Carlos Castaneda - La Rueda Del Tiempo

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La valiosa aportación de este libro radica en que vertebra las asombrosas y fascinantes enseñanzas que Castaneda fue hilando en ocho libros a lo largo de veintiún años. La visión global de LA RUEDA DEL TIEMPO permite al lector percibir la inalterable dirección que siguieron las enseñanzas de Don Juan durante el tiempo en que éste guió a Castaneda.
Los más versados en la obra de Castaneda encontrarán en este libro un valiosísimo guión con el que recapitular y estructurar la información aparecida durante todos estos años.
Aquellos que hasta ahora no se decidieron a aventurarse tras esa saga, tal vez por su extensión y complejidad, hallarán aquí una impecable síntesis destilada en el misterioso alambique de LA RUEDA DEL TIEMPO. En todo caso, he aquí una fascinante colección de descripciones, dichos e ideas que proceden del mundo de los chamanes del antiguo México y que serán, sin duda, una interesante fuente de lectura y reflexión.
Según Carlos Castaneda, LA RUEDA DEL TIEMPO nació como un intento de sintetizar las líneas maestras de su aprendizaje con su guía y mentor Don Juan Matus, un chamán indio yanqui de México. No obstante, tras examinar las citas de LA RUEDA DEL TIEMPO, Castaneda advirtió, con sorpresa, que el modo en que Don Juan le había guiado no tenía nada de improvisado.
A pesar de que en aquel entonces le había parecido que su instrucción tenía mucho de fortuita, lo cierto es que su formación se había ceñido completamente a un impulso encubierto, deteminado por una tradición que había sido iniciada por los chamanes que vivieron en México en tiempos remotos.
Don Juan Matus se esforzó por introducir a Carlos Castaneda al mundo de aquellos antiguos chamanes. Don Juan afirmaba que ese mundo se regía por un sistema cognitivo diferente de aquel que rige nuestro mundo cotidiano. A lo largo de su aprendizaje, Castaneda verificó por sí mismo, a pesar de los chamanes del antiguo México se regía, en verdad, por un sistema cognitivo muy diferente al nuestro.
De acuerdo con las premisas de ese sistema cognitivo, los chamanes dirían que lo que se evidencia en la disposición de este conjunto de citas es la RUEDA DEL TIEMPO, una construcción que para aquellos hombres no era ni especulativa ni teórica, sino tan pragmática como ellos mismos. Para aquellos chamanes el tiempo era, claramente, una disposición de la energía, un arreglo que el hombre podía tocar, mover y casi dirigir.
Gracias a la inmensa concentración que desarrollaron a lo largo de sus vidas, aquellos chamanes fueron realmente capaces de tocar la RUEDA DEL TIEMPO y moverla a tal punto que el propósito de su movimiento, cualquiera que éste haya sido, puede sentirse en nuestros días.
"El problema del hombre moderno es que intuye sus recursos ocultos pero no se atreve a utilizarlos. La humanidad necesita ahora, más que nunca, que le enseñen nuevas ideas que tengan que ver exclusivamente con su mundo interior; ideas de chamanes, no ideas sociales; ideas relativas al hombre afrontando lo desconocido, encarando su muerte personal".
Carlos Castaneda
"En el núcleo de los libros de Carlos Castaneda se encuentra la premisa de que el mundo, tal como lo conocemos, es sólo una versión de la realidad, un conjunto de acuerdos y descripciones asumidos culturalmente".
LOS ÁNGELES TIMES.
"Somos increíblemente afortunados de poder contar con los libros de Carlos Castaneda. En su conjunto, conforman una obra que se encuentra entre lo mejor que ha producido la ciencia antropológica".
THE NEW YORK TIMES.
"Carlos Castaneda es uno de los pensadores más profundos e influyentes del siglo XX. Sus concepciones pavimentan la dirección de la futura evolución de la conciencia humana. Debemos estarle profundamente agradecidos".
Deepak Chopra.

