Donna Leon - El peor remedio

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Un inesperado acto de vandalismo acaba de cometerse en el frío amanecer veneciano. Una mujer impecablemente vestida ha destrozado el escaparate de una agencia de viajes como protesta ante la explotación del turismo sexual en países asiáticos…
Cuando acude, el comisario Brunetti comprueba que el violento manifestante detenido en la escena del crimen no es otro que su esposa, Paola Brunetti. La crisis familiar que desencadena semejante situación somete a Brunetti a una presión extrema también en su trabajo: los jefes exigen resultados inmediatos en el esclarecimiento de un audaz robo y una muerte en extrañas circunstancias que apuntan directamente a la Mafia.
El encontronazo de su vida profesional y su vida privada, ambas en la picota, y esa inexplicable conspiración por la que Paola lo ha arriesgado todo, adoptando el peor remedio posible, le conducen a una dramática encrucijada, al encontrarse ante la historia de una mujer que pasa a la acción y del entramado mundo de la explotación humana y sexual…

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Encima del tocador había una caja de madera tallada que el técnico había dejado cerrada. Cuando Brunetti la abrió se levantó una nubecilla de polvo gris. En su interior encontró un montón de papeles que sacó y puso encima del mueble.

Fue leyéndolos despacio y dejándolos a un lado, uno a uno. Había facturas de electricidad y de gas, a nombre de Michele de Luca, pero ninguna de teléfono, y el móvil que estaba al lado de la caja explicaba esta falta.

En el fondo encontró un sobre dirigido a R. P. con la parte superior, por donde se había rasgado cuidadosamente, un poco grisácea, de tan sobada. Dentro, fechado cinco años atrás, había un papel azul celeste, con unas líneas escritas con esmerada caligrafía. «Mañana, a las ocho, en el restaurante. Hasta entonces, los latidos de mi corazón me dirán lo despacio que pasan los minutos.» Estaba firmado con la inicial M. ¿Maria?, se preguntó Brunetti. ¿Mariella? ¿Monica?

Dobló la carta, volvió a guardarla en el sobre y la puso encima de las facturas. En la caja no había nada más.

Miró a Della Corte.

– ¿Has encontrado algo?

El otro se volvió y levantó la mano con un juego de llaves.

– Sólo esto -dijo-. Dos son de coche.

– ¿O de camión? -sugirió Brunetti.

Della Corte asintió.

– Vamos a ver qué hay aparcado ahí fuera -propuso.

La sala estaba vacía, pero Brunetti vio a dos hombres en el ángulo que ocupaba la cocina, donde tanto el frigorífico como los armarios estaban abiertos. Del cuarto de baño salía luz y ruido, pero Brunetti dudaba que allí encontraran algo.

Él y Della Corte bajaron al aparcamiento. Al mirar atrás, observaron que en el edificio había muchas luces encendidas. Se abrió una ventana del apartamento de encima del de Palmieri y una voz gritó:

– ¿Qué ocurre?

– Policía -respondió Della Corte-. No pasa nada.

Brunetti se preguntó si el hombre de la ventana preguntaría algo más, si pediría una explicación por los disparos, pero una vez más se evidenció el temor de los italianos a la autoridad, y el vecino se retiró y cerró la ventana.

Había siete vehículos aparcados detrás del edificio: cinco turismos y dos camiones. Della Corte empezó por el primero de éstos, un camión cerrado, color gris, con el nombre de una fábrica de juguetes pintado en el lateral. Debajo de las letras, un osito de felpa cabalgaba en un caballo de madera. Ninguna de las llaves encajaba. Dos sitios más allá, había un Iveco color gris sin nombre. La llave tampoco abría. Y ninguna de las dos llaves era de los turismos.

Cuando ya iban a volver al apartamento, descubrieron al fondo del aparcamiento una hilera de puertas de garaje. Probaron inútilmente todas las llaves en las cerraduras de las tres primeras puertas, pero al fin una de ellas abrió la cuarta.

Dentro había un camión cerrado, blanco.

– Creo que deberíamos llamar otra vez a los del laboratorio.

Brunetti miró el reloj y vio que eran más de las dos. Della Corte comprendió. Probó la primera llave en la cerradura de la puerta del conductor. La llave giró con suavidad y él abrió la puerta. Con un bolígrafo que sacó del bolsillo del pecho de la chaqueta, accionó el interruptor de la luz. Brunetti tomó las llaves y fue a la otra puerta. La abrió, eligió una llave más pequeña y abrió la guantera. La bolsa de plástico transparente que había dentro no contenía más que la documentación del vehículo y del seguro. Brunetti, con la punta de su bolígrafo, empujó el sobre hacia la luz, dándole la vuelta para poder leer los papeles. El camión estaba registrado a nombre de «Interfar».

