– Muy bien, sentaos -gritó Randolph, que no necesitó repetir la orden.
La clase de cuarenta y ocho cadetes, menos Roy Fehler, se dejó caer sobre la hierba alegremente sabedora de que les quedaba un descanso por delante, a menos que uno no fuera elegido como víctima para las demostraciones de Randolph.
Serge estaba en tensión. Randolph solía escoger a hombres corpulentos para efectuar las demostraciones de presas. El instructor era un hombre de talla media pero musculoso y duro como un cañón de fusil. Al parecer, formaba parte del juego sacudir al cadete más de lo necesario o hacerle gritar como consecuencia de una presa de mano, brazo o pierna. La clase se reía nerviosamente ante la tortura pero Serge decidió que la próxima vez que Randolph le utilizara para una demostración de unos a doses, no iba a soportar un trato más duro de lo necesario. Sin embargo, aún no se le había ocurrido qué iba a hacer. Deseaba aquel trabajo. Ser policía resultaría una manera interesante de ganar cuatrocientos ochenta y nueve dólares mensuales. Se tranquilizó al ver que Randolph había escogido a Augustus Plebesly como víctima.
– Muy bien, ya habéis aprendido la estrangulación -dijo Randolph-. Es una buena presa cuando se aplica correctamente. Si se aplica mal, no sirve para nada. Ahora voy a mostraros una variante de esta estrangulación.
Randolph se situó detrás de Plebesly, rodeó el cuello de éste con su macizo antebrazo y comprimió el delgado cuello entre el hueco de su brazo.
– Ahora estoy aplicando presión a la arteria carótida -anunció Randolph -. El antebrazo y el bíceps están obstaculizando el aporte de oxígeno al cerebro. Se moriría rápidamente si aplicara presión.
Al decirlo, aplicó presión y los grandes ojos azules de Plebesly parpadearon dos veces y se desorbitaron de terror. Randolph soltó la presa, sonrió y le propinó a Plebesly una palmada en la espalda para indicarle que había terminado.
– Muy bien, uno en dos -gritó Randolph-. Sólo nos quedan unos minutos. ¡Vamos! Quiero que practiquéis esto.
Al rodear cada hombre número uno el cuello del número dos que esperaba, Randolph gritó:
– Levantad el codo. Tenéis que conseguir levantarle la barbilla. Si mantiene la barbilla baja, os vencerá. Levantadle la barbilla y aplicad la presa. Con cuidado no obstante. Y sólo un segundo.
Serge sabía que Andrews procuraría no lastimarle tras el estallido del otro día. Vio que Andrews lo estaba procurando así, con su grueso brazo rodeándole el cuello y apenas flexionado y, sin embargo, el dolor fue increíble. Instintivamente, Serge agarró el brazo de Andrews.
– Perdona, Durán -dijo Andrews con mirada preocupada.
– No te preocupes -dijo Serge entrecortadamente-. ¡Es una presa tremenda!
Al llegar los doses en unos, Serge levantó la barbilla de Andrews. No había lastimado a Andrews en ninguna de las anteriores sesiones de adiestramiento. No pensaba que fuera posible lastimar a Andrews. Comprimió la garganta entre el hueco de su brazo, atrayendo la muñeca hacia sí y persistiendo varios segundos. Las manos de Andrews no se levantaron tal como habían hecho las suyas. Debía estar aplicándola mal, pensó.
Serge levantó el codo y aumentó la presión.
– ¿Lo estoy haciendo bien? -preguntó Serge tratando de ver el rostro levantado de Andrews.
– ¡Suéltale, Durán! -gritó Randolph.
Serge retrocedió asombrado y soltó a Andrews que cayó pesadamente al suelo con el rostro enrojecido, los ojos medio abiertos y vidriosos.
– No quería hacerlo -barboteó Serge.
– ¡Os dije que con cuidado, muchachos! -dijo Randolph mientras Andrews se levantaba-. Con esta presa pueden provocarse daños en el cerebro. Si se impide el aporte de oxígeno al cerebro durante un período de tiempo demasiado prolongado, puede lastimarse a alguien, incluso matársele.