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Mientras escribía Una realidad aparte podía afirmar, con toda honestidad, que estaba felizmente involucrado en un trabajo de campo antropológico, al menos en lo que concernía a mis sentimientos acerca de mi trabajo. De hecho, mis sentimientos y pensamientos se encontraban tan alejados del mundo de los chamanes de la antigüedad como los del que más. Don Juan tenía una opinión diferente. Siendo un guerrero experimentado, sabía que yo no tenía ninguna posibilidad de sustraerme al magnetismo del intento que aquellos chamanes habían creado. Ya estaba inmerso en él, al margen de lo que creyera o deseara.

Ese estado de cosas desencadenó en mí una ansiedad subconsciente. No era una ansiedad que pudiera definir o localizar; ni siquiera estaba consciente de ella. Impregnaba mis actos sin darme la posibilidad de detenerme conscientemente en ella o de buscarle una explicación. Volviendo la vista atrás, sólo puedo decir que estaba mortalmente asustado, aunque no podía determinar qué era lo que me asustaba.

Intenté analizar muchas veces esa sensación de temor, pero inmediatamente me sentía fatigado, aburrido. Al momento encontraba infundadas y superfluas mis indagaciones, y terminaba abandonándolas. Le pregunté a don Juan sobre mi estado de ánimo. Quería su consejo, su opinión.

– Sólo estás asustado -dijo-. Eso es todo. No busques razones misteriosas para tu miedo. La razón misteriosa está justo delante de ti, a tu alcance. Es el intento de los chamanes del México antiguo. Estás tratando con su mundo, y ese mundo te muestra su rostro de vez en cuando. Por supuesto, no soportas esa visión. Tampoco yo podía soportarla en mi época. Ninguno de nosotros la podía soportar.

– ¡Me está hablando con enigmas, don Juan!

– Sí, de momento. Algún día te resultará claro. Por ahora es una estupidez intentar hablar de ello o darte explicaciones. Nada de lo que estoy intentando mostrarte tendría sentido. Cualquier banalidad inconcebible tendría infinitamente más sentido para ti en este momento.

Don Juan tenía razón. Todos mis temores estaban provocados por una banalidad de la que me avergonzaba entonces y todavía me avergüenzo ahora: tenía miedo a ser poseído por el demonio. Tales temores me habían sido inculcados desde una edad muy temprana. Cualquier cosa inexplicable era, naturalmente, algo diabólico, algo maligno que buscaba destruirme.

Cuanto más profundas eran las explicaciones de don Juan acerca del mundo de los antiguos chamanes, mayor era mi sensación de que necesitaba protegerme. Esa sensación no era algo que pudiera expresarse con palabras. Más que una necesidad de proteger el yo, se trataba de la necesidad de proteger la veracidad y el innegable valor del mundo en el que vivimos los seres humanos. Mi mundo era para mí el único mundo reconocible. Si ese mundo era amenazado se producía en mí una reacción inmediata, una reacción que se manifestaba en una clase de miedo que nunca sabré explicar; un miedo que hay que haber sentido para poder captar su inmensidad. No era miedo a la muerte o al dolor. Era, más bien, algo inconmensurablemente más profundo que eso. Era tan profundo que cualquier practicante de chamanismo sería incapaz tan siquiera de conceptualizarlo.

– Has llegado, tras un rodeo, a ponerte justo enfrente del guerrero -dijo don Juan.

Por aquel entonces ponía muchísimo énfasis en el concepto de guerrero. Decía que ser un guerrero era, por supuesto, mucho más que un mero concepto. Era un modo de vida, y ese modo de vida era lo único que podía detener el miedo y el único canal del que podía servirse un practicante para dejar circular libremente el flujo de su actividad. Sin el concepto de guerrero era imposible superar los obstáculos del camino del conocimiento.

Don Juan definía al guerrero como un luchador por excelencia. Era un estado de ánimo, un talante propiciado por el intento de los chamanes de la antigüedad; un ánimo en el que cualquier hombre podía introducirse.

