– Estoy bien, papá -dijo Charles. Cuando Anna despertó, sus músculos se tensaron ligeramente contra su cuerpo-. Pero tienes algo más que decirme.
Se produjo una pausa.
– Si hubiese sabido que tu madre era la hija de un chamán, jamás la habría elegido como pareja.
Repetía lo mismo desde que su hijo mostrara signos de haber heredado los talentos de su madre. Charles sonrió: su padre sabía perfectamente que no podía mentir a otro hombre lobo, o al menos no a uno de sus hijos. Ni siquiera a través del teléfono.
– De acuerdo -dijo Bran cuando Charles no hizo ademán de continuar. La frustración hizo que su voz sonara muy afilada-. Se ha producido una muerte en las montañas Cabinet. Un cazador de alces apareció hecho pedazos hace un par de días, el último día de la estación. Me lo dijo uno de nuestros contactos con los guardabosques. Mañana saldrá en los periódicos. Oficialmente lo atribuyen al ataque de un oso pardo.
– ¿Un lobo solitario? -preguntó Charles.
– Tal vez. O quizá alguien que intenta decirme que hacer pública la existencia de los licántropos no es muy buena idea.
Anna estaba completamente inmóvil a su lado. Estaba despierta y no se perdía ni un detalle de la conversación.
Bran continuó.
– El Parque Nacional Cabinet está justo en nuestro patio trasero, donde era evidente que recibiría el mensaje. Hace más de quince o veinte años que no teníamos a un lobo solitario en Montana. -La mayoría eran lo suficientemente listos como para mantenerse alejados del territorio personal del Marrok-. Los guardas también hicieron un informe hará cosa de un mes sobre un monstruo con el que topó un universitario. A pocos kilómetros de donde encontraron al cazador muerto. El estudiante dijo que esa cosa salió del bosque. Le rugió y le mostró los colmillos y las garras. Todos concluyeron que se trataba de un puma, pero el estudiante se puso hecho una furia ante la sugerencia de que no sabía reconocer a un puma. Sostuvo que se trataba de un monstruo hasta que le convencieron de que cambiara su historia.
– ¿Por qué sigue con vida? -preguntó Charles, y sintió cómo Anna se tensaba aún más. Había malinterpretado su pregunta. De modo que continuó, más por ella que por su padre-: Si era un lobo solitario, no hubiera permitido que escapara después de verle -aclaró para tranquilizar a Anna.
Hacía mucho tiempo que no tenía que matar a un testigo. La mayor parte de las veces podían recurrir a la incredulidad general ante el mundo sobrenatural y, por lo menos en la zona Noroeste, a las historias sobre el Big Foot. Una de las manadas de Oregón había convertido en pasatiempo la creación de rastros del Big Foot después de que los daños que uno de sus nuevos lobos provocó en un coche fueran atribuidos a este.
– El estudiante aseguró que un viejo loco apareció de la nada con un cuchillo en la mano y le dijo que se largara de allí -dijo Bran-. Y eso fue lo que hizo.
Charles tardó un minuto en procesar la información.
– ¿Un viejo loco que casualmente pasaba por allí cuando un hombre lobo decidió matar a ese chaval? Un viejo ni siquiera podría distraer a un hombre lobo.
– No he dicho que la historia tenga sentido. -La voz de su padre sonaba seca-. Y no estamos seguros de que el monstruo fuera un hombre lobo. No le presté mucha atención hasta que el cazador fue asesinado en la misma zona solo un mes más larde.
– ¿Y qué hay de ese? ¿Estás seguro de que el cazador fue una víctima de un hombre lobo?
– Mi informador es Heather Morrell. Sabe diferenciar las víctimas de un oso pardo de las de un hombre lobo.
Pese a que Heather era humana, había crecido en Aspen Creek.
– De acuerdo -accedió Charles-. ¿Quieres que investigue un poco? Tardaré unos días en estar a punto. -Y no quería dejar a Anna sola-. ¿Puedes enviar a otro?
