Jodi Compton - Indicio de culpa

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Sarah Pribek, una detective de Mineápolis especializada en desapariciones, protege la identidad de una amiga suya, Genevieve. Ambas persiguieron, encontraron y mataron a Royce Stewart, violador y asesino de la hija de Genevieve, en una trama en la que se vio involucrado el marido de Sarah, que se encuentra en la carcel. Nadie del departamento de policía entiende el extraño proceder de la detective, que está protegiendo a una criminal, y un inspector llega a la ciudad para investigarla… Una historia donde las cosas no tienen las motivaciones correctas, o al menos las que se presume que deberian ser.

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– No. Hay más. Esta partida de nacimiento es el único documento de Jacob que aparece. Nunca estuvo matriculado en ninguna escuela. No existe certificado de defunción, ni papeles de adopción. Simplemente, desapareció del mapa… porque estaba en Minnesota, claro.

– ¿Así que tienes un documento? Eso no demuestra nada -replicó Marlinchen. Luego, sus ojos se iluminaron con el brillo de otra idea-. ¿Y no se te ha ocurrido pensar que quizá fue Jacob el que murió de pequeño? Tal vez a la tía Gitte se le ahogó en un descuido. Andaba siempre borracha o drogada…

– No hagas eso -la reconvine, sacudiendo la cabeza-. No permitas que tu padre piense por ti toda la vida. A pesar de que no llegaste a conocer a la tía Brigitte, nunca has puesto en tela de juicio lo que tu padre te ha contado de ella. Prefieres pensar mal de una desconocida que de tu padre, y eso a pesar de que has sido testigo de los maltratos físicos y psicológicos que ha infligido a Aidan.

Pese a su negativa a aceptar los hechos, la verdad de aquellas palabras surtieron efecto y Marlinchen no replicó.

– No estoy diciendo que tu padre sea un monstruo -continué-. Probablemente, con las prisas, cometió algún error en el aparcamiento del hospital y ese error se le escapó de las manos y le arruinó la vida. Cuando quiso darse cuenta de que la culpa y la pena estaban destruyendo a tu madre, era demasiado tarde para arreglarlo. Imagina qué habría pensado la gente, meses o años más tarde, de alguien que ha enterrado a escondidas a su propio hijo en el jardín de casa y que se ha apropiado del hijo de otra persona, borrándole la identidad. La estima y la carrera profesional de Hugh habrían podido sobrevivir a la muerte accidental de un hijo, pero su conducta posterior transgredía todos los límites morales y legales.

Me pregunté si no le habría hablado con demasiada franqueza, pero era urgente reintroducir la sinceridad en el mundo de los Hennessy, del que había estado ausente tanto tiempo.

Los niños seguían jugando junto al lago. Si habían advertido mi presencia, no habían sabido interpretar el lenguaje corporal. Probablemente pensaban que Marlinchen y yo manteníamos una educada conversación.

– El sentimiento de culpa de tu padre, primero por Aidan y después por tu madre, lo carcomió por dentro. En cierto sentido, lo hizo literalmente -no tuve que recordarle a Marlinchen la úlcera de Hugh-. ¿Nunca te has preguntado por qué la foto de tu madre con Aidan alteraba tanto a tu padre? -le pregunté-. Era el verdadero Aidan, a los dos años. Jacob no lo sabía, pero tu padre, sí. Cada vez que lo veía en el dormitorio de Aidan se ponía furioso. Le recordaba lo bien que había funcionado su plan. Tu madre nunca se recuperó de esa culpa. Murió como consecuencia de ella, ya fuera accidentalmente o… -me interrumpí.

Demasiado tarde. Marlinchen tenía las mejillas enrojecidas de ira.

– ¿O qué? ¿A qué te refieres? ¿Sugieres que tal vez se suicidó?

Sí, de eso se trataba precisamente, pero en ese momento comprendí que aquello era demasiado para Marlinchen.

– No, no quiero decir eso -me apresuré a tranquilizarla-. Claro que no.

Demasiado tarde otra vez. No sirvió de nada.

– Creo que deberías marcharte -me dijo.

– Recuerda lo que me pediste la primera vez que nos vimos -repliqué. Empezaba a ponerme nerviosa-. Me pediste que encontrara a tu hermano. Precisamente eso es lo que intento hacer. Ahora eres la cabeza de familia legal de esta casa. Si no me dejas hablar con tu padre, al menos dame permiso para cavar bajo el árbol y encontrar a tu hermano. ¿No era eso lo que querías?

