Jeffrey Archer - La falsificación

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¿Por qué una anciana es asesinada en su mansión de Inglaterra la madrugada del 11 de septiembre de 2001?
¿Por qué un exitoso banquero de Nueva York no se sorprende al recibir por correo la oreja de una vieja dama?
¿Por qué un prestigioso abogado trabaja para un único cliente sin cobrar honorarios?
¿Por qué una joven ejecutiva roba un Van Gogh si no es una ladrona?
¿Por qué una brillante licenciada trabaja como secretaria después de heredar una fortuna?
¿Por qué una atleta cobra un millón de dólares por cumplir una misión?
¿Por qué una aristócrata estaría dispuesta a matar si sabe que pasará el resto de su vida en prisión?
¿Por qué un magnate japonés del acero va a dar una fuerte suma de dinero a una mujer a la que no conoce?
¿Por qué un experto agente del FBI tiene que averiguar cuál es la conexión entre estas ocho personas aparentemente sin relación entre ellas?
Las respuestas a todas estas preguntas las da esta absorbente novela: en ella, una conspiración internacional, cuyo objetivo es uno de los lienzos más valiosos del mundo, introduce al lector en el mercado negro del arte, desde Nueva York hasta Londres, desde Bucarest hasta Tokio, tras las huellas de falsificadores y asesinos a sueldo, en un relato cuya lectura no da tregua.

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Se sentó en la sala a disfrutar de una Guinnes y aprovechó para pensar en Anna. Mucho antes de que el reloj marcara las ocho, apareció Tom. Echó una ojeada en derredor y vio a su amigo junto a la chimenea. Jack se levantó para saludarlo y le pidió disculpas por hacerle venir hasta Wentworth cuando podía pasar la velada con Chloe y Hank.

– Mientras que en el bar sean capaces de preparar un Tom Collins decente, no me oirás quejarme -respondió Tom.

Crasanti le explicaba cómo Hank había conseguido una media centuria -fuera eso lo que fuese- cuando se acercó el jefe de comedor para tomar nota de lo que cenarían. Ambos pidieron chuletones, pero, como tejano, Tom reconoció que no se había acostumbrado a la versión inglesa que se parecía más a una chuleta de cordero.

– Les avisaré tan pronto como esté preparada la mesa -dijo el jefe de comedor.

– Muchas gracias -contestó Jack.

Tom se agachó para abrir el maletín. Sacó un grueso expediente y lo dejó sobre la mesa. La charla intrascendente no era su fuerte.

– Comencemos por las noticias importantes. -Tom abrió el expediente-. Hemos identificado a la mujer de las fotos que enviaste desde Tokio. -Jack dejó su copa en la mesa y se concentró en el contenido del expediente-. Se llama Olga Krantz, y tiene algo en común con la doctora Petrescu.

– ¿Qué?

– Que la agencia también la daba por desaparecida, presumiblemente muerta. Como puedes ver por el perfil -añadió Tom, y le pasó una hoja-, perdimos el contacto con ella en 1989, cuando dejó de pertenecer a la escolta personal de Ceausescu. Ahora estamos convencidos de que trabaja exclusivamente para Fenston.

– Eso es mucho suponer -opinó Jack.

Apareció un camarero con un Tom Collins y otra jarra de Guinnes.

– No si consideras los hechos lógicamente y después los sigues paso a paso. -Tom bebió un sorbo de su copa-. Vaya, no está mal. Ten presente que ella y Fenston trabajaron para Ceausescu en la misma época.

– Una coincidencia -señaló Jack-. No se sostendría ante un juez.

– Podría, cuando sepas cuál era su trabajo.

– Inténtalo.

– Era la responsable de eliminar a cualquiera que representase una amenaza para Ceausescu.

– Sigue siendo circunstancial.

– Hasta que descubras su método preferido para la eliminación.

– ¿Un cuchillo de cocina? -citó Jack, sin mirar la página que tenía delante.

– Efectivamente.

– Algo que, me temo, significa que hay otro eslabón irrefutable en tu razonamiento.

– ¿Cuál es? -preguntó Tom.

– Anna está en la cola para ser su siguiente víctima.

– No, afortunadamente es allí donde se interrumpe el razonamiento, porque Krantz fue detenida esta mañana en Bucarest.

– ¿Qué? -dijo Jack.

– La policía local.

– Resulta difícil de creer que consiguieran acercarse a un kilómetro de ella. Yo mismo la perdía incluso cuando sabía dónde estaba.

– La policía ha sido la primera en admitir que estaba inconsciente en el momento de la detención.

– Dame todos los detalles -le pidió Jack, impaciente.

