus ojos.
– Creo que podrías. Eres un obstinado hijo de puta.
– Cuidado con lo que llamas a mi madre. Soy el hijo de un bastardo. Acertaste en ello.
Rio logró otra sonrisa y asintió con la cabeza.
Conner presionó su mano en el hombro de Rio y tomó otro trago del agua. Él quiso decir lo que él había dicho. Si tenía que arrastrarse, llevaría a Rio a por ayuda. Era una cuestión de encontrar la fuerza
Descansó, bebiendo agua para tratar de hidratarse mientras esperaba que el analgésico surtiera efecto. Rio gimió unas veces y se agitó, pero finalmente se calmó. Conner se preparó para el viaje, despacio y con deliberación. La primera cosa que tenía que hacer era limpiar tantas de sus propias heridas como fuera posible. Usó Betadine, que ardía como el infierno. Una vez estuvo seguro que se desmayó, pero tan pronto como se recuperó, se cosió la peor de las heridas cerrándola para impedir el flujo de más sangre.
Tuvo que hacer una pausa en varias ocasiones, su cuerpo se estremecía de dolor, temblando de un modo tan incontrolable que de vez en cuando no podía trabajar con la aguja por su piel. Siguió obstinadamente hasta que pensó que había hecho bastantes reparaciones como para sobrevivir. El paso siguiente consistió en arrastrar los pantalones vaqueros sobre las piernas laceradas. Eso fue un infierno mucho más duro de lo que él hubiera imaginado y el dolor tanto más real que se dio la vuelta sobre sus manos y rodillas y vomitó.
Después reunió armas, preparándose metódicamente para el viaje. Tenía que llevar a Rio a un claro donde un helicóptero pudiera venir a recogerlos. Los otros podían encontrar las coordenadas en el mapa que habían usado para cada contingencia, incluida ésta.
Vendrían, pero necesitaban un lugar.
Le tomó tres intentos colocar a Rio sobre su espalda. Cada vez que Conner trataba de levantarlo, sus piernas se volvían de goma y amenazaban con fallar. Ambos hombres sudaban profusamente para cuando se las arregló para levantar a Rio. Conner comenzó con un paso. Un pie delante del otro. Al principio fue consciente del dolor de Rio y trató de mantener un paso suave e incluso sacudirle lo menos posible, pero en cuestión de minutos, Conner se dio cuenta de que iba a ser un viaje largo que les sacudiría hasta los huesos a ambos.
Caminó o más exactamente, se tambaleó tan lejos como pudo en dirección a su destino hasta que sus fuerzas cedieron y le llevaron de rodillas. Puso a Rio cuidadosamente en el suelo, le dio agua y bebió, acostándose hasta que el aire dejara de quemar en sus pulmones y pudiera empujarse de nuevo a otro esfuerzo.
Antes de la segunda hora, Conner se dio cuenta de que los demás se habían ido hacía mucho tiempo y nadie vendría a relevarlo. Seguirían con el plan y se encontrarían en el punto de encuentro con el helicóptero. Realmente no estaba seguro que él y Rio consiguieran llegar allí.
Rio mascullaba, sus ojos ausentes, su respiración superficial. Un miedo verdadero mordía a Conner con cada paso que daba. No quería correr el riesgo de más daño. Forzó cada pierna a trabajar, concentrándose en la colocación del pie, invocando la fuerza de su leopardo y la resistencia que le ayudara a poner un pie delante del otro.
Todavía estaba a dos o tres millas del lugar de encuentro acordado cuando sus piernas simplemente dejaron de funcionar. El suelo se levantó a su encuentro más rápido de lo que hubiera creído. Mientras se venía abajo, le pareció ver un miembro de la tribu de pie justo delante de él, una alucinación muy vívida. El indio llevaba una cerbatana y estaba vestido con los taparrabos tradicionales para cazar en la selva tropical. La ausencia de ropa era normal. Las ropas sólo conseguían, en la humedad creciente, adherirse a la piel y añadirse al calor y a la humedad.
El hombre de la tribu estaba en lo cierto, decidió, no debería haber llevado ropa. Eran tan pesadas sobre su piel. ¿Qué buenos eran ellos? Conner sonrió y dio un saludo extraño desde donde yacía en el suelo a la visión del indio. El bulto de Rio le sobrecargaba, casi aplastando su pecho contra el suelo, pero no tenía la energía necesaria para quitarse al hombre de encima. Se quedó allí, tendido, mirando al hombre de la tribu.
Le resultaba familiar. Anciano. Un rostro desgastado con ojos desvaídos. Arrugó los ojos y el hombre de la tribu se acercó. Se agachó junto a Conner.
– No te ves muy bien.
A Conner no le gustó la idea de oír hablar a las alucinaciones. No cuando estaba demasiado débil para proteger a Rio. Trató de encontrar el cuchillo a su lado, pero el hombre mayor se lo impidió.
– Soy Adán, Conner. Los hombres de nuestro pueblo encontraron a Isabeau y su equipo en el bosque. Hubo un poco de batalla con los que les seguían, pero mis hombres son muy precisos. Estábamos rastreándolos para encontraros.
– ¿Los niños?
– Todos están vivos y bien.
Varios miembros de la tribu levantaron suavemente a Rio de la espalda de Conner. Conner arremetió hacia su compañero, pero Adán lo atrapó en un apretón fuerte.
– Le llevarán al helicóptero. Los dos os veis un poco mal.
– Hay un leopardo muerto a pocos kilómetros de aquí -dijo Conner-. El cadáver tiene que ser quemado en un fuego ardiente, lo bastante para reducir la cosa entera a cenizas. No dejes evidencia de nuestra especie.
– Será hecho. Deja que mis hombres te lleven al helicóptero. Y, Conner… sin cuchillo. Ellos están de tu lado. -Adán sonrió abiertamente cuando sus hombres pusieron a Conner en una camilla y comenzaron a apresurarse en dirección al claro.
La vieja mecedora de madera crujió al mismo tiempo que la brisa soplaba entre los árboles. Las ramas temblaron y las hojas se arremolinaron en el aire cuando el viento sopló por el valle. Una segunda silla gimió y raspó en contrapunto con la primera. Una tercera agregó un chirrido leve a la sinfonía. Conner se inclinó sobre el bastón e inspeccionó a los tres hombres que se mecían en el porche de Doc, en las mecedoras talladas a mano.
– Bien -dijo Conner-, quemamos su casa hasta el suelo. Imelda no puede herir a nadie más. Debemos sentirnos bien por lo menos acerca de eso. -Mientras hablaba giró la cabeza para mirar al pequeño chico que tiraba piedras con suficiente fuerza para hacer bollos en la cerca de madera.
– Por lo que sabemos, nadie vivo sabe de nuestra gente -dijo Rio-. Y la tribu de Adán debe estar bastante a salvo.
– Hasta que el próximo monstruo venga -dijo Felipe con tristeza.
Jeremiah se revolvió.
– Nosotros le cortaremos la cabeza de nuevo. -Su voz era ronca, baja, apenas allí, como si cuchicheara en vez de hablar. Su expresión, cuando miró a los otros, era beligerante-. Voy a unirme a vuestro equipo.
Rio le dirigió una pequeña sonrisa.
– No sería de ninguna otra manera, chico. Bienvenido al infierno.
Conner estudió las tres caras cansadas y demacradas.
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