Karin Slaughter - Perseguidas

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Hay muchas formas de morir, pero unas son más aterradoras que otras… Un paseo por el bosque se convierte en algo siniestro para el jefe de policía Jeffrey Tolliver y la forense Sara Linton, cuando topan con el cuerpo de una joven. Las evidencias iniciales sugieren que ha sido asustada literalmente hasta la muerte. Pero cuando Sara comienza a hacer la autopsia, algo todavía más horripilante sale a la luz… Algo que incluso conmociona a Sara. La detective Lena Adams es llamada durante sus vacaciones para resolver el caso, y la pista pronto conduce al condado vecino, una comunidad aislada, y a un terrible secreto.
Aunque la policia lo ignora, no es la primera vez que ocurre, y quizá tampoco sea la última. Aquella desdichada joven, sepultada en vida no es sólo la víctima de un crimen atroz. Para su asesino es fruto de cumplir con su obligación. Abby Bennett merecía terminar así, y también las otras, perseguidas y condenadas a pagar el precio de sus actos.

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Se enderezó, deslizó los dedos hacia el bolsillo trasero y sacó su navaja. Con cuidado, extrajo la hoja. Tenía la punta rota, y estampada en un semicírculo de sangre seca estaba la huella dactilar de Ethan.

Se miró el brazo, la profunda magulladura allí donde Ethan la había agarrado, y se preguntó cómo el dedo que había dejado su huella arremolinada en la hoja, cómo la mano que había sostenido esa navaja, cómo el puño que le había causado tanto dolor, podían ser los mismos que recorrían su cuerpo con delicadeza.

La policía que había en ella sabía que debía detenerlo. La mujer que había en ella sabía que era un mal hombre. La realista sabía que un día la mataría. Pero algo en su ser más profundo rechazaba estos pensamientos, y se dio cuenta de que era la peor de las cobardes. Ella era la mujer que tiraba piedras al coche patrulla. Era el vecino con el cuchillo. Era el niño estúpido que se aferraba a quien abusaba de él. Era la que tenía lágrimas en lo más hondo de su garganta, que se asfixiaba con lo que él la obligaba a tragar.

Llamaron a la puerta.

– ¿Lee?

Plegó la hoja y se apresuró a sentarse. Cuando Hank abrió la puerta, Lena se había llevado las manos al vientre, con la sensación de que algo se le había desgarrado. Él se acercó y se detuvo, tendiendo los dedos hacia su hombro pero sin tocarla.

– ¿Estás bien?

– Me he incorporado demasiado deprisa.

Hank bajó la mano y se la metió en el bolsillo.

– ¿Te apetece comer algo?

Ella asintió, respirando con los labios entreabiertos.

– ¿Necesitas ayuda para levantarte?

– Ya ha pasado una semana -dijo ella, como si con eso contestara a la pregunta.

Le habían dicho que podría reincorporarse al trabajo dos días después de la intervención, pero Lena no sabía cómo se las arreglaban las mujeres para hacerlo. Llevaba doce años en el cuerpo de policía del condado de Grant y hasta entonces nunca había tomado vacaciones. Sería gracioso que aquello fuese algo de lo que uno pudiera reírse.

– Yo ya he comido algo por el camino -comentó él.

Por su camisa hawaiana perfectamente planchada y los vaqueros blancos, Lena adivinó que había estado toda la mañana en la iglesia. Consultó el reloj; eran más de las doce del mediodía. Había dormido quince horas.

Hank permaneció allí, con las manos todavía en los bolsillos, como si esperase que ella dijera algo.

– Iré enseguida.

– ¿Necesitas algo?

– ¿Como qué, Hank?

Hank se rascó los brazos como si le picaran y apretó los finos labios. Los años pasados no habían conseguido borrar las cicatrices de las agujas en la piel, y ella aborrecía verlas, aborrecía la aparente indiferencia de él ante el hecho de que a ella le recordaban todo lo malo que se interponía entre ellos.

– Te prepararé algo para comer -propuso él.

– Gracias -consiguió decir Lena, y dejó colgar las piernas a un lado de la cama.

Apoyó los pies en el suelo con firmeza, recordándose que estaba en esa habitación. Esa última semana se había descubierto viajando mentalmente a lugares que parecían mejores, más seguros. Sibyl aún vivía. Ethan Green no había entrado todavía en su vida. Todo era más fácil.

A Lena le habría apetecido un buen baño caliente, pero no podría sentarse en una bañera al menos durante una semana. No podría mantener relaciones sexuales en el doble de tiempo, y cada vez que intentaba inventar una mentira, alguna explicación que dar a Ethan por no estar disponible, sólo se le ocurría que lo más fácil sería dejarle hacer. Cualquier daño que padeciera sería culpa de ella. Tenía que llegar el día en que pagaría por lo que había hecho. Tenía que haber algún tipo de castigo por la mentira que era su vida.