– Mis hermanos se encuentran todos en casa -dijo, señalando hacia el lago-. Mi padre también está en casa, cada vez más recuperado. Nos estamos acercando unos a otros e intentamos curar nuestras heridas. Para alguien como tú, eso es difícil de aceptar.

– ¿Para alguien como yo? -repetí.

– Tu padre te echó de casa y te criaste con una desconocida. No puedes comprender lo que significa formar parte de una verdadera familia.

– ¿Cómo dices? -pregunté, aunque lo había oído perfectamente. Sin embargo, si Marlinchen notaba que me había herido, no cejaría.

– Por eso ahora no puedes aceptar que seamos felices -prosiguió-. Preferirías que mi hermano hubiese muerto, que mi madre se hubiera suicidado y que mi padre acabara en la cárcel.

– Eso no es cierto -protesté.

– Lárgate -me espetó-. Estoy harta de tu mente morbosa y de tus teorías retorcidas.

Ya no tenía nada que hacer allí. Marlinchen no iba a calmarse, así que me encaminé a las escaleras.

– Y no vuelvas -me gritó Marlinchen-. Si apareces otra vez por aquí, llamaré a la policía.

Quise decirle que podía regresar con una orden judicial, pero probablemente no era cierto, ya que no disponía de pruebas sólidas. Además, en ocasiones hay que renunciar a decir la última palabra. Comprendí la causa del enfado de Marlinchen. Era miedo. Si no hubiera captado un brillo de verdad en mis palabras, éstas no habrían vertido ácido en un punto vulnerable de su mente. Con los músculos en tensión, monté en el coche y enfilé la amplia calzada de acceso.

La pequeña elevación de terreno en la que terminaba la calzada me permitió echar un vistazo al campo donde jugaban los chicos. Antes de salir a la carretera, me detuve unos momentos allí y volví la cabeza.

Aidan, en quien no podía dejar de pensar, hablaba con Liam, que agarraba la pelota. Una fina capa de sudor le cubría la cara y el pecho desnudo. Los chicos ocuparon su posición y Liam lanzó el balón a Aidan, que lo controló con facilidad y echó a correr. Su coleta rubia se balanceaba con entusiasmo bajo el sol de la tarde. Colm corrió, decidido a interceptarlo, pero Aidan lo regateó con facilidad e incrementó la velocidad, dejando atrás a su hermano y lanzándose directamente a la línea de gol.

El gran ventanal estaba vacío; Hugh no miraba al jardín y, por unos instantes, deseé que lo hiciera. Tal vez reconocería por primera vez algo que se había negado a ver desde hacía mucho tiempo.

Hugh creía firmemente en la familia. En sus novelas, así como en su vida, perseguía los ideales del clan: vínculos fuertes, lealtad y cariño. Había sido incapaz de verlo, pero Jacob Candeleur, sin llevar una gota de sangre Hennessy, representaba lo mejor de esos ideales. Desde su más tierna edad, había hecho gala de instinto de protección de sus seres queridos. Había sacado a Marlinchen del lago cuando ésta cayó en sus aguas heladas al romperse la capa de hielo. Se había enfrentado a los pendencieros que la habían tomado con Liam. Había renunciado a su nueva vida en California para estar con su hermana y sus hermanos.

Con Colm siguiéndole los talones, Jacob llegó a la línea invisible y determinada de antemano de la portería y marcó gol. Colm, que se dio por vencido con elegancia, extendió la mano para entrechocarla con Jacob, recogió la pelota y fue a reunirse con Donal.

Jacob no lo siguió. Se quedó quieto unos instantes, jadeando. Luego, cayó de rodillas y al momento se desplomó al suelo.

La escena tuvo un efecto evocador. Despertó en mí un recuerdo reciente.

– ¡Oh, Dios mío! -exclamé.

Puse marcha atrás, retrocedí por la calzada a setenta kilómetros por hora y me detuve derrapando a tres metros de la terraza. Marlinchen me miró desde donde se había quedado, junto a la barbacoa.

– ¡Llama a urgencias! -le grité, al tiempo que saltaba del coche.

No me habría extrañado encontrar en ella cierta resistencia, pero cuando volvió la mirada hacia el lago y vio que Jacob seguía sin moverse, rodeado de sus hermanos que lo observaban, me creyó.

– ¿Y qué les digo? -preguntó Marlinchen.

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