Stuart Kaminsky - Muerte En Invierno

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El detective Mac Taylor es un eficaz investigador del C.S.I. convencido de que todo está relacionado y las personas siempre tienen una historia que contar. Él y su compañera, la detective Stella Bonasera, lideran un equipo de expertos en el cambiante e inestable mundo de la ciudad de Nueva York. Estos dotados investigadores, que ven Nueva York bajo una luz única, siguen las pruebas al tiempo que reúnen pistas y eliminan dudas para, finalmente, resolver los casos. El cuerpo de un hombre de mediana edad aparece en el ascensor de un lujoso edificio del Upper East Side. En un primer momento, Mac Taylor y Aiden Burn no encuentran balas, ni restos de ADN, ninguna pista. Podría tratarse del crimen perfecto Mientras tanto, a unas pocas manzanas, Stella Bonasera y Danny Messer investigan el asesinato de una mujer protegida por el programa de testigos. Los agentes de la ley encargados de su seguridad aseguran que la víctima pasó la noche en su dormitorio del hotel y que la encontraron muerta por la mañana. El equipo C.S.I. de Nueva York deberá reunir las pruebas y resolver estos dos sorprendentes crímenes.

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– Veamos -dijo McGee-. Es sábado, así que la gente que tiene que trabajar se lo piensa tres veces antes de salir con este tiempecito, y todavía es temprano…

Observó el libro.

– Nada -dijo-. No ha entrado nadie. Y tampoco ha salido nadie.

– ¿Cuál es el turno de Ernesto? -preguntó Mac regresando de golpe al presente.

– Desde medianoche hasta que llego yo, a las cinco.

McGee observó de nuevo el libro, entrecerrando los ojos.

– Tampoco hay entradas en el turno de Ernesto. Ni una sola. Ni una entrada. Ni una salida.

Una ambulancia se detuvo frente a la puerta con las sirenas apagadas. Salieron dos enfermeros vestidos de blanco bajo sus abrigos azules, abrieron la puerta trasera del vehículo y sacaron una camilla y una bolsa para cadáveres.

El portero se detuvo a mirar cómo entraban.

– Nunca me quedo con los nombres de ustedes, los policías -dijo-. Tal vez debería…

– Está bien -dijo Mac-. Hábleme del señor Lutnikov.

– Siento que hayamos llegado tarde, Taylor -se disculpó el primer enfermero al cruzar la puerta, un culturista con cara de niño-. El tiempo.

Mac asintió y dijo:

– Llevadlo al laboratorio lo antes posible, pero tened cuidado ahí fuera.

– De acuerdo -dijo el culturista pasando junto a su compañero frente a Mac.

– El señor Lutnikov -le recordó Mac al portero.

– Era una persona bastante reservada -dijo McGee-. Bastante amable. Me daba un billete de cincuenta dólares, recién sacado del banco, siempre recién sacado, en navidad, todas las navidades.

– ¿Tenía mucho dinero?

– No lo sé -respondió McGee con una sonrisa-. Suele ser la costumbre en Navidad. Todos los inquilinos del edificio me dan dinero en efectivo en vacaciones. ¿Quiere saber cuánto saqué esta última vez? Tres mil cuatrocientos cincuenta dólares. Los ingresé en el banco.

Hubo un cierto revuelo al final del pasillo, junto a los ascensores. Mac echó un vistazo. La pierna del muerto aún salía por la puerta.

– Usted encontró el cuerpo -señaló Mac.

– Claro -respondió McGee señalando hacia el fondo del pasillo-. Oí que el ascensor se detenía, esperé a que saliese alguien. Pero no salió nadie. La campanilla no dejaba de sonar, así que fui a ver qué sucedía. ¿Sabe lo que vi?

– Una pierna que salía del ascensor y las puertas de éste que intentaban cerrarse una y otra vez golpeándola.

– Eso es. Eso es. La puerta es automática. Si pones algo en medio, no puede cerrarse y la campanilla suena una y otra vez.

Lo cual explicaba el moretón en el tobillo del hombre. También daba a entender que la pierna del muerto había sido colocada contra la puerta del ascensor y que cayó cuando ésta se abrió.

– ¿El ascensor baja automáticamente hasta la planta inferior?

– No, señor. Hay que apretar el botón P o permanece donde se haya detenido.

– ¿Los otros dos ascensores son igual de pequeños?

– No, señor -repitió el portero-. Son bastante grandes. El ascensor tres es el más pequeño porque sólo sube desde la planta quince hasta el ático y luego baja hasta aquí.

Un remolino de viento al otro lado de la traqueteante puerta de cristal de la entrada hizo que el portero volviese la cabeza.

– Parece que ahí fuera el tiempo se está poniendo realmente feo. Aquí también hace frío. Estamos muy por debajo de cero grados, seguro.

