Busca un auto con una niñita dentro, se dijo, una que no esté en el asiento. De ir sentada, podía mirar por la ventana, pedir ayuda… No, más bien el sospechoso debía haberla atado, esposado o inmovilizado con tela adhesiva, posiblemente amordazado. Una niñita, indefensa y aterrada. Sus manos se crisparon sobre el volante. La radio crepitó.
"Base Birmingham a todas las unidades '7'. Tenemos un informe. El sospechoso de '7' puede estar al volante de una camioneta blanca, probablemente Ford, tal vez un poco sucia. Placas patente de Alabama. Si ven a un vehículo de esas características, informen y verificaremos la información con el departamento de policía local".
Lo que significaba no enciendas las luces, no hagas sonar la sirena para que se detenga si no es indispensable, pensó Caruso. Era hora de pensar un poco.
Si yo fuera un tipo así ¿dónde iría? Caruso aminoró. Pensó… Un sitio con buen acceso. No necesariamente un camino principal…, más bien un camino secundario razonablemente bueno, con un desvío, que me llevara a un lugar menos visible. Fácil de entrar, fácil de salir. Un sitio donde los vecinos no puedan ver qué hace uno…
Tomó el micrófono.
"Caruso a base Birmingham".
"Sí, Dominic", respondió el agente operador de radio. Las radios del FBI están codificadas y nadie que no tenga un buen equipo decodificador puede escuchadas.
"La camioneta blanca. ¿Qué certeza hay?"
"Una anciana dice que cuando salió a buscar su diario vio a una niñita cuya descripción coincide hablando con un tipo que iba en una camioneta blanca. El posible sospechoso es blanco, sexo masculino, edad indeterminada, sin otra descripción. No mucho, Dom, pero es lo que hay", le respondió la agente especial Sandy Ellis.
"¿Cuántos abusadores de niños en la región?"
"Diecinueve, según la computadora. Estamos interrogando a todos. Sin resultado por ahora. No hay más que eso, amigo".
"Entendido, Sandy. Fuera".
Siguió conduciendo, mirando. Se preguntó si sería algo así lo que su hermano Brian experimentó en Afganistán: solo, a la caza del enemigo… Comenzó a buscar calles de tierra que salieran de la ruta, tal vez alguna con huellas recientes de neumáticos.
Volvió a mirar la pequeña foto. Una niñita de rostro dulce, que recién estaba aprendiendo el alfabeto. Una niña para quien el mundo siempre había sido un lugar seguro donde reinaban papi y mami, que iba a la escuela dominical, que hacía orugas con cajas de huevos y cepillos de limpiar cañerías, que había aprendido a cantar: "Jesús me ama, sé que es así porque eso dice la Biblia" Miraba a uno y otro lado. Allí, a unos cien metros, un camino de tierra entraba en el bosque. Aminoró y vio que el sendero daba una suave doble curva, el bosque era ralo y se veía…, una casa prefabricada barata… y junto a ella… ¿la punta de una camioneta…? Pero ésta era beige más que blanca…
Y la ancianita que había visto a la niñita y a la camioneta… ¿cuán lejos estaba…? ¿estaba al sol o a la sombra…? Tantos elementos, tantas incógnitas, tantas variables. Por más buena que fuera la academia del FBI, no lo preparaba a uno para todas las situaciones posibles -no, ni se aproximaba a eso. Y te lo decían -te decían que confiases en tu instinto y en tu experiencia…
Pero Caruso no tenía ni un año de experiencia.
Aún así…
Detuvo el auto.
"Caruso a base Birmingham".
"Sí, Dominic", respondió Sandy Ellis.
Caruso transmitió su ubicación. "Voy a pie a echar un vistazo a 10-7".
"Entendido, Dom. ¿Necesitas apoyo?"
"Negativo, Sandy. Probablemente no sea nada, sólo voy a golpear la puerta y hablar con quien esté ahí".
"Bien. Te espero".
