Lawrence Block - Un baile en el matadero

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Un baile en el matadero: краткое содержание, описание и аннотация

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Matt Scudder ha pasado muchos de sus días sumergido en el alcohol, dejándose el alma en cada rincón de la Gran Manzana. Hace tiempo perteneció al Departamento de Policía de Nueva York, pero todo aquello ya quedó atrás. Ahora es un detective sin licencia, perseverante y de mente afilada, y no deja que sus obsesiones enturbien la investigación.
Lo acaban de contratar para que demuestre una sospecha: que Richard Thurman, personaje influyente de la vida pública, planeó el brutal asesinato de su esposa, estando ella embarazada. En medio de la investigación aparecerán pistas desconcertantes, aparentemente desligadas del caso, pero todos los misterios acabarán confluyendo para enseñar al detective que una vida joven e inocente puede ser comprada, corrompida y aniquilada.
`Un baile en el matadero` recibió el premio Edgar 1992.

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El padre colocó la mano sobre la frente del chico y le atusó el pelo echándoselo hacia atrás. Hubo algo en aquel gesto que me golpeó como un derechazo en medio del corazón.

Mick dijo algo, pero yo no lo estaba escuchando y tuve que pedirle que me lo repitiese.

– Entonces no hay apuesta -dijo él.

– No, mejor que no.

La campana sonó. Los púgiles se levantaron de sus banquetas.

– Creo que tienes razón -admitió Mick-. Creo que ese cabrón de Pedro se ha agotado de tanto pegar.

Y eso fue exactamente lo que ocurrió. El séptimo asalto no estuvo tan claro como esperábamos, porque Domínguez aún conservaba fuerzas suficientes como para lanzar unos cuantos golpes que volvieron loco al público, pero desde luego poner a la afición en pie era mucho más sencillo que tumbar a Rasheed, quien no tenía aspecto de estar cansado, y a quien, para colmo, se le veía muy seguro. De hecho, casi al final del asalto lanzó un derechazo corto y fuerte al plexo solar de su contrincante, y Mick y yo nos miramos y asentimos. Nadie se había movido, no había habido vítores, pero aquello era el final, y nosotros lo sabíamos, igual que Eldon Rasheed. Y supongo que también Domínguez.

Al final del asalto, Mick dijo:

– Tengo que reconocerlo. Te diste cuenta de algo en el asalto anterior que a mí se me pasó por alto. Todos esos golpes al cuerpo… Estaba claro, ¿verdad? Parece que no le hacen daño, pero de repente, después de un golpe, da la impresión de que el tío no tuviese piernas en las que sujetarse. Y hablando de piernas…

La chica de los carteles nos informaba de que el octavo asalto iba a comenzar.

– Ella también me suena -le comenté.

– La habrás conocido en una reunión -me sugirió.

– No sé por qué, pero no creo.

– No, te acordarías de ella, ¿verdad? Entonces, debió de ser en un sueño. Seguro que estuviste con ella en sueños.

– Eso sí es más posible.

Dejé de mirar a la chica para concentrarme una vez más en el hombre de la corbata moteada, pero al cabo de unos instantes volví de nuevo la vista hacia la mujer.

– Dicen que este es uno de los signos que indican que te vas haciendo mayor -le aseguré-, que todo el mundo con el que te encuentras te recuerda a alguien.

– ¿Ah, sí? ¿Eso dicen?

– Bueno, es una de esas cosas que se dicen por ahí -le contesté, mientras sonaba la campana del octavo asalto.

Dos minutos después Eldon Rasheed hizo que Peter Domínguez se tambaleara con un monumental gancho de izquierda dirigido al hígado. Las manos del latino bajaron y Rasheed le propinó un derechazo cruzado en la mandíbula.

Se puso en pie justo cuando la cuenta llegaba a ocho, pero probablemente no fuese más que su orgullo de macho lo que le hizo incorporarse. Rasheed le cayó encima como si estuviese en todas partes a la vez, y tres golpes al pecho volvieron a lanzar a Domínguez contra la lona. En aquella ocasión, el árbitro ni se molestó en contar. Se colocó en medio de los púgiles y levantó el brazo de Rasheed en señal de victoria.

La mayoría de la gente que lo había estado animando volvía a estar de pie, jaleando al ganador.

Al cabo de un rato nos encontrábamos junto a Chance y Kid Bascomb, al lado del rincón azul, cuando el locutor mandó callar al público y anunció lo que ya todos sabíamos, que el árbitro había detenido la pelea a los dos minutos y treinta y ocho segundos del octavo asalto y que el ganador por k.o. técnico era Eldon Rasheed, el Bulldog. Recordó que después se celebrarían otros dos combates a cuatro asaltos y que nadie querría perderse toda la acción que aún les estaba reservada allí en el New Maspeth Arena.

