– Hola, Asil. Te estás riendo, ¿se ha muerto alguien? -Evidentemente no esperaba que contestara a aquello, de modo que continuó-: ¿Quieres que te ayude en algo?
– Estoy podando las flores marchitas -le dijo pese a que podía verlo por sí misma.
A veces se mostraba muy impaciente con todo aquello: conversaciones sin sentido que reproducían otras que había tenido cientos, miles de veces. También le cansaba la gente con la que debía tratar los mismos temas una y otra vez.
Se preguntó cómo conseguía Bran mantener aquel aspecto de sincero interés ante los insignificantes problemas de su gente. Aun así, pensó Asil con cierta perplejidad amarga y autoimpuesta, no debo de estar tan cansado de la vida cuando me agarré con todas mis fuerzas a la oportunidad que me ofreció Bran.
Sage respondió a su silencio con una alegría implacable. Era una de las cosas que más le gustaban de ella, el hecho de que jamás tuviera que disculparse por sus volátiles estados de ánimo.
Cuando Sage se quitó la chaqueta y se colocó justo a su derecha para empezar con la siguiente fila de arbustos, supo que estaba dispuesta a escucharle. Si no hubiera sido así, habría empezado por el otro extremo del invernadero, donde no interrumpiría su trabajo.
– ¿Qué opinas de la pareja de Charlie? -preguntó ella.
Asil emitió un gruñido. Había sido una estupidez provocar al chico de Bran, pero no había podido evitarlo: no era habitual pillarlo con la guardia baja. Y Anna le recordaba mucho a Sarai; no en el aspecto físico -Sarai era tan morena como él- pero ambas trasmitían la misma serenidad interior.
– Bueno, a mí me cae bien -dijo Sage-. Teniendo en cuenta el modo en que abusó de ella su antiguo Alfa, tiene más entereza de la que podría esperarse.
Asil mostró cierta conmoción.
– ¿Abusó de una Omega?
Sage asintió.
– Durante años. Supongo que Leo era todo un personaje. Mató a la mitad de su manada o dejó que su pareja desequilibrada lo hiciera por él. Incluso ordenó a uno de sus lobos que forzara la Transformación de Anna. Lo que no entiendo es por qué Charles no masacró a toda la manada: ninguno de ellos hizo nada por protegerla. ¿Costaba tanto coger el teléfono y llamar a Bran?
– Si Leo se lo prohibió, no podían hacerlo -dijo Asil distraído. Él había conocido a Leo, el Alfa de la manada de Chicago, y le había caído bien-. A menos que fueran tan dominantes como Leo, lo que es bastante improbable.
Leo había sido un Alfa poderoso, y, habría puesto la mano en el fuego, un hombre honorable. Tal vez Sage estuviera equivocada. Asil cortó unas cuantas rosas con las puntas marchitas y le preguntó:
– ¿Sabes por qué hizo Leo todas esas cosas?
Sage levantó la vista de su tarea.
– Supongo que la edad había desquiciado a su pareja. Mató a todas las hembras de la manada por celos, y después convirtió a unos cuantos hombres atractivos, solo por diversión. Parece ser que Leo confiaba en que una Omega en la manada tranquilizara a su inestable pareja. Y funcionó, más o menos. Para mantener a Anna controlada hizo que la maltrataran.
Asil se detuvo mientras un escalofrío le recorría la espalda. Cuando se hablaba de una hembra sin pareja en el seno de una manada, el término «maltrato» era algo extremadamente perturbador, mucho peor que «abuso». La definición de «abuso» en aquella época difería considerablemente del predominante durante la primera parte de su vida. El término «maltrato» no había cambiado tanto.
– ¿Cómo la maltrataron? -preguntó con voz ronca al recordar súbitamente la extraña ira que había reconocido en Charles.
Una imagen fugaz acudió a su mente: el semblante de Anna por encima del hombro de Charles. ¿Estaba asustada?
Se arrepintió por su afición a crear problemas. ¿Qué había hecho?
