Karin Slaughter - Perseguidas

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Hay muchas formas de morir, pero unas son más aterradoras que otras… Un paseo por el bosque se convierte en algo siniestro para el jefe de policía Jeffrey Tolliver y la forense Sara Linton, cuando topan con el cuerpo de una joven. Las evidencias iniciales sugieren que ha sido asustada literalmente hasta la muerte. Pero cuando Sara comienza a hacer la autopsia, algo todavía más horripilante sale a la luz… Algo que incluso conmociona a Sara. La detective Lena Adams es llamada durante sus vacaciones para resolver el caso, y la pista pronto conduce al condado vecino, una comunidad aislada, y a un terrible secreto.
Aunque la policia lo ignora, no es la primera vez que ocurre, y quizá tampoco sea la última. Aquella desdichada joven, sepultada en vida no es sólo la víctima de un crimen atroz. Para su asesino es fruto de cumplir con su obligación. Abby Bennett merecía terminar así, y también las otras, perseguidas y condenadas a pagar el precio de sus actos.

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Para ella, era impensable traer un bebé a este mundo. No deseaba que nadie tuviera una vida de mierda como la suya.

Hank apoyó los codos en las rodillas.

– Sólo quiero entenderlo.

Con su historial, Hank debería ser el primero en entenderlo. Ethan era malo para ella. La había convertido en la clase de persona que ella detestaba y, sin embargo, siempre volvía a por más. Era la peor forma de adicción, porque nadie, salvo Lena, entendía la atracción que ejercía.

Una melodía llegó del dormitorio y Lena tardó un segundo en caer en la cuenta de que era su móvil.

Al ver que hacía ademán de levantarse, Hank dijo:

– Ya lo cojo yo. -Y se fue a la habitación antes de que ella pudiera detenerlo. Le oyó atender la llamada y luego decir-: Un momento.

Volvió a la cocina con la mandíbula tensa.

– Es el comisario -anunció, y le pasó el teléfono.

Jeffrey estaba tan serio como Hank.

– Lena -dijo-, sé que todavía te queda un día de descanso, pero necesito que vengas.

Lena miró el reloj de pared e intentó calcular el tiempo que tardaría en hacer la maleta y volver al condado de Grant. Por primera vez en esa semana, sintió que volvía a latirle el corazón, que la adrenalina le fluía por las venas, y fue como despertar de un largo sueño.

Eludiendo la mirada de Hank, contestó:

– Puedo estar ahí dentro de tres horas.

– Muy bien -repuso Jeffrey-. Ve a buscarme al depósito de cadáveres.

Capítulo 3

Sara hizo una mueca al ponerse una tirita en la uña rota. Le dolían las manos de escarbar y tenía arañazos en las yemas de los dedos, como pinchazos diminutos. Esa semana debería tomar más precauciones de las habituales en la consulta y asegurarse de que tenía las heridas siempre tapadas. Al vendarse el pulgar, se acordó del trozo de uña que había encontrado incrustado en la madera y se sintió culpable de preocuparse por sus problemas insignificantes. Sara no podía ni imaginar cómo habían sido los momentos finales de esa pobre muchacha, pero sabía que antes de que acabara el día era eso precisamente lo que tendría que averiguar.

En su trabajo en el depósito de cadáveres, Sara había visto muertes horribles de muy distintas clases: puñaladas, disparos, palizas, estrangulaciones. Intentaba enfrentarse a cada caso con objetividad clínica, pero a veces una víctima se convertía en un ser vivo, real, que pedía ayuda a Sara. Esa chica muerta en el bosque, enterrada en una caja, había implorado a Sara. El miedo que expresaba cada rasgo de su cara, la mano tendida hacia la vida: todo ello era una súplica a alguien, a cualquiera, para que la ayudara. Los últimos momentos de la muchacha debieron de ser terroríficos. A Sara no se le ocurría nada más horrendo que ser enterrada viva.

Sonó el teléfono de su despacho y atravesó la sala a toda prisa para cogerlo antes de que saltara el contestador. Llegó un segundo demasiado tarde y el altavoz emitió un pitido cuando descolgó el auricular.

– ¿Sara? -preguntó Jeffrey.

– Sí -contestó ella, apagando el contestador-. Lo siento.

– No hemos encontrado nada -dijo él, y ella percibió frustración en su voz.

– ¿No hay ninguna desaparecida?

– Hubo una chica hace unas semanas -contestó él-. Pero ayer se presentó en casa de su abuela. Espera un momento. -Lo oyó murmurar algo aparte y luego volver a ponerse al aparato-. Enseguida te llamo.

