Hice un gesto de asentimiento, como si entendiera, pero no entendía. Nada en la vida me había preparado para comprender una relación entre padres e hijos en la que una simple visita a casa tuviera que ser planificada con la astucia estratégica de un enfrentamiento militar.
– Espero que esto no signifique que estás pensando en aceptar este caso -dije.
– No. Mi intención no es otra que la de no negarme con la vehemencia con que lo hago normalmente, porque entonces te echará la culpa a ti, por muy ilógico que parezca este razonamiento. Oiré todo lo que tenga que decirme, y me esforzaré por mostrarme más receptivo a sus atenciones paternales de lo que acostumbro.
– ¡Ajá!
Lucas sonrió.
– En otras palabras, me portaré bien. -Empujó su vaso medio vacío hacia el centro de la mesa-. Aún tenemos unas cuantas calles por delante. Sé que hace calor. Podríamos llamar a un taxi…
– Andar es bueno -dije-. Aunque me imagino cómo se me habrá puesto el pelo con la humedad. Voy a presentarme ante tu familia con el aspecto de un perro lanudo al que le han conectado un cable eléctrico en el trasero.
– Estás muy guapa.
Lo dijo con tanta sinceridad que estoy segura de que me ruboricé. Le agarré la mano e hice que se pusiera de pie.
– Terminemos con esto. Nos reunimos con la familia. Rellenamos los formularios. Buscamos un hotel, compramos una botella de champán y veremos si soy capaz de poner en práctica ese hechizo.
– ¿Tú lo pondrás en práctica?
– No te ofendas, Cortez, pero tu hebreo hace agua. Probablemente estás pronunciando mal la mitad de las palabras.
– O bien eso o bien que cuando lanzo un hechizo sencillamente carezco de tu experta eficacia.
– Yo no he dicho eso. Bueno, hoy no. Hoy estoy tratando de ser buena contigo.
Se rió, me rozó la frente con sus labios y me siguió fuera de la terraza del café.
* * *
Nunca había estado en Miami, y el recorrido en taxi hasta el centro no me había impresionado. Digamos que si al taxi se le hubiese pinchado una rueda, yo no habría bajado del vehículo, ni siquiera armada con un montón de hechizos que me permitieran lanzar bolas de fuego. Luego echamos a andar por el sector sudeste del centro mismo de la ciudad, a lo largo de una impresionante serie de rascacielos de acero y vidrio espejado que daban a las aguas increíblemente azules de Biscayne Bay. Daba la impresión de que acababan de limpiar las calles, flanqueadas de árboles, y las únicas personas que permanecían en las veredas estaban tomando cafés de cinco dólares en lujosas cafeterías. Hasta los vendedores de perritos calientes llevaban elegantes uniformes.
Yo me había figurado que Lucas me llevaría a algún sórdido sector de la ciudad donde las oficinas de la Corporación Cortez se encontrarían hábilmente ocultas en un destartalado almacén. En cambio, nos detuvimos frente a un rascacielos que parecía un monolito de hierro surgido de la tierra, con torres de ventanas espejadas dispuestas para recibir el sol y reflejarlo en un halo de esplendor. En la base del edificio, las puertas, retiradas de la acera, se abrían a un oasis con bancos de madera, bonsáis, helechos colgantes y una cascada circular rodeada de piedras musgosas. En lo alto de la cascada había un par de letras C grabadas en granito. Por encima de las puertas de vidrio de doble grosor una placa de bronce proclamaba con una simplicidad casi humilde: «Corporación Cortez».
– ¡Dios mío! -exclamé.
Lucas sonrió.
– ¿Estás reconsiderando la promesa de no ser nunca la esposa del CEO?
– Nunca. Pero ser CoCEO…, eso sí podría reconsiderarlo.
Entramos. En el momento en que se cerraron las puertas, desapareció el ruido de la calle. Una música suave flotaba en una brisa de aire acondicionado. Cuando me volví, el mundo exterior se había desvanecido, bloqueado por el oscuro vidrio espejado.
