Joseph Wambaugh - Los nuevos centuriones

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En Los nuevos centuriones Joseph Wambaugh nos presenta los cinco años de complejo aprendizaje de tres policías de Los Ángeles durante la década de los sesenta. En este tiempo, investigan robos y persiguen a prostitutas, sofocan guerras entre bandas y apaciguan riñas familiares. Pero también descubren que, a pesar de coincidir en una base autoritaria, sus puntos de vista divergen en la necesidad de cada uno de rozar el mal y el desorden. Con un ritmo vertiginoso, en esta historia de casos urgentes y frustraciones cada semana implica nuevos peligros y nuevas rutinas, largas horas de trabajo de oficina o la violenta y repentina erupción de disturbios raciales. Tanto en el vehículo de patrulla nocturna, como en el escuadrón de suplentes, cada hombre tiene que aprender -y pronto- la esencia de las calles y la esencia de las gentes. Para escribir Los nuevos centuriones, su primera novela, Wambaugh partió de sus propias experiencias como policía de Los Ángeles. Algunos de sus antiguos compañeros se sintieron incómodos con la imagen inquietante de agentes de moral ambigua que reflejaba, pero eso no impidió que el debut literario de Wambaugh causara sensación entre la crítica y se convirtiera en un éxito de ventas. "Me lo zampé de un tirón. Es un tratado implacable del trabajo policial visto como un periplo inquietante y de moral ambigua." – JAMES ELLROY

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Serge se recostó apoyándose sobre los codos y experimentando una sensación de felicidad al imaginar que Randolph iba a utilizar el resto de la clase de instrucción en demostraciones. Los músculos estomacales de Serge se relajaron y una alegre oleada de sosiego recorrió todo su ser. Se adormeció ligeramente soñando que recorría la pista. De repente, vio que Randolph le estaba mirando fijamente.

– ¡Tú, Durán, y tú, Andrews, venid aquí!

Serge luchó por unos momentos contra un transitorio acceso de cólera pero después se acercó con aire abatido al centro del círculo, recordando que la última vez que no había conseguido dominar una presa complicada fue castigado a dar tres vueltas completas a la pista. Quería ser policía pero no iba a recorrer otra vez aquella pista. Por lo menos este día no, ni ahora.

– He escogido a Durán y Andrews porque son corpulentos -dijo Randolph -. Ahora quiero que vosotros dos le coloquéis a Plebesly las manos a la espalda y le esposéis. Fingid que le esposáis pero colocadle en posición de esposar. Él es el sospechoso y vosotros sois los policías. ¡Adelante!

Serge miró a Andrews tratando de concertar con éste un plan para pillar a Plebesly que retrocedía describiendo un movimiento circular con las manos junto a los costados, alejándose de los dos corpulentos hombres. Justo como en el Cuerpo, pensó Serge. Siempre los juegos. Primero en el campamento y después en Camp Pendleton. La guerra de Corea ya hacía un año que había terminado cuando él se incorporó y sin embargo hablaban como si estuvieran a punto de subir a bordo de un barco de un momento a otro en aguas del Pacífico.

Andrews arremetió contra Plebesly que casi consiguió escapar pero fue agarrado por la camiseta. Serge saltó sobre la espalda de Plebesly y el hombrecillo se dobló bajo los casi cien quilos de Serge. Pero después empezó a retorcerse y a girar y de repente Serge se encontró debajo de Plesly y Andrews se echó sobre la espalda de Plebesly presionando con el peso combinado de sí mismo y de Plebesly sobre las doloridas costillas de Serge.

– Apártale, Andrews -resolló Serge-. ¡Retuércele la muñeca!

Serge consiguió incorporarse pero Plebesly le rodeaba firmemente el cuerpo con sus brazos y piernas por la espalda, como una ventosa, con el suficiente peso como para hacer caer a Serge hacia atrás, sobre Plebesly, que empezó a jadear pero no le soltó. Andrews consiguió soltar los dedos del hombrecillo pero las fuertes piernas de éste siguieron haciendo presa y Serge se sentó vencido, con el implacable mono colgado de su torso.

– Aplícale una presa de asfixia, maldita sea -murmuró Serge.

– Ya lo procuro, pero estoy demasiado cansado -susurró Andrews mientras Plebesly hundía el rostro en la sudorosa espalda de Serge.

– Muy bien, es suficiente -ordenó Randolph.

Plebesly soltó instantáneamente a Serge, se puso en pie de un salto y corrió hacia su puesto del círculo formado sobre la hierba.

Serge se levantó y durante unos segundos le pareció como si la tierra se ladeara. Después se dejó caer al suelo al lado de Andrews.

