Llegó al porche, bajo el barato techo desparejo todo lo rápido que pudo sin hacer ruido. La mayor parte de la puerta delantera era un tejido para mantener fuera los insectos. Le faltaba, al igual que a toda la casa, una mano de pintura. Posiblemente fuese alquilada, por cierto que por poco dinero. Miró por el tejido y vio lo que parecía un pasillo, que conducía a una cocina a la izquierda y un baño a la derecha. Desde donde estaba, sólo distinguía un inodoro de loza blanca y un lavabo.
Se preguntó si se podía considerar que tenía una razón aceptable para entrar en la casa y de inmediato decidió que sí. Tiró de la puerta para abrirla y entró lo más sigilosamente que pudo. El pasillo estaba cubierto con una alfombra vieja y sucia. Avanzó por allí, con la pistola en alto y sus sentidos aguzados al máximo… A medida que avanzaba, cambiaba su ángulo de visión. Dejó de ver la cocina, pero pudo ver mejor el baño…
Penny Davidson estaba en la bañera, desnuda, con sus ojos color celeste porcelana completamente abiertos y la garganta seccionada de oreja a oreja, toda la sangre de su cuerpo cubriendo su pecho plano y los costados de la bañera. Su cuello había sido cortado con tal violencia que parecía otra boca abierta.
Extrañamente, Caruso no sintió una reacción física. Sus ojos registraron la instantánea, pero en ese momento, sólo pensaba en que el hombre que había hecho eso vivía y estaba muy cerca de él.
Oyó un sonido que provenía de adelante y a la izquierda. La sala de estar. Un televisor. El sujeto estaba ahí. ¿Habría otro? No tenía tiempo de considerar esto, ni le importaba mucho en ese momento.
Despacio, su corazón batiendo como un martillo neumático avanzó y miró más allá del ángulo. Allí estaba, casi cuarenta años, hombre, blanco, cabello escaso, mirando la televisión con arrobada atención -una película de terror, de ahí había salido el grito- sorbiendo cerveza Miller Lite de una lata. Su expresión era satisfecha, sin señales de excitación. Esa parte ya habría pasado, pensó Dominic. y frente a él ¡Dios mío!- una cuchilla de carnicero ensangrentada sobre la mesa de café. Había sangre en su camiseta, como si se la hubiera rociado. De la garganta de una niñita.
"El problema con estas basuras es que nunca se resisten", les dijo un día un instructor en la academia del FBI. "Claro que son John Wayne cuando tienen un niño entre sus manos, pero nunca se resisten a un policía armado, jamás. y ¿saben qué? Es una pena", concluyó el instructor.
No irás a la cárcel. El pensamiento pareció deslizarse en su mente por su propia mente. Su pulgar derecho llevó el percutor hacia atrás hasta que, con un clic, la pistola quedó lista para disparar. Notó al pasar que sus manos estaban frías como el hielo.
En el ángulo de la izquierda de la habitación, apenas uno entraba había una vieja y gastada mesa octogonal. Encima tenía un jarro de vidrio azul, tal vez comprado en el Kmart local, probablemente como florero, pero que hoy no tenía flores. Lenta, cuidadosamente, Caruso alzó el pie, luego derribó la mesa de un puntapié. El jarro cayó y se hizo pedazos sobre el suelo de madera.
El sujeto se volvió violentamente y vio a su inesperado visitante. Su respuesta defensiva fue más instintiva que meditada -tomó la cuchilla que estaba sobre la mesita. Caruso no tuvo ni tiempo de sonreír, aunque se dio cuenta de que el sujeto había cometido el último error de su vida. En las agencias de policía de los Estados Unidos es un artículo de fe que un hombre armado de un cuchillo a una distancia inferior a los seis metros es una amenaza inmediata y letal. Hasta comenzó a incorporarse.
No llegó a hacerlo.
El dedo de Caruso pulsó el gatillo de su Smith y Wesson, enviando un tiro directo al corazón del sujeto. En menos de un segundo, dos más lo siguieron. Rojas flores brotaron en su camiseta blanca. Miró primero a su pecho, después a Caruso con una expresión de sorpresa absoluta, luego volvió a caer sentado sin decir una palabra ni exhalar una queja.