Caruso no tenía un radiotransmisor portátil -eso era para policías locales, no para el Buró- y ahora, fuera de su teléfono celular, no tenía forma de mantenerse en contacto. Su arma personal era una Smith & Wesson 1076, que llevaba, enfundada, en la cadera derecha. Bajó del auto y cerró la puerta sin llegar a trabarla para no hacer ruido. Todos se vuelven cuando oyen el sonido de la puerta de un auto al cerrarse.
Vestía un traje color verde oliva muy oscuro, buena cosa, pensó Caruso, dirigiéndose a la derecha. Primero miraría la camioneta. Caminó con normalidad, pero sus ojos no se despegaban de las ventanas de la precaria casa, esperando a medias ver un rostro, pero, pensándolo bien, contento de que no fuera así.
La camioneta Ford debía de tener, calculó, unos seis años. Tenía pequeños roces y desconchados y había llegado donde estaba marcha atrás. De esa forma, la puerta corrediza trasera quedaba cerca de la casa. Así la podría haber ubicado un carpintero o un plomero. O un hombre que quisiese entrar en la casa un cuerpo pequeño que se resiste. Mantuvo libre la mano derecha, la chaqueta desabrochada. Todos los policías del mundo practican desenfundar rápido, a menudo frente a un espejo, aunque sólo un idiota dispararía en el mismo movimiento, porque de esa forma era imposible acertarle a nada.
Caruso se tomó su tiempo. La ventana del lado del conductor estaba baja. El interior estaba casi completamente vacío, el piso de metal desnudo, sin pintar, una rueda de auxilio, un gato hidráulico…, y un rollo grande de cinta adhesiva de sellar caños…
Mucha gente la empleaba. La punta libre del rollo estaba doblada de forma que no fuese necesario despegarla con las uñas cuando uno la necesitase. También mucha gente hacía eso. Finalmente, vio que había una alfombrita en el suelo, encajada -no pegada con cinta adhesiva en el suelo justo detrás del asiento de pasajeros del lado derecho… y ¿por qué pendía más cinta de la estructura de metal del asiento? ¿Qué podía significar?
¿Por qué ahí? Caruso se lo preguntaba cuando, de pronto, sintió un cosquilleo en la piel de sus antebrazos. Era la primera vez que sentía algo así. Nunca había arrestado personalmente a nadie, nunca había investigado, al menos no hasta el fin, un delito grave. En Newark, se había ocupado durante un breve período de rastrear fugitivos y había hecho un total de tres arrestos, siempre como segundo de un agente con más experiencia. Ahora tenía un poco más de experiencia, estaba un poco más ducho… Pero no tanto, se recordó a sí mismo.
La cabeza de Caruso se volvió hacia la casa. Ahora, su mente iba rápido. En realidad ¿qué tenía? No mucho. Sólo había visto el interior de una vulgar camioneta sin evidencia directa alguna, sólo una camioneta vacía con un rollo de cinta selladora y una alfombrita sobre su suelo de acero.
Pero así y todo…
El joven agente sacó del bolsillo su teléfono celular y llamó a la oficina con discado rápido.
"FBI. ¿Puedo ayudarlo?", preguntó una voz femenina.
"Caruso para Ellis". No tuvo que esperar.
"¿Qué tienes, Dom?
"Camioneta Ford Ecoline, patente de Alabama, Eco, Romeo, Seis, Cinco, Cero, Uno, estacionada donde estoy. Sandy…"
"Sí, Dominic".
"Voy a golpear a la puerta".
"¿Quieres refuerzos?"
Caruso pensó durante un segundo. "Afirmativo, si'.
"Hay un policía montado del condado a unos diez minutos de allí. Espéralo", aconsejó Ellis.
Pero la vida de una niñita estaba en juego…
Se dirigió a la casa, cuidando de mantenerse fuera del campo de fuego que dominaban las ventanas. Entonces, el tiempo se detuvo.
Estuvo a punto de saltar en el aire cuando oyó el alarido. Era un terrible sonido agudo, como el de alguien que hubiera visto a la muerte en persona. Su cerebro procesó la información y se dio cuenta de que su automática ya estaba en su mano, frente a su esternón, apuntando hacia arriba, pero en sus manos. Se dio cuenta de que había sido un grito de mujer y una pieza encajó con un clic dentro de su cabeza.
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