– La razón de todo ello era demostrar un hecho -gritó Randolph al extendido y quebrado circulo de cadetes -. Le he dicho a Plebesly que resistiera. Nada más. Que resistiera y no les permitiera que le sujetaran los brazos. Habéis observado que él no ha luchado. Se ha limitado a resistir. Y Andrews y Durán le doblan los dos la talla. Jamás hubieran conseguido maniatar a este hombre. Y es posible que se les hubiera escapado. Han estado gastando doble energía para vencer su resistencia y no han podido. Pues bien, cada uno de vosotros se encontrará con este tipo de problema montones de veces. Puede ser que el hombre esté decidido a no dejarse esposar. O es posible que luche. Habéis visto las dificultades que el pequeño Plebesly les ha causado a dos hombres corpulentos y ni siquiera ha luchado. Lo que yo quiero deciros es que, por las calles, este tipo de peleas son pruebas de resistencia. Suele ganar el que sabe resistir. Por eso os exijo tanto. Cuando salgáis de aquí, habréis adquirido resistencia. Si os puedo enseñar una presa de brazo y la de asfixia, es posible que ello sea suficiente. Ya habéis visto lo que puede hacer la asfixia. La dificultad estriba en podérsela aplicar al individuo mientras se debate y se defiende. No puedo enseñaros autodefensa en trece semanas.

"Todas estas estupideces de Hollywood no son más que eso: estupideces. Si intentáis lanzar un golpe a la barbilla de alguien, lo más probable es que le golpeéis la parte superior de la cabeza y os rompáis la mano. No utilicéis nunca puños, vosotros usad la porra y procurad romperle una muñeca o una rodilla tal como os hemos enseñado. Si utiliza un cuchillo, utilizad vosotros la pistola y ponedle fuera de combate. Pero si no disponéis de porra y la situación no permite la fuerza mortal, entonces será mejor que podáis resistir al hijo de perra. Por eso se ven en los periódicos estas fotografías de seis policías sujetando a un individuo. Cualquier individuo o incluso una mujer puede vencer a varios policías limitándose a oponer resistencia. Es terriblemente difícil agarrar a un hombre que no desea que le agarren. Pero explicádselo a un jurado o a la gente que lee en los periódicos que un detenido ha sido golpeado por dos o tres policías dos veces más corpulentos que él. Querrán saber por qué recurristeis a golpearle la cabeza. Por qué no utilizasteis una bonita llave de judo y le inmovilizasteis. En las películas es cosa de nada."

"Y ya que estamos hablando de eso, hay algo más que el cine ha hecho por nosotros; ha creado esa leyenda de que inmovilizamos al hombre disparándole en la cadera y todas estas tonterías. Bueno, yo no soy vuestro instructor de tiro pero todo se relaciona con la autodefensa. Habéis estado aquí o suficiente para saber lo difícil que resulta dar en un blanco fijo, cuánto más en uno que se mueve. Los de vosotros que cumplan los veinte años de servicio echarán de menos al maldito hombre de papel cada vez que acudáis aquí para vuestra clasificación mensual de tiro. Y sólo es un hombre de papel. Él no dispara a su vez. La luz es buena y la adrenalina no os ha convertido el brazo en una varilla de regaliz, tal como sucede en la lucha. Y sin embargo cuando consigáis disparar contra alguien y tengáis la suerte de acertar, escucharéis decir a un miembro del jurado forense: ¿Por qué no disparó para herirle? ¿Era necesario matarle? ¿Por qué no le hizo saltar la pistola de la mano de un disparo? -. La cara de Randolph había adquirido una coloración rojo intenso y dos anchas corrientes de sudor rodaban a ambos lados de su cuello. Cuando vestía de uniforme, lucía tres barras de servicio en la manga, lo cual indicaba que llevaba por lo menos quince años en el Departamento. A Serge le resultaba difícil creer que tuviera más de treinta años. No tenía ni un solo cabello gris y su físico era perfecto -. Lo que yo quiero que aprendáis de mi clase es lo siguiente: resulta muy difícil someter a un hombre con una pistola, una porra o una presa y no digamos ya con las manos. Manteneos en forma y podréis resistir más que él. Agarrad al bastardo como podáis. Si no podéis, golpeadle con un ladrillo o con lo que sea. Sujetad al hombre y estaréis enteros el día que llegue el veinte aniversario y firméis los papeles del retiro. Por eso os exijo tanto."

2 Tensión

– No sé por qué estoy tan nervioso- dijo Gus Plebesly -. Ya nos han hablado de la entrevista de tensión. Es para intimidarnos.

– Tranquilízate, Gus -dijo Wilson, que se encontraba apoyado contra la pared y fumaba procurando no echarse ceniza sobre su uniforme kaki de cadete.

Gus admiró el brillo de los zapatos negros de Wilson. Wilson había sido marino. Sabía cómo limpiar zapatos con saliva y sabía instruir a las tropas y sabía marcar el ritmo. Era el jefe del escuadrón de Gus y poseía muchas de las cualidades que Gus creía que sólo podían adquirirse en el servicio militar. Gus pensó que ojalá fuera un veterano y hubiera visitado lugares; entonces tendría tal vez más confianza. Tendría que tenerla. Era el número uno de su elase en adiestramiento físico pero, en este momento, no estaba seguro de poder hablar durante la entrevista de tensión. En la escuela superior había esperado muchas veces atemorizado el momento de pronunciar un informe oral. En cierta ocasión había consumido en la universidad medio cuartillo de ginebra diluida en gaseosa antes de pronunciar una alocución de tres minutos en una clase de oratoria en público. Y consiguió hacerlo bien. Esperaba poderlo hacer también ahora. Pero estos hombres eran oficiales de policía. Profesionales. Descubrirían el alcohol en sus ojos, en su manera de hablar y de andar. No podía engañarles con un truco tan ingenuo.

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