Miré a mi alrededor, esforzándome en no quedarme boquiabierta. Aunque no habría estado fuera de lugar. Justo delante de nosotros un grupo de turistas movía el cuello en todas las direcciones mirando asombrados los acuarios tropicales de cuatro metros de altura que cubrían dos de las paredes. Un hombre de traje oscuro bien cortado se aproximó al grupo y me puse tensa, segura de que iba a despedirlo. En lugar de ello, saludó al guía del tour y a los turistas les hizo una seña para que se acercaran a una mesa donde una empleada servía agua fría.
– ¿Grupos de turistas? -susurré.
– Hay un observatorio en el piso diecinueve. Está abierto al público.
– Estoy tratando de no impresionarme -dije.
– No olvides de dónde viene todo esto. Eso ayuda.
Sin duda ayudaba, porque mi admiración se disolvió como si alguien me hubiese volcado en la cabeza aquella jarra de agua helada.
Cuando nos acercábamos al mostrador de la entrada, un hombre treintañero con una sonrisa de oreja a oreja a punto estuvo de tropezar con otro empleado con la prisa por salir de detrás del escritorio. Corrió hacia nosotros como si hubiéramos infringido las normas de seguridad, cosa que probablemente habíamos hecho.
– Señor Cortez -dijo cerrándonos el paso-. Bienvenido, señor. Es un placer verlo.
Lucas murmuró un saludo y me indicó con el codo que me echara hacia la izquierda. El hombre se afanó detrás de nosotros.
– ¿Puedo llamar a alguien, señor?
– No, gracias -dijo Lucas, caminando todavía.
– Voy a llamar al ascensor. Está lento hoy. ¿Puedo traerles un vaso de agua con hielo mientras esperan?
– No, gracias.
El hombre corrió delante de nosotros hacia un ascensor identificado con la leyenda «PRIVADO». Cuando Lucas alcanzó el panel de números, el empleado se le adelantó y tecleó un código. El ascensor llegó y entramos en él.
En el interior el ascensor parecía construido con madera de ébano. Ni una sola huella digital empañaba el brillo de las negras paredes y los detalles de plata. El suelo era de mármol negro con vetas blancas. ¿Cuánto dinero debe ganar una empresa para empezar a instalar suelos de mármol en los ascensores?
Se produjo un leve zumbido y en lo que parecía una pared de una sola pieza se abrió una puerta que reveló un panel de ordenador y una pequeña pantalla. Los dedos de Lucas volaron sobre el teclado. Presionó la pantalla con el pulgar. Se produjo un campaneo, el panel se desplazó y se cerró, y el ascensor comenzó a subir.
* * *
Salimos en el último piso. La planta de los ejecutivos. Para no mostrar lo impresionada que estaba, me abstendré de describir el entorno. Baste con decir que era exquisito. Sencillo y sin nada llamativo, pero cada superficie y cada material era lo mejor que se puede comprar con dinero.
En medio del vestíbulo se levantaba un escritorio con paneles de mármol, como si surgiese del suelo del mismo material. Un hombre corpulento vestido de traje estaba sentado tras un panel de pantallas de televisión. Cuando el campaneo del ascensor anunció nuestra llegada, miró con atención. Salimos y Lucas me llevó hacia el lado izquierdo del salón de entrada. Se abrió repentinamente una sólida puerta de madera de ese lado del vestíbulo. Lucas miró al guardia, lo saludó con la cabeza y me hizo pasar por la puerta.
Entramos en un largo pasillo. Cuando la puerta se cerró detrás de nosotros, caminé con más lentitud, sintiéndome de algún modo fuera de lugar. Me llevó unos instantes darme cuenta del motivo. Era el silencio. Ni música ambiental, ni voces, ni siquiera el golpeteo de teclados. Y no sólo eso; el salón mismo se diferenciaba de todos los pasillos de oficina que había visto en mi vida. No había puertas en ninguno de los lados. Sólo un largo corredor que se bifurcaba en el medio y terminaba en un par de puertas de vidrio de grandes dimensiones.
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