– El intento de aquellos chamanes -dijo don Juan- era tan agudo, tan poderoso, que solidificaba la estructura de guerrero en quienquiera que lo pulsara, aun cuando no fuera consciente de ello.

Para los chamanes del México antiguo, el guerrero era, en síntesis, una unidad de combate tan afinada para la lucha en su entorno, tan extraordinariamente alerta que, en su forma más pura, no necesitaba nada superfluo para sobrevivir. Un guerrero no tenía necesidad de regalos, ni de ser apoyado con palabras o con actos, ni de recibir consuelo o incentivos. Todas esas cosas estaban incluidas en la propia estructura del guerrero. Dado que tal estructura estaba determinada por el intento de los chamanes del México antiguo, aquellos chamanes se aseguraron de incluir en ella cualquier cosa previsible. El resultado final era un luchador que luchaba solo y que extraía de sus propias silenciosas convicciones todo el impulso que precisaba para seguir adelante, sin quejas, sin necesidad de reconocimiento.

Personalmente, encontraba fascinante el concepto de guerrero, al tiempo que me parecía una de las cosas más aterradoras con las que jamás me había topado. Pensaba que, de adoptar ese concepto, llegaría a esclavizarme sin tener el tiempo o la disposición para protestar, analizar o quejarme. Quejarme había sido un hábito de toda mi vida y, la verdad, habría luchado con uñas y dientes con tal de no renunciar a él. Pensaba que quejarse era propio de un hombre sensible, valiente y directo que no titubea en defender sus actos ni en decir lo que le gusta y lo que le disgusta. Si todo eso iba a convertirse en un organismo luchador, corría el riesgo de perder más de lo que podía soportar.

Eso era lo que pensaba por dentro. Y, sin embargo, codiciaba la dirección, la paz, la eficiencia del guerrero. Una de las grandes ayudas que emplearon los chamanes del México antiguo para establecer el concepto de guerrero fue la idea de tomar nuestra muerte como compañera, como testigo de nuestros actos. Don Juan decía que en cuanto se acepta esta premisa, por muy livianamente que sea, se tiende un puente que salva el abismo entre nuestro mundo de los asuntos cotidianos y algo que tenemos enfrente y que no tiene nombre; algo que está perdido en una niebla, que parece no existir; algo tan tremendamente difuso que no puede utilizarse como punto de referencia, pero que está allí, innegablemente presente.

Don Juan afirmaba que el único ser de la Tierra capaz de cruzar ese puente era el guerrero: silencioso en su lucha, imparable porque no tiene nada que perder, práctico y eficaz porque tiene todo que ganar.

Citas de Viaje a Ixtlán

Casi nunca nos damos cuenta de que podemos suprimir cualquier cosa de nuestras vidas en cualquier momento y en un abrir y cerrar de ojos.

Uno no debería preocuparse de tomar fotos o de hacer grabaciones. Ésas son superficialidades propias de vidas ociosas. Uno debería preocuparse del espíritu, que siempre es huidizo.

Un guerrero no necesita historia personal. Un día descubre que ya no le es necesaria, y la abandona.

La historia personal debe ser renovada constantemente contando a los padres, parientes y amigos todo cuanto uno hace. Por otro lado, el guerrero que no tiene historia personal, no necesita dar explicaciones; nadie se enoja ni se desilusiona con sus actos. Y sobre todo, nadie le amarra con sus pensamientos y expectativas.

Cuando nada se da por cierto permanecemos alerta, permanentemente de puntillas. Es más emocionante no saber detrás de qué matorral saltará la liebre que comportarnos como si lo supiéramos todo.

Mientras un hombre siente que lo más importante del mundo es él mismo, no puede apreciar verdaderamente el mundo que lo rodea. Es como un caballo con anteojeras: sólo se ve a sí mismo, ajeno a todo lo demás.

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