– El señor Lutnikov vivía en el tercero -dijo Mac-. ¿Se le ocurre qué podía hacer en un ascensor que no paraba en su planta?

McGee negó con la cabeza.

– Desde la planta quince hacia arriba, sólo hay apartamentos únicos. Ocupan toda la planta. Tienen cuatro o cinco dormitorios, terrazas. La señorita Louise Cormier, la del ático, tiene su propia sala de proyección, con asientos auténticos y una pantalla muy grande. Los que viven ahí arriba tienen dinero de verdad.

– Y para que Lutnikov pudiese montar en el ascensor tres… -interrumpió Mac.

– Tuvo que bajar al vestíbulo, montar en el ascensor tres y volver a subir -dijo el portero.

– ¿El señor Lutnikov conocía a alguien por encima de la planta quince? -preguntó Mac.

McGee encogió sus huesudos hombros.

– No puedo saberlo -dijo-. Los vecinos son amables unos con otros, pero no son amigos. La gente en el vestíbulo se saluda, sonríe, pero…

Los enfermeros recorrieron el pasillo empujando la camilla cargada con la bolsa negra; en su interior iba el hombre muerto. Mac vio a Aiden Burn colocando cinta adhesiva de escenario de crimen de un lado a otro de la puerta del ascensor.

– Yo les aguanto la puerta -dijo McGee acelerando el paso delante de los enfermeros, y abrió la puerta, permitiendo que entrase una oleada de viento, una ráfaga de nieve invasora y un cortante aire helado que acarició los omoplatos de Mac.

Aiden se reunió con Mac. Se quitó los guantes y los metió en el bolsillo. El persistente frío proveniente del exterior la golpeó. Se subió la cremallera de su chaqueta azul, idéntica a la de Mac y con las palabras Unidad de Investigación Forense escritas en letras blancas en la espalda.

– No creo que tuviera intención de salir a correr, a pesar de llevar las zapatillas de deporte -dijo Mac al tiempo que observaba cómo cargaban el cuerpo en la ambulancia.

– ¿Adónde iba? -preguntó Aiden.

– ¿O de dónde venía? -replicó Mac.

– De algún lugar entre la planta quince y la veintidós, que es el ático. Los botones indican que el ascensor no para entre la planta primera y la catorce, pero sí baja al vestíbulo y al sótano. Hay un botón con la letra S. No hay garaje.

– Tú encárgate del sótano. Yo empezaré por la planta quince.

– Quienquiera que le disparase lo hizo desde fuera del ascensor -indicó Aiden-. No hay marcas de pólvora en la camisa. El ascensor es demasiado pequeño para pegar un tiro y no dejar rastros de pólvora.

Mac asintió.

– Y él o ella es un buen tirador. La herida de entrada está en línea con el corazón.

– ¿Puedo volver a poner en funcionamiento el ascensor tres? -preguntó el portero.

– No -dijo Mac-. Es el escenario de un crimen. ¿Hay escalera?

McGee asintió y dijo:

– Es lo que marca la ley.

– Los inquilinos tendrán que usar la escalera hasta la planta quince y tomar los otros ascensores. O bien bajar andando -dijo Mac.

– No les va a gustar -se quejó McGee sacudiendo la cabeza-. En absoluto. ¿Puedo llamarles y decírselo?

– En cuanto me proporcione los nombres de todos los inquilinos que viven desde la planta quince hacia arriba.

– Se los apuntaré -dijo McGee tomando un portaminas de plástico del escritorio marrón oscuro y apretando el botón con el pulgar.

2

Ed Taxx ajustó el termostato de la habitación 614 del hotel Brevard. El termómetro indicaba 18 ºC, pero el Brevard era un hotel viejo, y no había modo de fiarse del sistema de calefacción, y en el exterior hacía un tiempo de mil demonios.

Taxx llevaba veinticinco años en la división de seguridad del fiscal del distrito; era todo un veterano. Un año más y su hija se iría a estudiar a la universidad de Boston. Entonces, Ed y su esposa se irían a Florida y dejarían atrás para siempre los inviernos de Nueva York.

Ed se había criado en Long Island, había esperado las tormentas de nieve, había hecho guerras de bolas, se había tirado en trineo por Maryknoll Hill, se había hecho el machito como los demás muchachos jugando a hoquey sobre hielo con los dedos y las orejas helados en el parque Stanton. Cuando cumplió cuarenta años, dejó de esperar la llegada del invierno, el coche amenazaba con no ponerse en marcha, la nieve le obligaba a estar durante horas dentro del coche con la calefacción encendida, y siempre tenía que estar concentrado para no resbalar. Y lo peor de todo era lo largos, grises y depresivos que se hacían los días. No iba a echar de menos la ciudad cuando se jubilase.

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