Los boxeadores que tenían que medirse en las próximas peleas tenían frente a sí una ingrata tarea, ya que iban a encontrarse con una sala prácticamente vacía. Aquellos encuentros se programaban solo como seguro para la FBCS. Si los combates previos hubiesen terminado demasiado pronto, uno de estos dos se hubiese incluido antes del evento principal; y si Rasheed hubiese noqueado a Domínguez en el segundo asalto o él mismo hubiese acabado k.o., aún habría uno o dos combates para rellenar el espacio televisivo.

Pero ya eran casi las once, así que ninguno de aquellos combates llegaría a verse en pantalla. Ya casi todo el mundo se iba a casa, igual que los aficionados que asistían al béisbol se marchaban del estadio de los Dodgers en la séptima entrada de un partido empatado.

Richard Thurman estaba sobre el ring, ayudando al cámara a recoger el equipo. No vi por ninguna parte a la chica de los carteles. Tampoco vi al padre y al hijo que habían estado junto al cuadrilátero, aunque los busqué con la mirada, pensando que tal vez fuera buena idea señalárselos a Chance para ver si él reconocía al tipo.

A la mierda. Nadie me pagaba para descubrir por qué me resultaba familiar aquel padre entregadísimo. Mi trabajo era encontrar el hilo que me condujese hasta Richard Thurman, y descubrir si era o no el asesino de su esposa.

2

El noviembre pasado, Richard y Amanda Thurman habían asistido a una pequeña cena en Central Park West. Habían abandonado la fiesta poco después de la medianoche. La noche era agradable y, de hecho, durante toda aquella semana había hecho un calor desacostumbrado para la época del año en la que estaban, así que decidieron aprovechar para ir paseando a casa.

Su apartamento ocupaba la totalidad del piso superior de un edificio de cinco alturas construido en piedra caliza en la calle Cincuenta y Dos Oeste, entre la Octava y la Novena avenidas. La planta baja estaba ocupaba por un restaurante italiano, mientras que en el segundo piso estaban instalados una agencia de viajes y un representante teatral. El tercero y el cuarto eran residenciales. En el tercero había dos apartamentos. En uno vivía una actriz de teatro retirada, y en el otro un joven corredor de bolsa y un modelo masculino de pasarela. El cuarto piso solo tenía una vivienda; los inquilinos, un abogado retirado y su mujer, habían volado a Florida el día 1 de aquel mismo mes y no regresarían hasta la primera semana de mayo.

Cuando los Thurman volvieron a casa, entre las doce y las doce y media aproximadamente, llegaron al cuarto piso en el preciso instante en que un par de ladrones salía del apartamento vacío del letrado. Se trataba de dos hombres blancos, corpulentos y musculosos, de veintimuchos o treinta y pocos años, que llevaban armas y condujeron a los Thurman al interior de la vivienda que acababan de desvalijar. Una vez allí, a Richard le quitaron el reloj y la cartera y a Amanda las joyas; y además los insultaron, diciéndoles que eran un par de yuppies inútiles y que merecían morir.

Al hombre le dieron una buena paliza, lo ataron y lo amordazaron con cinta adhesiva. Después, y en su presencia, agredieron sexualmente a su mujer. Finalmente, uno de ellos golpeó a Richard en la cabeza con lo que parecía ser una palanca, y lo dejó inconsciente. Cuando el hombre volvió en sí, los ladrones se habían ido, y su esposa estaba tirada en el suelo de la habitación, desnuda y aparentemente inconsciente.

Se lanzó rodando de la cama al suelo y trató de captar la atención de los vecinos dando patadas en el suelo, pero la alfombra era muy gruesa y no logró hacer ruido suficiente para que lo oyese el inquilino de la planta inferior. Tiró la lámpara, pero tampoco consiguió nada con aquello. Logró llegar al lado de Amanda con la esperanza de reanimarla, pero ella no respondía y parecía haber dejado de respirar. Le dio la impresión de que estaba fría y temió que estuviese muerta.

No pudo soltarse las manos y tenía la boca tapada. Le costó bastante deshacerse de la cinta adhesiva. Probó a ver si lo oían gritar, pero nadie respondió. Las ventanas, claro está, permanecían cerradas, y el edificio era antiguo y tenía paredes y suelos muy gruesos. Por fin consiguió volcar una mesilla y tirar al suelo un teléfono, que afortunadamente quedó a su alcance. Sobre la mesa también había un utensilio metálico con el que el abogado prensaba el tabaco de su pipa. Thurman agarró el instrumento con los dientes y lo utilizó para marcar el 911. Le dio su nombre y su dirección a la operadora y le dijo que tenía miedo de que su mujer estuviese muerta o a punto de morir. Después se desmayó, y así fue como se lo encontró la policía.

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