Yu se desnudó, se metió en la cama y se puso a temblar bajo el frío edredón, pero no tardó demasiado en entrar en calor mientras la esperaba.
Su esposa entró apresuradamente en la habitación, caminando descalza sobre el suelo de madera. Levantó el edredón y se deslizó a su lado, tocándole los pies con los suyos, aún fríos.
– ¿Quieres una bolsa de agua caliente, Peiqin?
– No, ya te tengo a ti. -Peiqin se pegó a él-. Cuando Qinqin vaya a la universidad sólo quedaremos tú y yo, como en un nido viejo y vacío.
– No debes preocuparte -la tranquilizó su marido, fijándose en que tenía una cana en la sien. Yu aprovechó la oportunidad para llevar la conversación a su terreno-. Todavía pareces muy joven y guapa.
– No hace falta que me halagues así.
– Hoy he visto un vestido mandarín en el escaparate de una tienda. Creo que te sentaría muy bien. ¿Alguna vez te has puesto uno?
– Venga, Yu. ¿Acaso me has visto llevar un vestido mandarín alguna vez? Cuando estábamos en el instituto una prenda así era impensable: decadente, burguesa y no sé cuántas cosas más. Luego nos fuimos a aquella granja del ejército dejada de la mano de Dios en Yunnan, vestidos con el mismo uniforme militar de imitación durante diez años. Cuando volvimos, ni siquiera teníamos un armario decente en casa de tu padre. Nunca me has prestado la debida atención, marido.
– Ahora que tenemos una habitación para nosotros solos, en el futuro me enmendaré.
– ¿Por qué estás interesado de repente en un vestido mandarín? Ah, ya lo sé. Otro de tus casos. El caso del vestido mandarín rojo, he oído hablar de él.
– Seguro que sabes algo sobre estos vestidos. A lo mejor te has mirado alguno en una tienda.
– Quizás una o dos veces, pero nunca entro en ninguna de esas tiendas caras. ¿Crees que un vestido mandarín le estaría bien a alguien como yo, una mujer de mediana edad que trabaja en un restaurante cochambroso?
– ¿Por qué no? -preguntó Yu, recorriendo con la mano las curvas tan familiares de su cuerpo.
– No, no me engatuses como tu inspector jefe. No es un vestido apropiado para una mujer trabajadora. No para mí, en esa oficina tingsijian llena del humo de los woks y de hollín. Leí un artículo sobre vestidos mandarines en una revista de modas. No consigo entender por qué esa clase de prenda ha vuelto a ponerse tan de moda de repente. En fin, háblame del caso.
Yu le resumió lo que sus compañeros y él habían averiguado hasta entonces, y le habló sobre todo del fracaso de los procedimientos policiales rutinarios.
Cuando terminó, Peiqin preguntó en voz baja:
– ¿Se lo has comentado a Chen?
– Ayer hablamos por teléfono. Está de vacaciones, escribiendo un trabajo de literatura con un enfoque deconstructivo, o algo por el estilo. En cuanto al caso, sólo farfulló algunos términos psicológicos, sacados probablemente de sus misteriosas traducciones.
– Chen es así a veces -afirmó su esposa-. Si el asesino es un chalado podría resultar realmente difícil encontrarlo, porque actúa según una lógica que sólo él entiende.
Yu esperó a que su mujer dijera algo más, pero ella no parecía concentrarse en la conversación.
– ¿Y qué piensas del curso de literatura que está haciendo? -preguntó Peiqin, cambiando de tema inesperadamente-. ¿Crees que le gustaría dedicarse a otra cosa?
– Chen es impredecible -respondió Yu-. No lo sé.
– Puede que esté pasando por la crisis de la mediana edad: demasiado trabajo y estrés, y nadie esperándolo en casa. ¿Aún sale con aquella chica joven, Nube Blanca?
– No, creo que no. Nunca me ha hablado de ella.
– Esa chica estaba colada por él.
– ¿Cómo lo sabes?
– Por la forma en que lo ayudó a cuidar de su madre durante su viaje con la delegación.
