Unos colmillos se clavaron en la dura tela de su chaqueta y le desgarraron la mochila. Ignoró al hombre lobo por el bien de Anna y levantó todo su peso (y el del otro hombre lobo) para permitir que ella saliera de debajo de su cuerpo, pese a saber que probablemente sería una decisión fatal.
Anna salió a rastras con la misma rapidez con que lo hubiera hecho el ayudante de un mago. Sin embargo, no hizo caso a su orden que la conminaba a salir corriendo.
El lobo atacante no pareció reparar en su presencia. Estaba tan ocupado desgarrando la mochila de Charles que no prestaba atención a nada más. Charles concluyó que se trataba de un lobo fuera de control tras comprobar que no soltaba su objetivo inicial pese a existir otro peligro más urgente. Aunque tampoco se quejaba por ello.
La forma humana de Charles era un poco más frágil que la del lobo, pero casi igual de fuerte. Sin Anna debajo de él, no tardó ni medio segundo en rasgar las correas de las raquetas y liberar sus pies.
A ambos lados volaron paquetes de aluminio como el confeti en una boda: comida liofilizada. Indudablemente, a Samuel se le habría ocurrido algo gracioso en aquella situación: veamos quién de los dos acaba siendo la comida fría.
Gruñendo por el esfuerzo, Charles estiró las piernas con toda la velocidad y poder que pudo reunir y, aquel movimiento, unido al peso del otro hombre lobo desgarró definitivamente la tela de la chaqueta y la mochila de Charles. Sujetándose únicamente a la tela, el lobo cayó de espaldas mientras esta se desgarraba; una patada y el lobo se desplazó trescientos metros por el aire. No lo suficientemente cerca pero tampoco demasiado lejos. Quedó entre Charles y Anna; más cerca de ella.
Mientras se deshacía de los últimos restos de su mochila -desgarrando despiadadamente cualquier cosa que amenazara con limitar sus movimientos-, Charles reflexionó sobre la extraña naturaleza del ataque. Ni siquiera un lobo solitario fuera de control habría permitido que una simple mochila le impidiera alcanzar su objetivo. Charles había recibido una dentellada o un zarpazo en algún lugar de su cuerpo, pero aparte de eso estaba completamente ileso.
El lobo se puso en pie pero no hizo ningún ademán de atacar. Estaba asustado. El olor de su miedo inundó el aire mientras clavaba sus ojos en los de Charles, desafiándolo.
No obstante, se quedó donde estaba, entre Charles y Anna. Como si estuviera protegiéndola.
Charles entornó los ojos e intentó ubicar al lobo; había conocido a muchos durante su vida. Gris sobre gris era demasiado común, aunque estaba aún más delgado que el lobo de Anna, casi cadavérico. Su olor no le resultaba familiar. Tampoco olía a manada, sino más bien a abetos, cedros y granito; como si nunca se hubiera dado un baño con jabón o champú o algún otro de los productos de la vida moderna.
– ¿Quién eres? -preguntó Charles.
– ¿Quién eres? -repitió Anna, y el lobo la miró a ella.
Con los ojos encendidos, igual que Charles. Cuando hacía aquello, podía contener a cualquier lobo que quisiera de un modo tan eficaz a como lo hacía Bran, aunque este lo conseguía simplemente con la fuerza de voluntad. Anna hacía que desearas acurrucarte a sus pies para deleitarte con la paz que trasmitía.
Charles percibió el momento en que el lobo se dio cuenta de que no había ningún humano al que proteger. Olió el aumento de su ira y su odio, y cómo estos se desvanecían al alcanzar a Anna, dejando tras de sí… solo desconcierto.
El lobo huyó al trote.
– ¿Te encuentras bien? -preguntó Charles mientras se quitaba la ropa lo más rápido que pudo. Podría haber utilizado la magia para hacerlo, pero no quería arriesgarse a agotarla para aquello cuando más tarde podía resultarle más útil. El maldito vendaje que le cubría las costillas era resistente, y le dolió cuando lo hizo jirones con las uñas a medida que estas se alargaban. Un fragmento de correa de la raqueta se había enredado con el cordón de una bota. Partió el cordón por la mitad.