Colgó antes de que Sara pudiera contestar. Se reclinó en la silla, contemplando su escritorio, fijándose en las ordenadas pilas de papeles y notas. Tenía todos los bolígrafos en un cubilete y el teléfono estaba perfectamente alineado con el borde del escritorio metálico. Carlos, su ayudante, trabajaba a jornada completa en el depósito de cadáveres, pero se pasaba días enteros en los que no tenía nada mejor que hacer que rascarse la tripa y esperar a que muriese alguien. Obviamente se había mantenido ocupado ordenando su despacho. Sara advirtió un arañazo en la fórmica y pensó que desde que trabajaba allí, y de eso hacía ya muchos años, nunca se había fijado en esa superficie de madera de imitación.

Pensó en la madera empleada para construir la caja donde estaba la muchacha. Parecía nueva, y obviamente la tela metálica que cubría el tubo tenía la función de evitar que se obstruyera el suministro de aire. Alguien había metido a la muchacha allí, reteniéndola en ese ataúd, con fines enfermizos. ¿Estaría en ese mismo momento su secuestrador pensando en ella encerrada en esa caja y obteniendo algún tipo de placer sexual por el poder que creía tener sobre ella? ¿O ya había quedado satisfecho con dejarla allí para que se muriera sin más?

Sara se sobresaltó cuando sonó el teléfono. Lo cogió y preguntó:

– ¿Jeffrey?

– Espera un momento. -Tapó el auricular mientras hablaba con otra persona; Sara esperó hasta que él le preguntó-: ¿Qué edad le calculas?

Aunque a Sara no le gustaba adivinar, contestó:

– Entre dieciséis y diecinueve años. Es difícil establecerlo con exactitud en estos momentos.

Comunicó el dato a alguien que estaba a su lado y luego preguntó a Sara:

– ¿Crees que la obligaron a ponerse esa ropa?

– No lo sé -dijo ella, preguntándose adónde quería ir a parar.

– Las suelas de los calcetines están limpias.

– Es posible que le quitasen los zapatos después de meterla en la caja -sugirió Sara. A continuación, al darse cuenta de lo que preocupaba verdaderamente a Jeffrey, añadió-: Tendré que examinarla en la mesa antes de saber si ha sido víctima de una agresión sexual.

– Tal vez el culpable tuviera la intención de hacerlo -especuló Jeffrey, y los dos permanecieron unos instantes en silencio, pensando en esa posibilidad-. Aquí llueve a cántaros -añadió-. Estamos intentando desenterrar la caja, por si encontramos algo dentro.

– La madera parecía nueva.

– Hay moho en uno de los lados -dijo él-. Es posible que la madera, enterrada, no se deteriore tan rápidamente.

– ¿Es resistente a la presión?

– Sí -repuso él-, tiene todas las juntas biseladas. Quien la construyó no hizo una chapuza. Se requiere cierta habilidad. -Hizo una pausa, pero ella no lo oyó hablar con nadie. Finalmente, añadió-: Parece una niña, Sara.

– Lo sé.

– Alguien tiene que echarla en falta -dijo él-. No es posible que se haya escapado, así sin más.

Sara permaneció callada. Había visto revelarse demasiados secretos en una autopsia como para emitir un juicio apresurado sobre la muchacha. Toda una serie de circunstancias podían haberla llevado a ese lugar oscuro en el bosque.

– Hemos enviado un teletipo -dijo Jeffrey-. A todo el estado.

– ¿Crees que fue trasladada hasta allí? -preguntó Sara, sorprendida pues, por alguna razón, había supuesto que la chica era lugareña.

– Es un bosque público -explicó él-, por el que pasa toda clase de gente.

– Pero ese lugar…

A Sara se le apagó la voz, al tiempo que se preguntaba si alguna noche de la semana anterior había mirado por la ventana y la oscuridad había ocultado a la muchacha y su secuestrador mientras éste la enterraba viva al otro lado del pantano.

– El secuestrador sin duda iría a comprobar si seguía allí -comentó Jeffrey, como un eco de lo que Sara había pensado antes-. Estamos preguntando a los vecinos si han visto a alguien extraño últimamente.

– Yo paso por allí cuando salgo a correr -dijo Sara-. Y nunca he visto a nadie. Ni siquiera nos habríamos enterado de que estaba allí si tú no hubieras tropezado.

– Brad está buscando huellas dactilares en el tubo.

– Tal vez deberíais espolvorearlo para detectar las huellas -sugirió ella-. O puedo hacerlo yo.

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