Jeffrey Archer - El cuarto poder

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Las historias de Lubji, húngaro judío perseguido durante la segunda guerra mundial, y la de Kent, joven adinerado que descubre sus facultades de líder, sirven de escenario para que el gran Jeffrey Archer, dibuje con magistralidad y estilo propio, los pormenores de la vida del mundo de la prensa en EL CUARTO PODER, popular novela que fue llevada a la pantalla, y que muestra descarnadamente los laberintos de la información desde un punto de vista desprovisto de concesiones. Lubji emerge de un pasado lleno de frio y soledad, donde debe escapar de su mundo para lograr salvar la vida mientras sus habilidades de comerciante le permiten sobrevivir en el gélido ambiente de una Europa desgarrada por la lucha fratricida con la amenaza de Adolf Hitler rondando la buena marcha de la paz y la concordia.
Kent, por su parte, entre apuestas en el hipódromo, y su propio despertar sexual mientras participó en intrigas y maldades, va envolviéndose en un mundo donde el conocimiento es la llave del éxito. Escrita con un estilo fuerte e incluyente, El Cuarto Poder es un retrato perfecto del rostro de los grandes magnates que encajan muy bien en la máxima de Balzac, "Detrás de cada gran fortuna, hay un gran crimen". Esta novela es un fiel reflejo de dos historias unidas por la sagacidad y el destino, y que los lleva al inevitable choque.

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– Tuvo que haber despegado a su hora, para variar -dijo el taxista con un encogimiento de hombros.

No pudo decirse lo mismo del vuelo siguiente, que estaba programado para despegar una hora más tarde, pero que terminó por hacerlo con cuarenta minutos de retraso.

Townsend comprobó su reloj por enésima vez, se dirigió a una cabina telefónica y buscó el número de Susan en la guía de Adelaida. La telefonista le dijo que el número estaba ocupado. Volvió a llamar cinco minutos más tarde y no obtuvo respuesta. Quizá estuviera en la ducha. Trataba de imaginar la escena cuando se anunció por el servicio de altavoces: «Ultima llamada para los pasajeros en vuelo a Adelaida».

Le pidió a la telefonista que lo intentara por última vez, pero el número volvía a estar ocupado. Lanzó una maldición por lo bajo, colgó el teléfono y echó a correr hacia el avión, al que logró subir justo antes de que cerraran la portezuela. Se pasó todo el vuelo propinando ligeros puñetazos sobre el reposabrazos, pero eso no hizo que el avión volara más rápido.

Sam estaba de pie junto al coche, con aspecto impaciente, cuando su jefe salió corriendo de la terminal. Lo condujo a Adelaida ignorando todas las señales de límite de velocidad, pero cuando dejó a su jefe frente a L'Étoile, el maître ya había tomado nota de los últimos pedidos.

Townsend intentó explicar lo sucedido, pero Susan pareció comprenderlo incluso antes de que él abriera la boca.

– Intenté llamarte desde el aeropuerto, pero encontré tu teléfono ocupado o no me contestó nadie. -Observó los cubiertos sin tocar, delante de ella-. ¿No me digas que no has cenado?

– No, no tenía tanto apetito -contestó ella y le tomó de la mano-. Pero tú debes de estar hambriento, y apuesto a que todavía quisieras celebrar tu triunfo. Si pudieras elegir, ¿qué es lo que más te gustaría hacer?

A la mañana siguiente, cuando Townsend entró en su despacho, encontró a Bunty inclinada sobre la mesa, sosteniendo una hoja de papel. Daba la impresión de haber permanecido allí durante algún tiempo.

– ¿Algún problema? -preguntó Townsend al cerrar la puerta.

– No. Sólo que parece haber olvidado usted que me jubilo a finales de mes.

– No, no lo había olvidado -dijo Townsend, sentándose tras la mesa-. Simplemente, no creía…

– Las normas de la compañía son muy claras al respecto -dijo Bunty-. Cuando una empleada alcance la edad de sesenta años…

– ¡Usted no tendrá nunca sesenta años, Bunty!

– … debe jubilarse el último viernes del mes natural en que los cumpla.

– Las normas están para romperlas.

– Su padre decía que no debía haber ninguna excepción a esa regla, y yo estoy de acuerdo con él.

– Pero por el momento no he tenido tiempo para buscar a nadie más, Bunty. Con las negociaciones del Chronicle y…

– Ya me había anticipado a ese problema -dijo ella, sin amilanarse-. Y he encontrado a la sustituta ideal.

– Pero ¿cuáles son sus calificaciones? -preguntó Townsend, dispuesto a rechazarlas inmediatamente como inadecuadas.

