Jodi Compton - Indicio de culpa

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Sarah Pribek, una detective de Mineápolis especializada en desapariciones, protege la identidad de una amiga suya, Genevieve. Ambas persiguieron, encontraron y mataron a Royce Stewart, violador y asesino de la hija de Genevieve, en una trama en la que se vio involucrado el marido de Sarah, que se encuentra en la carcel. Nadie del departamento de policía entiende el extraño proceder de la detective, que está protegiendo a una criminal, y un inspector llega a la ciudad para investigarla… Una historia donde las cosas no tienen las motivaciones correctas, o al menos las que se presume que deberian ser.

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Cabía la posibilidad de que el ladrón hubiese huido por la puerta trasera y nadie hubiera vuelto a verlo, pero el dueño, si estaba en condiciones de andar, ya debería haber salido y haberse dado a conocer.

– Me temo que el dueño esté herido. -Lockhart expresó en voz alta lo mismo que yo pensaba-. Voy a entrar.

– No. El servicio de emergencias médicas está de camino, ¿verdad? ¿Y la unidad de refuerzo?

– Tal vez sea demasiado tarde -objetó.

– Lo sé -asentí-. Entraré yo.

– Entraremos las dos -dijo ella.

– No -repliqué. La agente Lockhart era joven y poco experimentada, y yo no quería cargar con ella en mi conciencia-. Lo haré yo sola. Tú quédate aquí y cubre la puerta -añadí sin darle ocasión a protestar-. Voy a investigar la entrada trasera.

Pese a que entrar en acción sin esperar a la llegada de los refuerzos era dar mal ejemplo a Lockhart, saqué mi calibre cuarenta y empecé a rodear el edificio, despacio.

Me resultaba extraño pensar que casi eran ya las diez de la noche. Ni siquiera Venus brillaba todavía en el firmamento azul celeste y, como si le faltara potencia, apenas se notaba que el rótulo de neón de la tienda estaba ya encendido.

Al doblar la esquina del callejón trasero, vi un coche aparcado. Era un viejo sedán azul. Eché una ojeada a la matrícula, pero no la reconocí. No era el coche de Marc.

Vi que la puerta de atrás estaba abierta. Había llegado la hora de la verdad.

– ¡Agente del sheriff! -grité, haciéndome a un lado-. ¡ Si dentro hay alguien que pueda oírme, que se identifique, por favor!

Sólo me respondió el silencio.

– ¡Muy bien, voy a entrar y estoy armada! -proseguí-. ¡Y dispuesta a utilizar el arma si me amenazan! ¡Es su última oportunidad!

Mis palabras parecían sacadas de un manual de entrenamiento sobre situaciones de riesgo. El sudor empezaba a empaparme las zonas de la piel que antes se humedecen, como los párpados inferiores y la nuca. Me sentí como una adolescente jugando a policías.

Más silencio. Crucé el umbral y avancé, despacio.

Lo primero que encontré fue un pequeño almacén en el que había estanterías de madera sobre las que se apilaban cajas de cartón. En mi campo visual no aprecié ningún movimiento, ni siluetas humanas. A mi izquierda había una puerta abierta. Daba a un retrete, donde había también unas cuantas cajas apiladas junto a la taza sucia y un dispensador de toallas de papel. En el aire flotaba un olor a humo de cigarrillo. Salvo por esto, el cuarto estaba vacío. Sólo tardé un segundo en comprobarlo.

Antes de pasar a la tienda propiamente dicha, capté otro olor. No a sangre, sino a licor derramado, dulzón y rancio.

Todo el jaleo había ocurrido en la tienda: estantes derribados, botellas rotas, destrucción. Una fina capa de líquido se extendía por el pálido suelo de linóleo y brillaba a la luz de los fluorescentes del techo. El licor derramado aún fluía y avanzaba hacia mis pies mientras lo miraba. Dentro del charco casi incoloro había riachuelos de sangre color óxido.

Seguí esos riachuelos hasta su origen, volví la cabeza en un acto reflejo y me obligué a mirar otra vez.

Era un joven de raza blanca. Aparte de eso, no sabía nada más. En la cabeza, a modo de máscara, llevaba una media de nailon que ahora se había convertido en una fina bolsa que contenía sangre y materia gris. En el interior de esa bolsa no se apreciaba nada que recordase unos rasgos faciales humanos. Su pistola, del calibre treinta y ocho, estaba tirada al lado del cuerpo.