– Estoy bien.
– No te muevas de aquí -le ordenó mientras permitía que el Hermano Lobo fluyera a través de él y le dejara sin habla.
Se estremeció cuando su otra forma vino acompañada de la llamada de la caza y a cada minuto que pasaba su forma humana se iba alejando.
– Aquí estaré -le dijo ella, y, a medida que la forma del lobo se asentaba y solidificaba, más palabras fluían a través de él-. No le hagas daño.
Asintió antes de desaparecer en el bosque. En aquel viaje no iba a tener que matar a nadie. Con la ayuda de Anna, conseguiría salvar a aquel lobo solitario.
* * *
En cuanto Charles se marchó, Anna empezó a temblar, como si alguien le hubiera quitado el anorak y la hubiera dejado desnuda en medio del hielo y la nieve. Miró a su alrededor nerviosa mientras se preguntaba por qué las sombras de los árboles le parecían súbitamente más profundas. Los abetos, que un instante antes eran simples árboles, ahora parecían abalanzarse sobre ella con una amenaza silenciosa.
– Soy un monstruo, maldita sea -dijo en voz alta.
A modo de respuesta, el viento dejó de soplar y se impuso el silencio; un silencio denso y pesado que parecía tener vida propia, aunque nada se movió ni produjo ningún sonido. Incluso los pequeños pájaros, los carboneros y trepadores azules, permanecían inmóviles.
Anna miró fijamente los árboles y se tranquilizó. Aunque la sensación de que alguien la estaba observando no dejaba de aumentar. Su olfato le decía que no había nada, pero tampoco había detectado la presencia del lobo que se les había echado encima. Ahora que este se había escabullido, sus sentidos continuaban completamente alerta. Algo realmente útil.
Sin embargo, al pensar en el lobo, recordó la extraña sensación que le había invadido hacía unos instantes, como si pudiera ver directamente su alma a través de aquella piel tan extraña, sentir su sufrimiento, sus necesidades. Había extendido la mano y le había preguntado su nombre; una parte de ella estaba convencida de que se acercaría y le respondería.
Cuando, en lugar de eso, había huido, aquel extraño convencimiento la abandonó. No podía precisar la mayor parte de los sentimientos que le había trasmitido el lobo; se sentía como una ciega viendo los colores por primera vez. Aunque estaba bastante segura de que había atacado para protegerla, y que había hecho todo lo posible por no herir a Charles.
Algo la estaba observando. Olfateó el aire pero únicamente reconoció los olores habituales del bosque.
Recorrió el perímetro del claro, pero no detectó nada ni con los ojos, ni con el oído, ni con el olfato. Decidió volver a intentarlo pero tuvo la misma suerte. Una tercera vez no iba a servir de mucho. Tenía que calmarse, porque si no acabaría saliendo en busca de Charles completamente aterrorizada. Sí, aquello le impresionaría mucho.
Aunque tampoco había hecho nada hasta ahora para impresionarle.
Cruzó los brazos sobre el estómago, justo donde se le había empezado a formar un nudo por algún tipo de emoción que no podía ni quería precisar. Rabia, probablemente.
Había resistido durante tres años porque, por muy mal que sonara, necesitaba a la manada. Era una exigencia visceral sin la cual su lobo no podía subsistir. De modo que les había permitido que le arrebataran todo su orgullo y que Leo controlara su cuerpo para hacerla circular entre sus lobos como una puta.
Por un instante pudo oler el aliento de Justin en su cara, el peso de su cuerpo sujetando el suyo, el dolor en las muñecas y la presión en la nariz, que le había roto con un golpe preciso de su mano extendida.
La sangre le resbaló por el labio, cayó sobre su nuevo anorak y salpicó la nieve. Sorprendida, se llevó la mano a la cara. Pese a que segundos antes había notado que le sangraba como la noche que le golpeara Justin, no le pasaba nada.
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