– Es mi sobrina -fue la respuesta- y, lo que es más importante, procede del lado de Edimburgo de la familia.

A Townsend no se le ocurrió una respuesta más adecuada.

– Bueno, en ese caso será mejor que acuerde una cita para que la conozca. -Hizo una pausa, antes de añadir-: En algún momento del mes que viene.

– En estos momentos está sentada en mi despacho, y puede entrevistarse con usted ahora mismo -dijo Bunty.

– Ya sabe lo muy ocupado que estoy -dijo Townsend que, sin embargo, miró la hoja en blanco de su dietario.

Evidentemente, Bunty se había asegurado de que no tuviera ninguna cita durante aquella mañana. Le entregó la hoja de papel que sostenía en la mano.

Empezó a estudiar el curriculum de la señorita Younger, con la intención de encontrar alguna excusa para no verla. Al llegar al final de la página, asintió de mala gana.

– Está bien, la veré ahora.

Cuando Heather Younger entró en el despacho, Townsend se levantó y esperó hasta que ella se hubo sentado frente a la mesa. La señorita Younger medía uno setenta y cinco de estatura, y Townsend sabía por su curriculum que tenía veintiocho años, aunque parecía bastante mayor. Vestía un jersey verde y una falda de paño. Las medias marrones le hicieron pensar a Townsend en las cartillas de racionamiento, y los zapatos que llevaba habrían sido descritos por su madre como sensatos.

El pelo era castaño rojizo, sujeto en un moño, sin que hubiera un solo cabello fuera de lugar. La primera impresión de Townsend fue la de encontrarse con una nueva señorita Steadman, una ilusión que se intensificó cuando la señorita Younger empezó a contestar sus preguntas con resolución y eficiencia.

La entrevista duró once minutos, y la señorita Younger empezó a trabajar el lunes siguiente.

Townsend aún tuvo que esperar otras seis semanas antes de que el Chronicle fuera legalmente suyo. Durante ese tiempo, vio a Susan casi cada día. Cada vez que le preguntaba por qué se quedaba en Adelaida cuando tenía la sensación de que el Chronicle necesitaba tanto de su tiempo y de su atención, se limitaba a contestar:

– Mientras no sea el propietario legal del periódico, no puedo hacer nada al respecto. Y si tuvieran idea de lo que les espera, habrían roto el contrato mucho antes de que transcurrieran las seis semanas.

De no haber sido por Susan, aquellas seis semanas le habrían parecido interminables, aunque ella se burlaba continuamente de él acerca de las raras veces que llegaba a tiempo a una cita. Finalmente, él solucionó el problema el día en que le sugirió:

– Quizá todo resultaría más fácil si te instalaras a vivir conmigo.

El domingo por la tarde, antes de que Townsend entrara oficialmente en posesión del Chronicle , ambos volaron juntos a Sydney. Townsend le pidió al taxista que se detuviera delante del edificio del periódico antes de continuar hasta el hotel. Al llegar, tomó a Susan por el codo y le hizo cruzar la calle. Una vez que estuvieron en la acera de enfrente, él se volvió a mirar el edificio del Chronicle .

– A partir de esta medianoche me pertenece -dijo con un apasionamiento que ella no le había visto nunca.

– Yo más bien esperaba que fueras tú el que me pertenecieras a partir de esta medianoche -bromeó ella.

Al llegar al hotel, a Susan le sorprendió encontrar a Bruce Kelly, que les esperaba en el vestíbulo. Todavía se sorprendió más al oír a Keith pedirle que les acompañara a cenar.

La atención de Susan se desviaba continuamente, mientras Keith explicaba sus planes para el futuro del periódico como si ella no estuviera presente. Le extrañó el hecho de que el director del Chronicle no hubiera sido invitado también a cenar con ellos. Una vez que Bruce se marchó, ella y Keith tomaron el ascensor hasta el último piso y desaparecieron en habitaciones separadas. Keith estaba sentado ante la mesa, repasando unas cifras, cuando ella se deslizó en el interior de su habitación a través de la puerta que las conectaba.

El propietario del Chronicle se levantó pocos minutos antes de las seis de la mañana siguiente y ya había salido del hotel mucho antes de que Susan despertara. Caminó hasta Pitt Street, y se detuvo en cada quiosco de periódicos que encontró en su camino. Las cosas no estaban tan mal como durante su primera experiencia con el Gazette , pensó al llegar frente al edificio del Chronicle , aunque podrían haber sido mucho mejores.

Entró en el vestíbulo y le dijo al guardia de seguridad de la recepción que deseaba ver al director y al director general en cuanto llegaran, y que necesitaría inmediatamente a un cerrajero. Esta vez, al recorrer el edificio, nadie preguntó quién era.

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