Sage introdujo los dedos en la tierra. Era evidente que estaba recordando el brutal ataque del que ella había sido víctima y que había propiciado que buscara refugio en Aspen Creek unos años antes de su llegada. También debería disculparse por eso. Torpe, torpe, Asil.
– ¿Qué crees tú que le hicieron? -dijo ella finalmente con la voz teñida por el dolor.
– Por Alá -dijo Asil suavemente.
Jamás había conseguido desquiciar a Charles de aquel modo. Y había dejado que aquella pobre criatura se enfrentara a las consecuencias tras creer que todos los Omega eran capaces de tranquilizar a su pareja. No se había dado cuenta de que Anna había pasado por una situación muy traumática. Estaba claro que Bran debería haberle matado hace mucho tiempo.
– ¿Qué ocurre?
– Tengo que hablar con Charles -dijo Asil soltando el cuchillo y poniéndose en pie.
Se estaba haciendo demasiado viejo y complaciente, y aquello le hacía creer a menudo que lo sabía todo. Había pensado que el chico estaba esperando a que se curaran sus heridas para consumar el vínculo, cuando, en realidad, lo que estaba haciendo era intentar darle a la chica un poco más de tiempo.
El hecho de que Charles hubiera venido aquella mañana para preguntarle sobre los Omegas podía significar que algo iba mal… y, tras comprender aquello, se dio cuenta de que Charles no se había referido a Sarai cuando se interesó por las consecuencias de la tortura en una Omega. Se refería a Anna.
– Ahora mismo es un poco complicado hablar con Charles -dijo Sage fríamente-. Se ha ido con Anna a perseguir a un lobo solitario en las Cabinets. Allí no tienen cobertura.
– ¿Las Cabinets? -Frunció el ceño al recordar la cojera que Charles había intentado disimular durante el funeral del día anterior. Aunque aquella mañana parecía estar en mejor estado, Asil había percibido cierta rigidez en sus movimientos-. Está herido.
– Mmm. -Sage asintió-. He oído que le dispararon en Chicago. Balas de plata. Pero hay un lobo solitario suelto que está atacando a gente. Ha matado a uno y ha herido a otro en menos de una semana. El compañero de Heather Morrell es el que resultó herido. Si queremos que la prensa no intervenga, debemos capturar al lobo lo antes posible, para que no haga daño a nadie más. Y ¿a quién más puede enviar Bran para seguirle el rastro? Samuel no es el más adecuado, y además esta mañana ha salido para Washington. Según parece, a Bran le preocupa que pueda tratarse de un ataque orquestado por los lobos europeos. Si causan suficientes problemas, puede que Bran reconsidere la decisión de hacer pública la existencia de los hombres lobo. De modo que necesita un lobo dominante.
Hacía mucho tiempo que a Asil había dejado de sorprenderle el hecho de que Sage supiera tanto sobre lo que ocurría en la manada del Marrok.
– Podría haberme enviado a mí -dijo Asil, aunque sin prestar demasiada atención a sus propias palabras.
Era una buena noticia que Anna hubiera ido con Charles. Significaba que su provocación no había causado un daño irreparable.
Sage le miró fijamente.
– ¿A ti? ¿En serio? Asistí a tu actuación de ayer en la iglesia.
– Podría haberme enviado a mí -repitió Asil.
Sabía que Sage estaba empezando a sospechar que su locura era fingida. Bran probablemente pensara lo mismo, ya que no le había matado pese a sus repetidas peticiones: quince años de «todavía no». Era una lástima que tanto Sage como Bran estuvieran tan equivocados. Su locura era algo sumamente sutil que podía provocar la muerte de todos ellos cuando menos lo esperaran.
Asil era un peligro para todos los que le rodeaban, y si no fuera un cobarde habría obligado a Bran a enfrentarse al problema en cuanto llegó a Aspen Creek, o cualquier otro día desde entonces.
Al menos podría haberse encargado del lobo solitario; a Bran le debía eso y mucho más.
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