Se dio una ducha rápida para despejarse, sin mojarse el pelo porque la sola idea de sostener un secador en alto durante unos minutos le resultaba ya demasiado agotadora para planteárselo siquiera. En los últimos días estaba cada vez más perezosa y se pasaba el tiempo sentada, mirando por la ventana, como si el jardín cubierto de tierra, con su solitario neumático colgado a modo de columpio y el Cadillac de 1959 inmóvil sobre unos ladrillos desde antes de nacer Lena y Sibyl, fuera el principio y el fin de su mundo. Podía serlo. Hank había insistido en que podía volver a vivir con él, y ante la facilidad de la propuesta se había sentido mecida como por la resaca del mar. Si no se marchaba pronto, acabaría yendo a la deriva sin esperanza de divisar tierra. Nunca más volvería a sentir los pies firmemente plantados en el suelo.

Hank se había opuesto a llevarla a la clínica de Atlanta, pero bien estaba reconocer que al final había respetado la decisión de ella. A lo largo de los años, Hank había hecho muchas cosas para Lena en las que posiblemente no creía -ya fuera por razones religiosas o por su propia tozudez-, y en ese momento Lena empezaba a valorarlo. Aunque jamás lo reconocería abiertamente ante él. Por mucho que Hank Norton hubiera sido una de las constantes de su vida, Lena era plenamente consciente de que ella era lo único que le quedaba a él. Si fuera una persona menos egoísta, se compadecería del pobre viejo.

La cocina estaba justo al lado del cuarto de baño, y se puso la bata antes de abrir la puerta. Hank, ante el fregadero, arrancaba la piel a un trozo de pollo frito. Había cajas de Kentucky Fried Chicken en la encimera, junto a una bandeja de cartón con puré de patatas, ensalada de col y un par de panecillos.

– No sabía qué trozo querías.

A Lena se le contrajo el estómago al percibir el olor a mayonesa de la ensalada de col y ver coagularse la salsa marrón encima de las patatas. Sólo de pensar en comida le entraban ganas de vomitar. Verla, olerla, bastó para ponerla fuera de sí.

Hank dejó el muslo de pollo en la encimera y, tendiendo las manos como si ella fuera a caerse, la invitó a que se sentara.

Por una vez, Lena obedeció, apartando una silla tambaleante de la mesa. Ésta se hallaba cubierta de folletos -las reuniones de Alcohólicos Anónimos y Narcóticos Anónimos eran las adicciones más perdurables de Hank-, pero su tío había despejado un pequeño espacio para que ella pudiera comer. Lena se acodó en la mesa y apoyó la cabeza en la mano, sintiéndose más fuera de lugar que mareada.

Hank le frotó la espalda y ella notó el roce áspero de sus dedos callosos en la tela. Apretó los dientes; no deseaba que la tocara, pero no quería enfrentarse a su expresión dolida si se apartaba.

Su tío se aclaró la garganta.

– ¿Quieres que llame al médico?

– Estoy bien.

– Nunca has estado bien del estómago -dijo él, señalando algo evidente.

– Estoy bien -repitió ella, con la sensación de que Hank intentaba recordarle su historia en común, el hecho de que él había estado a su lado durante casi toda su vida.

Hank sacó otra silla y se sentó frente a ella. Al darse cuenta de que él esperaba que alzara la vista, Lena se tomó su tiempo antes de hacerlo. De niña pensaba que Hank era viejo, pero ahora, con treinta y cuatro años, la misma edad que tenía Hank cuando acogió a las hijas de su difunta hermana para criarlas, le parecía centenario. Su vida de excesos le había dejado profundas arrugas en la cara, igual que las agujas que se había clavado en las venas habían dejado sus marcas. Hank fijó la mirada en ella con sus ojos de color azul hielo y Lena vio ira tras su preocupación. La ira había sido una compañera constante de Hank y a veces Lena, cuando lo miraba, veía su propio futuro escrito en aquellos rasgos curtidos.

La ida en coche a Atlanta, a la clínica, había transcurrido con absoluta tranquilidad. Normalmente apenas hablaban, pero el peso del silencio había sido como una opresión en el pecho para Lena. Le había manifestado a Hank su intención de ir sola a la clínica, pero en cuanto entró en el edificio -con sus brillantes luces de neón que casi latían en el conocimiento de lo que estaba a punto de hacer-, Lena había anhelado su presencia.

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