– Al parecer, y los informes continuaban llegando cuando salí de la embajada, Krantz se vio involucrada en una pelea con un taxista, que tenía quinientos dólares en su poder. Al hombre lo habían degollado, y ella acabó con una bala en el hombro derecho. No sabemos qué provocó la pelea, pero como lo mataron momentos antes de que despegara tu vuelo, creímos que quizá tú podrías decirnos algo más.

– Krantz seguramente intentó averiguar en qué avión viajaría Anna después de quedar como una imbécil en Tokio, pero aquel hombre jamás se lo hubiese dicho. Protegía a Anna más como un padre que como un taxista, y los quinientos dólares no son más que un truco. Krantz no se molesta en matar a nadie por esa cantidad, y aquel era un conductor que nunca dejaba el taxímetro en marcha.

– Lo que tú digas. El caso es que Krantz está encerrada, y que con un poco de suerte pasará el resto de su vida en la cárcel, algo que podría ser bastante breve, a la vista de que según los informes la mitad de la población de Rumania daría lo que fuese por estrangularla. -Tom echó una ojeada a otra página-. En cuanto al taxista, aquí dice que era el coronel Sergei Slatinaru, un héroe de la resistencia. -Tom bebió un sorbo-. Por lo tanto, ya no hay motivos para que sigas preocupado por la seguridad de Petrescu.

Reapareció el camarero para acompañarlos al comedor.

– Al igual que la mayoría de los rumanos, no me relajaré hasta ver muerta a Krantz. Hasta entonces, continuaré preocupándome por Anna.

– ¿Anna? ¿Ya os tratáis por el nombre? -Tom se sentó a la mesa en el lado opuesto a Jack.

– Difícilmente, aunque quizá podríamos hacerlo. He pasado más noches con ella que con cualquiera de mis últimas amigas.

– Entonces quizá tendríamos que haber invitado a la doctora Petrescu a unirse a nosotros.

– Olvídalo -dijo Jack-. Estará cenando con lady Arabella en Wentworth Hall, mientras nosotros tenemos que conformarnos con el Wentworth Arms.

El camarero colocó un plato de sopa de puerros y patatas delante de Tom y le sirvió a Jack una ensalada César.

– ¿Has averiguado algo más sobre Anna?

– No mucho -respondió Tom-. Llamó al departamento de Policía de Nueva York desde el aeropuerto de Bucarest. Pidió que quitaran su nombre de la lista de desaparecidos. Les dijo que había estado en Rumania para visitar a su madre. También llamó a su tío a Danville, Illinois, y a lady Arabella Wentworth.

– Eso significa que su encuentro en Tokio acabó en un fracaso -manifestó Jack.

– Tendrás que explicármelo.

– Se reunió en Tokio con un magnate del acero llamado Nakamura, que posee una de las colecciones de pinturas impresionistas más importante del mundo, según me informó el conserje del Seiyo. -Jack hizo una pausa-. Es obvio que no consiguió venderle el Van Gogh, cosa que explicaría por qué envió la pintura de nuevo a Londres, e incluso permitió que la reenviasen a Nueva York.

– A mí no me parece una persona que se rinda fácilmente -señaló Tom. Sacó otra hoja del expediente-. Por cierto, también la busca la Happy Hire Company. Afirman que abandonó uno de sus coches en la frontera canadiense, sin el guardabarros delantero, los parachoques delantero y trasero, y con todos los faros destrozados.

– Eso no se puede considerar un delito grave.

– ¿Te has enamorado de la muchacha? -preguntó Tom.

Jack no respondió porque apareció el camarero.

– Dos chuletones, uno poco hecho, y el otro al punto.

– Para mí el poco hecho -dijo Tom.

El camarero sirvió los dos platos.

– Que aproveche.

– Otra expresión norteamericana que aparentemente hemos exportado -gruñó Tom.

Jack sonrió.

– ¿Habéis averiguado algo más de Leapman?

– Oh, sí. Sabemos muchas cosas del señor Leapman. -Puso otro expediente en la mesa-. Es ciudadano estadounidense de segunda generación y estudió derecho en Columbia. Como tú. -Tom sonrió-. Se licenció, trabajó en varios bancos, con una carrera siempre en ascenso, hasta que se enredó en un fraude con acciones. Su especialidad era vender bonos a unas viudas que no existían. -Hizo una pausa-. Las viudas existían, los bonos no. -Jack soltó una carcajada-. Cumplió dos años de cárcel en una institución correccional de Rochester en el norte del estado de Nueva York, y se le prohibió de por vida trabajar en un banco o cualquier otra entidad financiera.

– Si es la mano derecha de Fenston…

– Es posible que de Fenston, pero no del banco. El nombre de Leapman no aparece en los libros, ni siquiera como empleado de la limpieza. Paga impuestos por sus únicos ingresos conocidos, un talón mensual de una tía de México.

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