– Lo siento, Andrews -dijo Serge, tranquilizándose al ver que el hombre corpulento le dirigía una débil sonrisa -. ¿Por qué no me golpeaste el brazo o me diste un puntapié o algo así? No sabía que te estaba lastimando.
– Quería que hicieras bien la presa -dijo Andrews -y al cabo de unos segundos me he desmayado.
– Hay que tener muchísimo cuidado con esta presa -gritó Randoplli-. No quiero que ninguno de vosotros se lastime ya antes de graduarse en la academia. Pero puede que aprendáis algo de esto. Cuando salgáis de aquí, iréis a lugares donde los individuos no temen ni la placa ni la pistola. Es fácil que os hundan la placa en la carne y os aseguro que esta placa ovalada os haría daño cuando os la extranjeran. Esta presa en particular es posible que os salve. Si aprendéis a aplicarla correctamente, podréis poner fuera de combate a cualquiera y algún día es posible que podáis salvar así el pellejo. Muy bien, ¡uno en dos otra vez!
– Ahora podrás resarcirte -le dijo Serge a Andrews, que se estaba aplicando masaje a la parte lateral del cuello y tragaba con dificultad.
– Tendré cuidado -dijo Andrews rodeando con su enorme brazo el cuello de Serge -. Fingiremos que te estoy asfixiando -dijo Andrews.
– De acuerdo -dijo Serge.
El oficial Randolph fue pasando de una a otra pareja de cadetes, modificando la presa de asfixia, levantando codos, girando muñecas, enderezando torsos, hasta que se hartó.
– Muy bien, sentaos, muchachos. Hoy no hacemos más que perder el tiempo.
La clase cayó sobre la hierba como un enorme insecto gris de muchas patas y todos los cadetes esperaron un arranque de cólera de Randolph, que paseaba en círculo, formidable con su polo amarillo, shorts azules y zapatillas negras de gimnasia muy cerradas.
Serge era más corpulento que Randolph, y Andrews mucho más. Y sin embargo, todos parecían de baja estatura a su lado. Debía ser por los trajes de gimnasia, pensó, por aquellos pantalones holgados que tan mal les sentaban y por aquellas camisetas grises tan feas y siempre empapadas de sudor. Y también por los cortes de pelo. Los cadetes llevaban el pelo corto al estilo militar, lo cual hacía que los jóvenes parecieran todos de baja estatura y de menos edad.
– Es difícil incluirlo todo en la sesión de autodefensa -dijo Randolph rompiendo finalmente el silencio y sin dejar de pasear manteniendo los brazos cruzados mientras contemplaba la hierba-. Hace mucho calor y os exijo mucho.
A veces os exijo demasiado. Tengo mi propia teoría acerca del adiestramiento físico de los policías y ya es hora de que os la explique.
"Muy amable por su parte, bastardo", pensó Serge frotándose el costado que todavía le dolía como consecuencia de las veinte vueltas a la pista. Estaba justo empezando a poder respirar profundamente sin toser y sin que le dolieran los pulmones.
– La mayoría de vosotros no sabe qué es luchar contra otro individuo -dijo Randolph -. Estoy seguro de que todos tuvisteis ocasión de pelear en la escuela superior y que habéis mantenido alguna que otra riña en otros lugares. Un par de vosotros sois veteranos de Corea y creéis que lo habéis visto todo, y aquí Wilson ha pertenecido a los Guantes de Oro. Pero ninguno de vosotros sabe realmente qué es luchar con otro hombre, sin exclusión de ninguna presa, y ganar. Tendréis que estar dispuestos a hacerlo constantemente. Y tendréis que ganar. Os voy a enseñar una cosa. ¡Plebesly, ven aquí!
Serge sonrió al ponerse Plebesly de pie y acercarse corriendo al centro del círculo. Sus redondos ojos azules no denotaban cansancio y contemplaban pacientemente al instructor, dispuestos a sufrir una dolorosa presa de brazo con retorcimiento de codo o cualquier otro castigo que el oficial Randolph tuviera a bien infligirle.
– Acércate, Plebesly -dijo Randolph agarrando al hombrecillo por el hombro y murmurándole algo al oído durante algunos segundos.
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