Me volví para seguir la trayectoria del disparo. Parecía proceder del mostrador, lo cual era lógico si había sido obra del dueño de la tienda. De éste no había ni rastro, pero el mostrador medía más de un metro de alto. No me costó gran cosa recomponer el rompecabezas.

Para completar la escena, alcé la voz de nuevo al tiempo que me acercaba al mostrador.

– Soy detective de la Oficina del Sheriff -anuncié otra vez, al tiempo que rodeaba el extremo de la barrera-. Voy a pasar al otro lado del mostrador. Si estás ahí escondido y tienes un arma, suéltala. Se acabó lo que se daba.

El propietario yacía en el suelo, inmóvil y con los ojos cerrados, delante de una pared de botellas de tres cuartos de litro. Tenía la ropa empapada, pero no de sangre, sino de alcohol, y estaba rodeado de cristales rotos que le habían producido unos cortes superficiales de los que brotaba poca sangre. Su pecho subía y bajaba con tanta placidez como si durmiera, y junto a él había una escopeta.

El hombre, con su calva incipiente, la tez morena y las facciones mediterráneas, se parecía un poco a Paul, ese tipo sobrio al que recordaba vagamente haber conocido hacía siglos. Aquí, un tercer olor competía con el de la sangre y el alcohol. Era orina, a juzgar por la mancha en la parte delantera de los pantalones baratos del tendero.

Pistola contra escopeta. Probablemente, el joven asaltante había sacado el arma desde el otro lado de la caja registradora a una distancia de tiro aceptable para una pistola como aquélla, algo más de medio metro. El dueño de la tienda le habría seguido la corriente hasta encontrar un pretexto para agacharse y sacar la escopeta. Al hacerlo, el muchacho se había sobresaltado y había tenido una reacción equivocada. Primero había retrocedido un paso para escapar y sólo entonces se había acordado de disparar la pistola. Cuando lo hizo, fue demasiado tarde. Se había alejado en exceso y estaba demasiado nervioso para poder alcanzar al tendero. La bala había dado en el estante de los botellines y lo había derribado. El tendero, al ver que el atracador disparaba, había apretado el gatillo de su escopeta con un efecto letal. Quizás había disparado más de una vez, a juzgar por los destrozos que había producido en el local. Luego, al advertir los resultados de su acción -la cabeza del chico parecía haber reventado dentro del fino nailon-, se había desmayado, perdiendo el control de su vejiga urinaria al caer.

El tendero estaba sano y salvo; el asaltante, muerto. Lo único que me quedaba por hacer era no alterar la escena del crimen más de lo que ya había hecho. Tenía que salir y comunicar a Lockhart que todo estaba bien.

Fue entonces cuando vi la pierna.

Asomaba detrás del segundo pasillo. El pie iba calzado con una sandalia y las uñas de un color escarlata intenso, demasiado liso y regular para que se tratase de sangre. Era esmalte. Pero el pequeño tentáculo rojo que se extendía despacio desde detrás del estante… Aquello era sangre, sin lugar a dudas. Parecía que el tendero había efectuado más de un disparo antes de perder el sentido.

Rodeando el mostrador, me dirigí al extremo del pasillo y observé la imagen completa. Ghislaine Morris yacía boca arriba, con los ojos cerrados y una pierna doblada. La sangre que manaba de su cuerpo procedía del pecho.

Lisette me había contado que Ghislaine prestaba su coche a Marc para que pudiera ir a unas fiestas a las que él jamás la llevaba. Era el vehículo azul del aparcamiento. En esta ocasión, lo había tomado prestado otra vez, pero se había llevado a la chica consigo. La había llevado a un atraco. Observé que en el pecho de Ghislaine había un orificio irregular del que escapaba un ruidoso silbido. La tela que lo rodeaba se movía, al tiempo que se iba empapando. Un neumotórax abierto. Era preciso que la atendieran enseguida, pero no se oía ninguna sirena en la distancia.

Ghislaine se había metido en aquel aprieto ella sola. Había tenido más opciones de las que ella había ofrecido a Cicero.

«No, señor -le dije a un futuro inquisidor imaginario-. No la vi. Me ocupé del dueño de la licorería. No sabía que hubiese una tercera víctima.»De la herida de Ghislaine escapó un nuevo silbido. Sus labios empezaban a amoratarse. No llegaría viva a la ambulancia.

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