Rio levantó ligeramente la cabeza y envió a Conner una horrible mueca.
– ¿No tienes buen aspecto?
Conner hizo una mueca. Tenía que cambiar y sabía que iba a doler como el infierno. No podía arriesgarse a ser capturado como leopardo, no si iban a pedir ayuda en forma de helicóptero. Y ambos necesitaban atención médica. No esperó, no se demoró. Simplemente deseó el cambio. El dolor se estrelló contra su cuerpo, su visión se volvió roja, luego oscura. Su estómago se tambaleó y nada parecía funcionar. Se encontró tirado boca abajo en la vegetación podrida y se preguntó si los insectos se lo comerían vivo.
Se despertó poco después. El tiempo tenía que haber pasado ya que el humo se había disipado cerca del suelo, aunque el olor del reciente incendio era fuerte y unas nubes aún colgaban de los árboles. Algo se movió cerca de él y se las arregló para volver la cabeza hacia el susurro de las hojas. Rio empujó una cantimplora de agua en sus manos.
– Bebe, has perdido mucha sangre.
Su visión era borrosa. Todo dolía. Todo . No parecía haber un lugar en su cuerpo que no estuviera reducido a jirones.
– ¿Tengo algo de piel?
– No mucho. No pienso que vayas a ser más un chico bastante bonito -le informó Rio alegremente-. El bastardo hizo verdadero daño.
Conner le miró con los ojos inyectados en sangre.
– Yo nunca fui un niño bonito.
Rio soltó un bufido.
– Ah, sí que lo eras. Tu dama te va a dar una paliza por lograr que te golpearan así.
– ¿Y la tuya va a estar feliz? -Conner levantó la cabeza para beber. El agua estaba tibia y salobre, pero le supo a gloria-. Fuiste lo suficientemente estúpido como para conseguir un disparo.
– He tenido mucho tiempo para pensar cómo puedo hacer girar esto a mi favor con ella -dijo Rio. Se quedó mirando el dosel y las aves que encontró allí. Si pensaban que estaban a punto de tener una comida, tenían otra cosa pendiente-. Yo soy el héroe, ves, tome una bala por ti.
Conner se atragantó con el agua y se manchó de sangre el rostro cuando se limpió la boca.
– No pasó así.
– Pero el punto, mi amigo, es que podría. Y ahora lo es.
– Qué montón de mierda.
– Podría haber pasado así. -No había diversión en su voz-. En realidad no recuerdo todo muy bien. Pero mentiría, estoy aquí con un agujero que me atraviesa del tamaño de una pelota de béisbol.
Conner se giro resoplando.
– Una ligera exageración. ¿De verdad estás tratando de inventar historias para que tu mujer sea comprensiva?
– He estado casado más tiempo que tú. Llega a casa todo golpeado y estarás en un montón de problemas. Imparto sabiduría, novato. Escucha.
Conner trató de sonreír, pero le dolía demasiado.
– Yo no creo que tengamos mucho de qué preocuparnos. Seré comido vivo por estos bichos malditos. Una hora más y picotearán mis huesos hasta dejarlos limpios.
Rio logró una risa suave.
– Activa el botón de «venir a buscarnos, estamos jodidos».
Conner trabajó en volver la cabeza para estudiar su entorno.
– No estamos exactamente en el claro donde pueda aterrizar un helicóptero. No hay camino que conduzca a nosotros. Voy a dejar que los insectos cuiden de mí. Te juro que no me estoy moviendo.
– Mariquita. Siempre supe que eras un cobarde.
Conner se rió e inmediatamente comenzó a toser. Se tocó la boca y su mano quedó con manchas de sangre en ella.
– Maldito leopardo. Hizo un número sobre mí.
– Estuve preocupado durante unos momentos. La lucha duró casi treinta minutos. Él era fuerte -dijo Rio-. ¿Qué demonios estaba mal con él?
– ¿Quién sabe? -Conner cerró los ojos-. Ese pobre chico. Mateo. Primero su madre lo tira como un pedazo de basura porque su padre no soporta su vista y luego pierde a su madre adoptiva asesinada justo frente a él.
Rio se quedó callado un momento.
– Siento lo de tu madre, Conner. -Se detuvo de nuevo-. ¿Recogerás al niño?