Ahora, Caruso cambió de dirección y miró el único dormitorio de la casa. Vacío. También la cocina, cuya puerta de acceso estaba trabada desde dentro. Un instante de alivio. No había nadie más en la casa. Miró otra vez al secuestrador. Sus ojos seguían abiertos. Pero Dominic había disparado bien. Le quitó el arma al muerto y lo esposó, porque lo habían entrenado para hacerlo. Buscó el pulso en la carótida, sin resultado. Lo único que veía este individuo eran las puertas del infierno. Caruso tomó su teléfono celular y volvió a comunicarse con la oficina.
"¿Dom?", preguntó Sandy al atender.
"Sí, Sandy, soy yo. Acabo de eliminarlo!"
"Qué? ¿Qué quieres decir?", preguntó ansiosa Sandy Ellis.
"La niñita está aquí, muerta, degollada. Entré y el tipo me atacó con un cuchillo. Lo bajé. El también está muerto. Bien muerto".
"¡Caray, Dominic! El sheriff del condado debe de estar por llegar allí en unos dos minutos. Espéralo".
"Entendido. Espero, Sandy".
No había pasado ni un minuto cuando oyó el sonido de una sirena. Caruso salió al porche. Bajó el percutor de su automática y la regresó a su funda, luego sacó su credencial del FBI del bolsillo de la chaqueta y la mantuvo en alto en la mano izquierda, mientras el sheriff, revólver reglamentario en mano, se aproximaba.
"Todo bajo control", dijo Caruso con la voz más calma que pudo. Ahora lo invadía la tensión. Le hizo señas al sheriff Tumer de que entrara, pero se quedó afuera. Tras uno o dos minutos, el policía local volvió a salir. Ahora, su Smith & Wesson estaba enfundada.
Tumer parecía el arquetipo de Hollywood de un policía sureño, alto, robusto, de poderosos brazos, con un cinturón para pistola que se hundía en una abultada barriga. Pero su piel era negra. No era la película típica.
"¿Qué ocurrió?", preguntó.
"¿Me da un minuto?" Caruso respiró hondo y pensó durante un momento cómo contaría la historia. La forma en que Tumer la entendiera era importante, pues el homicidio era un delito local y le correspondía a la jurisdicción de éste.
"Si". Tumer hurgó en el bolsillo de su camisa y sacó un paquete de Kool. Le ofreció uno a Caruso, quien meneó la cabeza.
El joven agente se sentó en la galería de madera sin pintar y trató de armar la historia en su cabeza. ¿Qué era exactamente lo que había ocurrido? ¿Qué era, exactamente, lo que acababa de hacer? ¿Y exactamente cómo debía explicarlo? Una voz en su mente le susurraba que no sentía ningún pesar. Al menos no por el sujeto. Para Penélope Davidson ya era demasiado tarde. ¿Una hora antes habría alcanzado a salvarla? ¿Media hora? La niñita no regresaría a su hogar esa noche, ya no sería arropada por su madre antes de irse a dormir, ni abrazada por su padre. De modo que el agente especial no tenía remordimientos. Sólo el de no haber llegado antes.
"¿Puede hablar?", preguntó el sheriff Tumer.
"Buscaba un lugar como éste, y cuando pasé por aquí, vi la camioneta estacionada, comenzó Caruso. En un momento, se puso de pie y entró con el sheriff en la casa para explicarle los demás detalles.
"La cuestión es que tropecé con la mesa. Me vio, tomó el cuchillo, se volvió hacia mí, así que desenfundé la pistola y maté al bastardo. Tres tiros, creo".
"Ya veo". Tumer fue hacia el cuerpo. El sujeto no había sangrado mucho. Los tres disparos habían acertado directamente en el corazón, que había dejado de bombear casi instantáneamente.
Paul Tumer podía parecer tonto a los ojos de un agente federal, pero no lo era en absoluto. Miró el cuerpo y se volvió a mirar la puerta desde donde disparó Caruso. Sus ojos medían ángulo y distancia.
"Así que", dijo el sheriff, "usted tropieza con esa mesa. El sujeto lo ve, toma su cuchillo y usted, temiendo por su vida, saca la pistola reglamentaria y dispara tres tiros rápidos ¿no?"
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