– Bueno, aquel «bolsillos llenos» podría haberle pagado.
– No, Nube Blanca hizo muchas cosas que no habría hecho sólo por dinero -explicó su mujer-. Además, a la anciana le gusta mucho esa chica. Estudiante universitaria, inteligente y presentable. A ojos de la anciana, debe de ser una buena elección. Y Chen es un hijo muy responsable.
– Eso es cierto. Siempre me está diciendo que tendría que cuidar mejor a su madre, que la ha defraudado por no seguir los pasos de su padre en el mundo universitario y por no haberse casado ni haber tenido hijos.
– Cuando pasó ayer por aquí estuvimos charlando un rato. Me explicó que había decidido inscribirse en ese curso especial en parte por ella. Pese al deterioro de su salud, su madre aún se preocupa por él. Como dijo Chen, aunque no pudiera abandonar la soltería tan fácilmente, al menos un título universitario consolaría un poco a la anciana.
– Como diría una pitonisa, Chen no tiene «la suerte de la flor del melocotón» -añadió Yu, suspirando-. Un proverbio chino dice que el que tiene suerte en el trabajo puede que carezca de ella en el amor.
– Venga ya. Sí que ha tenido la suerte de la flor del melocotón. Por ejemplo, su novia Hija de Cuadros Superiores en Pekín. Sencillamente, la relación no funcionó. De todos modos, Nube Blanca podría ser la elegida.
– No me sorprende que esté colada por él, pero no creo que pueda haber nada entre ellos. Hay demasiados rivales vigilándolo. ¿Qué pasará cuando descubran el pasado de chica de K de Nube Blanca?
– Puede que trabajara como chica de karaoke, pero muchos estudiantes universitarios hacen trabajos así hoy en día. No debería importar demasiado, siempre que no llegara a acostarse con algún hombre, y no creo que lo hiciera -dijo Peiqin-. Lo que importa es si sería o no una buena esposa para él. Siendo inteligente, joven y práctica, podría hacer buena pareja con alguien tan sesudo como tu jefe. Aunque los rivales de Chen no son el único problema. No sé si él mismo es capaz de olvidar su pasado como chica K.
– Eres muy perspicaz, esposa mía.
– Ya va siendo hora de que siente la cabeza y forme una familia. No puede seguir soltero toda la vida. Además, tampoco es bueno para su salud. Y no me refiero únicamente a alguien que lo cuide en casa.
– Ahora hablas como su madre, Peiqin.
– Deberías ayudarlo, eres su compañero de trabajo.
– Tienes razón, pero en estos momentos ojalá fuera Chen el que pudiera ayudarme a mí.
– Ah, el caso del vestido mandarín rojo. Siento la digresión -se disculpó Peiqin-. Se trata de un caso prioritario. Tienes que detener al asesino antes de que vuelva a matar. ¿Cuál es tu plan?
– Todavía no tenemos ningún plan viable -respondió Lu-. Y es el primer caso en el que actúo como jefe de brigada. No creo que Liao vaya a llegar a ninguna parte con su enfoque habitual, por eso pienso que yo debería intentar algo distinto.
– Has visto un vestido mandarín en una tienda pero no estabas pensando en mí, sino en tu caso -le reprendió su esposa con una sonrisa-. Quizás en más de una tienda. ¿Qué te dijeron los dependientes?
– Liao y yo visitamos boutiques especializadas en este tipo de vestido, además de almacenes de lujo donde también los venden, pero en ninguna parte vendían un vestido mandarín tan pasado de moda. Según los dependientes, ninguna tienda de la ciudad vendería nada remotamente similar. El estilo es demasiado antiguo, al menos tiene diez años. Estamos en los noventa, ahora los vestidos mandarines suelen tener aberturas más altas para enseñar más muslo, y son más ajustados para marcar curvas más sensuales. No tienen mangas, y a veces dejan la espalda al aire. No son como los que llevaban las víctimas.
– ¿Tienes alguna foto de ese vestido?
– Sí -respondió Yu, sacando varias fotografías de la carpeta que reposaba sobre la mesilla de noche.
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