– Él es mi hermano.
– Mitad -indicó Rio-. No tienes ninguna obligación.
– Es mi hermano -dijo tercamente Conner-. Sé lo que siente al no ser deseado, pero mi madre, en vez de alejarme a patadas, abandonó al viejo y me dio una buena vida. No dejaré que ese bastardo arruine al muchacho. Le quiero -dijo con fiereza-. Isabeau está conmigo en esto.
– ¿Y si ella no estuviese? -preguntó Rio.
Conner le miró. Sus ojos brillaban dorados detrás del rojo.
– Entonces ella no sería la mujer que creía que era. No le dejaré atrás.
Una lenta sonrisa suavizó el borde duro de la boca de Rio
– Eres un buen hombre, Conner.
– Esto son gilipolladas.
– Bien. Probablemente.
Rio le sonrió. La sonrisa se convirtió en un gemido y Rio agachó la cabeza. Su rostro era de color blanco grisáceo.
– ¿Estás pensando en morir sobre mí?
– Si esos idiotas se toman mucho más tiempo -dijo Rio. Volvió a gruñir-. Condenado, esto duele.
A Conner no le gustaba la forma en que estaba respirando. No podía empujarse hacia arriba sobre las manos y rodillas, por lo que hundió los dedos en la vegetación y propulsó hacia delante el cuerpo un centímetro a la vez, usando los codos y los pies para empujarse a ras del suelo para rodear a Rio y llegar a la bolsa de medicamentos. Era la primera vez que deseaba que ciertas partes de su anatomía fuesen más pequeñas. Arrastrar su muy sensible polla a lo largo del suelo no era una gran idea.
No estaba tan lejos del botiquín médico, pero la distancia parecían kilómetros. Tenía que descansar con frecuencia. El sudor estalló para mezclarse con la sangre que cubría su cuerpo. Hubo un rugido en su cabeza, su pulso atronador lo suficientemente fuerte como para ahogar los sonidos naturales del bosque. Tenía la boca seca y los brazos como el plomo.
Dejó un rastro de sangre detrás de él, pero se las arregló para hacerse con el botiquín médico. Le tomó más tiempo sentarse. Su cadera gritó una protesta y por un momento, todo nadó en un círculo vertiginoso. Buscó en la bolsa, en busca de la IV de campo y más calmantes. Rio estaba tratando de mantener la concentración, pero era obvio que se estaba desorientando.
– Te joderé si decides morir sobre mí y pondré una bala en tu cabeza -murmuró Conner.
– Eso ayuda -señaló Rio.
La mano de Conner temblaba mientras trataba de limpiar la vena sobre el brazo de Rio. Manchó de sangre el antebrazo de Rio y maldijo.
– Pienso que podrías ser un poco más higiénico sobre esto -agregó Rio.
– Tienes insectos arrastrándose por todas partes. Estás tendido sobre tierra y hojas podridas.
– Gracias por dejármelo saber. -Rio tosió. El esfuerzo por hablar comenzaba a pesar sobre él-. Estaba tratando de ignorar a los insectos.
Conner derramó agua sobre sus manos y las limpió, temeroso de que estuvieran tan resbaladizas que no fuera capaz de meter la aguja.
– No te muevas. Y no lloriquees mientras hago esto.
– Ay. Deja de pincharme.
– Hablas como una niña. Te he dicho que no lloriqueases.
Conner respiró hondo y soltó el aire en un esfuerzo para mantener firmes las manos. Estaba más débil de lo que pensaba. Ellos dos tenían muchas probabilidades de morir allí, desangrándose lentamente y los insectos realmente iban a dejar sus huesos limpios.
Se sentía débil y le costaba concentrarse. Una vez más se limpió el sudor y la sangre de la frente con el brazo, tratando de mantener las manos limpias. Rio tenía buenas venas, pero la vista de Conner siguió enturbiándose.
– Simplemente hazlo -lo animó Rio y dejó colgar la cabeza hacia atrás.
A Conner no le gustó la forma poco profunda en que estaba respirando, como si trabajara por cada respiración. Fue tan suave como pudo con su visión borrosa y manos temblorosas, pero puso la aguja en la vena. Con un suspiro de alivio, se apresuró a establecer el IV para donar fluidos a Rio.
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