Con la punta del bolígrafo, metió el sobre y empujó la tapa de la guantera. Luego cerró con llave la cabina y se dirigió a las puertas traseras. La primera llave las abrió. El compartimiento de carga estaba lleno casi hasta el techo de grandes cajas de cartón que llevaban un logo en el que Brunetti reconoció el de Interfar: las letras I y F en negro a cada lado de un caduceo rojo. Había etiquetas pegadas a la parte central de las cajas y, encima, en rojo, la inscripción: «Por avión.»

Todas las cajas estaban selladas con cinta adhesiva, que Brunetti prefirió no cortar: que lo hicieran los del laboratorio. Apoyando un pie en el parachoques, introdujo el cuerpo en el camión hasta poder leer la etiqueta de la primera caja.

«TransLanka», rezaba, y una dirección de Colombo.

Brunetti se bajó al suelo y cerró las puertas con llave. Él y Della Corte volvieron al apartamento.

Los policías aguardaban, terminado el registro. Cuando entraron ellos, uno de los agentes locales movió la cabeza negativamente y Bonino dijo:

– Nada. Ni en el cuerpo, ni en la casa. Nunca había visto tanta limpieza.

– ¿Alguna idea de cuánto tiempo llevaba aquí? -preguntó Brunetti.

El más alto de los dos agentes, el que no había disparado, contestó:

– He hablado con los vecinos de al lado. Dicen que les parece que llegó hará unos cuatro meses. No molestaba ni hacía ruido.

– Hasta esta noche -apostilló su compañero, pero sus palabras cayeron en el vacío.

– Bueno, ya podemos irnos a casa -dijo Bonino.

Salieron del apartamento y empezaron a bajar la escalera. Al llegar abajo, Della Corte se paró y preguntó a Brunetti:

– ¿Qué quieres hacer? ¿Te llevamos a Venecia?

Era un ofrecimiento muy generoso; pero dejarlo en piazzale Roma y retroceder hasta Padua los retrasaría una hora.

– Muchas gracias, pero no es necesario -dijo Brunetti-. Quiero hablar con los de la fábrica, no vale la pena que vaya con vosotros, teniendo que volver mañana.

– ¿Qué harás entonces?

– Seguro que en la questura tendrán una cama -dijo él, y se acercó a Bonino para preguntárselo.

Acostado en aquella cama, pensando que no podría dormir de tan cansado como estaba, Brunetti trataba de recordar cuándo había sido la última vez que había dormido sin tener a Paola a su lado. Pero sólo le vino a la memoria la madrugada en que se había despertado sin ella, cuando todo esto había empezado con un estallido. Y se durmió.

A la mañana siguiente, Bonino le proporcionó un coche y un conductor y, a las nueve y media, ya estaba en la Interfar, un edificio bajo y extenso, situado en el centro de un polígono industrial junto a una de las muchas autovías que partían de Castelfranco. Los edificios, que no hacían ninguna concesión a la estética, se levantaban a cien metros de la carretera, y estaban rodeados por todas partes de los coches de la gente que trabajaba dentro, como pedazos de carne sitiados por las hormigas.

Brunetti dijo al conductor que buscara un bar y lo invitó a un café. Había dormido profundamente pero no lo bastante, y estaba aturdido e irritable. Le dio la impresión de que esta segunda taza lo despejaría; o la cafeína o el azúcar lo mantendrían en pie durante unas horas.

Eran poco más de las diez cuando entró en las oficinas de Interfar y preguntó por el signor Bonaventura. Dio el nombre a la recepcionista y se quedó de pie delante del mostrador, mientras ella hacía la llamada. La respuesta fue inmediata, y entonces la joven colgó el teléfono, se puso en pie y condujo a Brunetti por una puerta y un pasillo cubierto de un pavimento industrial color gris pálido.

Al llegar a la segunda puerta de mano derecha, ella se paró, llamó con los nudillos, abrió y se hizo a un lado para dejarle paso. Bonaventura estaba sentado detrás de una mesa cubierta de papeles, folletos y catálogos. Se levantó al entrar Brunetti, pero se quedó detrás de la mesa, sonriendo mientras su visitante se acercaba, y se inclinó para estrecharle la mano. Los dos hombres se sentaron.

– Está usted lejos de su casa, comisario -dijo afablemente.

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