Laura Esquivel - Malinche

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Malinche sirve a Laura Esquivel para construir una ventana en la que el lector se asoma a la forma de ver el mundo de los pueblos indígenas, ``a un pasado que debemos reintegrar en nuestras vidas, porque los mexicanos preferimos regodearnos en la idea de que somos producto de un abuso, y este concepto de que somos abusables, conquistables o de que no hay salida, nos hace caer una y otra vez en manos de gente que no nos gobierna como merecemos, que no nos procura un bienestar. La prueba es que no han sido capaces de respetar los Acuerdos de San Andrés`, afirma la narradora en entrevista con La Jornada.
En su nueva novela, añade, intenta ``comprender mucho mejor el proceso de la conquista y por qué no hemos podido superarlo. Y es que, como nación, tenemos un nudo atorado que tiene que ver con la integración de esa visión del mundo que acepta un orden cósmico. Una parte de la profunda espiritualidad de los pueblos indígenas se basa en ello, en presencias y deidades, donde el agua, el fuego y el aire hablan, nos dicen cosas.

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En cuanto asesinaron a todos los hombres que se encontraban ahí reunidos, se abrieron las puertas del patio y Malinalli huyó horrorizada. En la ciudad, los cinco mil tlaxcaltecas y los más de cuatrocientos cempoalenses aliados de Cortés saqueaban la ciudad. Malinalli los sorteó y corrió despavorida hasta que llegó al río. Era impresionante el odio con el que asesinaban a hombres, mujeres y niños. El templo de Huitzilo-pochtli, el dios que enfatizaba el dominio mexica, fue incendiado.

El frenesí de asesinatos, saqueo y sangre duró dos días, hasta que Cortés restableció el orden. Murieron en total cerca de seis mil cholultecas. Cortés ordenó a los pocos sacerdotes que quedaron vivos que limpiaran los templos de ídolos, lavaran las paredes y los pisos y, en su lugar, colocaran cruces y efigies de la Virgen María.

Según Cortes, este horror fue bueno para que los indios viesen y conociesen que todos sus ídolos eran falsos mentirosos, que no los protegían adecuadamente, pues, más que dioses, eran demonios. Para Cortés, la conquista era una lucha del bien contra el mal. Del dios verdadero contra los dioses falsos. De seres superiores contra seres inferiores. El consideraba que tenía la misión sagrada de salvar a todos esos indios de la ignorancia en la que vivían, la misma que provocaba que, según él, cometieran todo tipo de actos salvajes e incivilizados.

Los miles de cadáveres desmembrados, sin vida, sin propósitos tomaron presa el alma de Malinali.

Su espíritu ya no le pertenecía, había sido capturado durante la batalla por esos cuerpos inertes, indefensos, insalvables. Nadie, ni del bando de los españoles ni del bando de los indígenas, le causó daño alguno, nadie le hirió el cuerpo, nadie la lastimó; sin embargo, estaba muerta y cargaba sobre sus espaldas cientos de muertos. Sus ojos ya no tenían vida, ya no brillaban, su respiración casi no se sentía, los latidos de su corazón eran débiles. Tenía un buen rato sin mover un solo músculo. Estaba muerta de frío, pero no le interesaba en lo más mínimo cubrirse con una manta. Además de que estaba segura de que no podría encontrar una sola manta que no estuviera manchada de sangre. El frío de octubre le calaba los huesos, el alma. Ella, que siempre había vivido en la costa, bendecida por el calor del sol, sufría con el cambio de temperatura, pero mucho más con el recuerdo de las imágenes que sus ojos habían presenciado.

El sonido de unos pasos la alertó, brincó del susto. Su corazón esperaba lo peor. Volteó para ver quién era el que se acercaba y descubrió el caballo de Cortés, solo, sin su amo, que se acercaba a beber agua en el río. El caballo también se notaba asustado. Traía las patas llenas de sangre. Malinalli se acercó y trató de limpiarlo. El caballo se quedó quieto. La dejó trabajar. Cuando terminó, Malinalli le acaricio la cabeza, se miró en los grandes ojos del caballo y vio su propio miedo reflejado en ellos. Al caballo parecía sucederle lo mismo, miraba a Malinalli con extrañeza. Ninguno de los dos parecían reconocerse, ya no eran los mismos, a los dos los había cambiado lo sucedido. Malinalli ya no era esa niña-mujer encantada de ser bautizada que el caballo había visto meses atrás. Ese caballo que había presenciado su renacer durante la ceremonia del bautizo ahora era testigo de su muerte.

Ella nunca podría volver a ser la misma. La Malinalli de ahora era otra, el río era otro, Cholula era otra, Cortés era otro. Malinalli recordó las manos de Cortés y se estremeció. Ella había visto la crueldad en las manos de Cortés. Había visto cómo esas manos que el día anterior la habían acariciado eran capaces de matar con firmeza. Ya nunca lo podría volver a ver de la misma manera. Ya nada era igual ni había vuelta atrás. ¿Qué venía como respuesta a este horrendo asesinato del que ella se sentía tan culpable? Trataba de disculparse pensando que, aunque ella no le hubiera confiado a Cortés la plática que había sostenido con la mujer cholulteca -quien le había propuesto huir con ella y con su hijo, antes de que los españoles fueran eliminados-, Cortés se habría enterado de los planes por otros medios; es más, los aliados de Cortes, antes de que ella le dijese nada, ya le habían informado que en las calles y los caminos se habían hecho trampas simuladas, que tenían en el fondo agudas estacas para que cayesen los caballos, que algunas calles estaban tapiadas, que en las azoteas se acumulaban piedras y que las mujeres y los niños estaban siendo evacuados. También le habían informado los tlaxcaltecas que en las afueras de la ciudad había una guarnición de entre quince y veinte mil guerreros de Moctezuma, cosa que nunca se comprobó; lo único real era que tanto españoles como tlaxcaltecas, en dos días, habían matado a más de seis mil indígenas. Y ella podía ser la próxima.