Tendría que ser alguien lo suficientemente dominante como para controlar a un lobo solitario.
– No quiero enviar a nadie que pueda acabar muerto.
– Solo yo.
Charles también podía utilizar un tono seco.
– Solo tú -reconoció Bran suavemente-. Pero no te enviaré herido. Samuel está aquí para asistir al funeral. Él puede investigarlo.
– No puedes enviar a Samuel.
Su respuesta fue inmediata. La negativa fue demasiado brusca para ser simplemente instintiva. En ocasiones los espíritus de su madre le ayudaban a planear el futuro.
En aquella ocasión quien esperó fue su padre, dejándole tiempo para averiguar por qué era tan mala idea. No le gustó la respuesta que acudió a su mente.
– Desde que regresó de Texas está algo raro -dijo Charles finalmente.
– Tiene tendencias suicidas. -Bran lo verbalizó-. Lo envié con Mercy para ver si ella podía espabilarlo. Por eso te mandé a Chicago y no a Washington.
Pobre Mercy, pobre Samuel. Charles acarició el brazo de Anna con un dedo. Gracias a Dios, gracias a todos los espíritus, su padre nunca había intentado emparejarlo a él. Miró a Anna y le agradeció a su padre por haberlo enviado a él a Chicago en lugar de a Samuel.
Los espíritus respondieron a su plegaria impulsiva interfiriendo con mayor intensidad.
– Samuel es duro -dijo al tiempo que repasaba las imágenes de alerta que le enviaban-. Pero es un curandero, y no creo que sea lo que requiera esta situación. Iré yo. Tendrá que esperar un par de días, pero iré.
La inquietud que le había invadido desde que su padre contactara con él se desvaneció. Su decisión parecía ser la más acertada.
Aunque su padre no pensaba lo mismo.
– Ayer recibiste tres balas de plata, ¿o me he perdido algo? Y esta mañana has perdido el control.
– Dos balas y un rasguño -lo corrigió Charles-. Cojearé ligeramente por el sendero. No le pasa nada a mi control.
– Dejarás que Samuel te examine y después hablaremos. -Su padre colgó abruptamente. Pero su voz continuó en la cabeza de Charles-: No quiero perder a mis dos hijos.
Charles colgó el aparato y le dijo a Anna:
– Dispara.
– ¿Bran, el Marrok, va a hacer pública la existencia de los hombres lobo?
Habló casi en murmullos, como si lo encontrara inconcebible.
– Cree que ya lo sabe demasiada gente equivocada -le dijo-. Los ordenadores y la ciencia han hecho que cada vez sea más difícil ocultarnos. Papá confía en poder controlarlo mejor si él es el que inicia el flujo de información en lugar de esperar a que nuestros enemigos o algún idiota inocente decidan hacerlo por nosotros.
Anna se relajó apoyándose en él mientras reflexionaba sobre aquello.
– Eso hará la vida mucho más interesante.
Charles se puso a reír, la acogió entre sus brazos y, finalmente, se sumió en un sueño reparador.
Sí que había un pueblo. Aunque no era nada del otro mundo, tenía una gasolinera, un hotel y un edificio de ladrillo y piedra de dos plantas con un cartel en la fachada que lo identificaba como la Escuela de Aspen Creek. Más allá de la escuela, oculta entre los árboles y apenas visible desde otro lugar que no fuera el aparcamiento, se levantaba una iglesia de piedra. Si no hubiera sido por las indicaciones de Charles, Anna no la habría encontrado nunca.
Anna hizo avanzar la enorme furgoneta verde por el aparcamiento de la iglesia hasta una plaza diseñada para un vehículo mucho más pequeño. Era el único hueco que quedaba. Pese a no haber visto ninguna casa, el aparcamiento estaba lleno de furgonetas y todoterrenos.
La furgoneta de Charles era más vieja que ella, aunque parecía recién salida de fábrica. Tenía menos de ochenta mil kilómetros, si podía fiarse del cuentakilómetros; unos tres mil kilómetros al año. Charles le había dicho que no le gustaba conducir.
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