Ya no se sentía segura con nadie. Si en un principio se había sentido feliz de haber sido elegida como «la lengua» y de haber recibido la promesa de que se le daría la libertad a cambio de su trabajo como intérprete, ahora ya nada le garantizaba su anhelada libertad. ¿De qué tipo de libertad se hablaba? ¿Qué le garantizaba que su vida sería respetada por esos hombres que no respetaban nada? ¿Qué podía ofrecerle un hombre que mataba con tal crueldad? ¿Qué tipo de dios permitía que en su nombre se asesinara sin piedad a inocentes? Ya no entendía nada. Ni cuál era el propósito de nada.

A ella la habían educado para servir. En su calidad de esclava, ella no había hecho otra cosa que servir a sus amos. Y lo sabía hacer con eficiencia. Al traducir e interpretar, no había hecho otra cosa que seguir las órdenes de sus amos los españoles, a los que había sido regalada y a los que debía servir con prontitud. Por un tiempo, estuvo convencida de que sus buenos méritos como esclava, como sirvienta, la ayudarían no sólo a obtener su ansiada libertad sino a lograr que hubiera un cambio positivo para todos los demás. Ella en verdad había creído que el dios de los españoles era el dios verdadero y que éste no era otro que una nueva manifestación de Quetzalcóatl, quien había venido a aclarar que él no necesitaba que los hombres murieran en la piedra de tos sacrificios. Pero la manera en que había visto actuar a los españoles la dejaba desolada, desamparada, desilusionada y, más que nada, aterrorizada. La pregunta obligada era: ¿a quién iba a servir? Y lo más importante: ¿para qué? ¿Qué sentido tenía vivir en un mundo que estaba perdiendo su significado? ¿Qué era lo que seguía?

Ya ni siquiera le quedaba el consuelo de refugiarse en sus dioses, porque, siendo justa, tenía que reconocer que tampoco Quetzalcóatl había hecho nada para defender a sus seguidores. Ella, al igual que los cholultecas, esperó hasta el último momento que Quetzalcóatl se manifestara, que inundara Cholula, que de alguna manera defendiera a sus fieles creyentes, pero no se le había sentido. Nunca se sintió su presencia. Malinalli fue presa de un sentimiento de indefensión. De pronto, todos los miedos, todas las culpas se habían levantado en armas en su corazón. Luchaban por ser reconocidos, valorados, aceptados. El eterno miedo al abandono, a la pérdida, a ser una niña no deseada, no valorada, no tomada en cuenta, ahí estaba más fuerte que nunca. ¡Había renacido! Tenía nuevo nombre, nueva identidad, nuevos dioses, pero no sabía cómo la iban a castigar.

Sentía, sí, que merecía un castigo, siempre lo había sentido. Nunca había entendido por qué, pero cada una de las veces en que la habían regalado, en lo profundo de su corazón, ella había sentido que era porque algo malo había en ella, tal vez por el simple hecho de ser mujer, o tal vez por otra cosa, pero así lo sentía y así lo vivía, como un castigo tremendo. Ahora entendía menos lo que pasaba, su mente no le alcanzaba para asimilar tantos cambios en tan poco tiempo. Tantas palabras, tantos conceptos. El que más trabajo le costaba entender era el del demonio como encarnación del mal. La idea de que el diablo era un ángel caído, alejado de la bondad de su padre celestial y condenado a vivir en la oscuridad -pero que al mismo tiempo tenía poder para acabar con toda la creación divina-, no le quedaba clara. Si tenía tal poder, ¿por qué no lo utilizaba? Y, si para hacerlo necesitaba que los hombres lo aceptaran en sus corazones, es que no era tan poderoso como decía. ¿Qué tipo de demonio era ése? Por otro lado, ¿el dios verdadero era tan torpe que había creado una fuerza capaz de destruirlo? ¿Y tan débil que a cada momento corría el riesgo de que sus hijos lo olvidaran y pecaran? No, para nada entendía el concepto que los españoles tenían de dios y del mal. Para ella, el mundo espiritual guardaba una estrecha relación con la naturaleza y el cosmos. Con sus ritmos, con el movimiento de sus astros por los cielos. Cuando el sol y la luna habían nacido en Teotihuacan, habían sacado a los hombres de la oscuridad. Ella sabía por sus antepasados que la luz que emiten esos astros no es sólo física sino espiritual y que su tránsito por los cielos servía para unificar en el pensamiento de los hombres el ciclo de tiempo y espacio. La contemplación de los cielos, como en un juego de espejos, se convertía en una contemplación interna, se volvía un instrumento de transformación, era algo que ocurría adentro y afuera, en el cielo y la tierra. Año tras año, ciclo tras ciclo, tejiendo el tiempo, entrelazándolo, como si de un petate de serpientes se tratara, logrando de esta manera incorporarse en el tejido de la vida, donde no se necesitaba morir para ir al cielo, sino sólo estar íntimamente ligado a la tierra, para permanecer en la presencia de los dioses, pues los que se dedicaban a observar el proceder ordenado del cielo se convertían en sol, se convertían en dios.

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