Manuel Montalbán - La Rosa de Alejandría

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Manuel Vázquez Montalbán acaba de sacar por sexta vez de su madriguera al atípico detective privado Pepe Carvalho. Los lectores que se apunten a esta nueva investigación del sabueso galaico-apátrido-catalán pueden estar tranquilos y seguros. Lo que el autor promete y ofrece es la acreditada y atrayente fórmula de un asesinato con connotaciones estéticas -la víctima es, en este caso, una dama a la que han deshuesado y despedazado científicamente- y sociológicas: una trama de pasiones, separaciones y fatales encadenamientos de circunstancias enmarcada en la reciente historia hispana. Todo ello aderezado con los finos toques de cocina (que no gastronomía), erotismo, crítica literaria recreativa (o vindicativa, pues Carvalho purga su biblioteca quemando los libros, como el Quijote) y recuperación de sentimentalidades auténticas que proporcionan Carvalho y su clan de marginados entrañables.

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Se miraron los otros tres en busca del enigma.

– Uno dirá, del sofrito, y sí, es cierto, depende del sofrito. De los “bolets”. Claro, de los “bolets”. O si se hace con caldo o con agua. Que si patatín, que si patatán. Pero lo fundamental, lo fundamental ¿qué es?

Carvalho sabía a dónde iba a parar su discípulo, pero la voz del restaurador se aventuró con la prudencia de la interrogación:

– ¿De la carne?

– ¡Justo! De la carne. Chóquela, amigo. Usted sabe de qué va. Con usted da gusto hablar. Yo siempre le pido a la señora Amparo, mi carnicera, que me guarde “llata”, no hay nada como la “llata” para hacer la ternera guisada con “bolets”, porque la melosidad de la “llata”, esa melosidad que suelta el “tendrum” ese que lleva en el centro, pues esa melosidad combina de puta madre, es decir, de puta madre, bueno, a las mil maravillas, con la melosidad que suelta el “bolet”, esa agüilla espesa que suelta el “bolet”. ¿Me explico?

– Como un libro abierto.

Ahíto de saberes biscuterianos dio una excusa el restaurador para ir a por otros clientes y quedó Carvalho en el placentero trance de felicitar a Biscuter, al tiempo que les llegaban copas de Marc de Champagne por una gentileza del dueño, quien desde lejos brindó en honor de Biscuter. Quiso corresponderle tal como el gesto se merecía, y a pesar de que Charo le tiró del faldón de la chaqueta, se alzó Biscuter y con los ojillos rojos a punto de estallido y las venas del cuello como chimeneas de sangre a presión gritó:

– ¡Brindo por ese tío cojonudo que nos ha echado de cenar!

Y tras la sorpresa de los oyentes más próximos, alzamientos desiguales de copa que iban del cachondeo a la solidaridad paraetílica. Encajó bien el dueño tan improvisado protagonismo y quedó la botella de Marc al alcance de Biscuter, Carvalho y Charo durante la media hora que faltaba para las doce y sus campanadas de ritual.

Los comensales disponían ante sí de los platillos con las uvas, y en cuanto sonaron las campanadas se las metieron en la boca a ritmo de reloj digital, entre toses y lágrimas de esperanza y atragantamiento. Sonada la última campanada, se besaron entre sí los de cada mesa, y algunos intentaron, y en algunos casos consiguieron, ir a estrechar las manos de los extraños, unidos por la comunión del año nuevo y del menú.

– ¡Qué bonito, jefe, qué bonito! -decía Biscuter con lágrimas en los ojos-. Me recuerda otra noche de fin de año en la cárcel de Lérida, jefe.

Y creo que usted estaba también por allí. Antonio el “Cachas Negras” cantaba aquellas canciones con tanto temperamento y los funcionarios aquella noche estaban tan simpáticos, eh jefe, ¿se acuerda de aquella tortilla de cinco kilos de patatas que hice en la cocina para ustedes los políticos?

Nos la comimos con las cucharas de aluminio y estaba de buena. Todos estaban borrachos y los funcionarios bailaban el can-can por el pasillo.

Biscuter luego cantaba por la calle, pero no era el único. Charo se empeñó en ir a la plaza del Rey a ver la mancha de sangre que había quedado, siglo tras siglo, en uno de los escalones del palacio del Tinell.

– Le quitaron el corazón a un caballero y se le cayó allí. Nunca han podido borrar la mancha.

Biscuter llevaba una linterna para no tropezar en las escaleras de su habitáculo y se entretuvo buscando la mancha del corazón.

– ¡Aquí! ¡Aquí!

Aquello igual podía ser una mancha de sangre secular o el último pipí de los pobres perros callejeros que habían asistido al tránsito del mil novecientos ochenta y tres al mil novecientos ochenta y cuatro sin que variara su condición ni su esperanza de cambio. Del otro bolsillo de Biscuter salió la botella de Marc de Champagne con los restos, y ante las preguntas de Carvalho dio una respuesta suficiente:

– Nos la había ofrecido y era un desprecio dejársela sin acabar y un abuso seguir allí toda la noche hasta terminarla.

La apuraron por la calle y Carvalho se subió a un Ford Sierra para recitar un poema que le había venido a la cabeza desde un olvidado cementerio de palabras:

“Hay ya tantos cadáveres sepultos o insepultos casi vivientes en concentraciones mortales…

hay tanto encarcelado y humillado bajo amontonamientos de injusticia…

hay tanta patria reformada en tumba que puede proclamarse la paz.

Culminó la cruzada, ¡viva el jefe!”

Y para Biscuter aquel viva era un viva a Carvalho que secundó con la estridencia de un gorrión crecido hasta la estatura del cóndor, y para Charo un poema triste que la hacía llorar.

– Muy bonito, Pepiño, muy bonito.

Pero recita algo más alegre, anda, que esta noche es especial.

Ya estaba en las alegrías Biscuter bailando en solitario una jota navarra, al tiempo que con gallos de tiple amedrentaba la noche con… “el vino que tiene Asunción, ni es claro, ni es tinto, ni tiene color…”.

Se despertó cuando atardecía el uno de enero de mil novecientos ochenta y cuatro. Estaba desnudo, sobre la cama, destapado, tenía frío, pero sentía íntimo regocijo por no haber casi vivido aquel día. El primero de enero debería estar prohibido, y el dos de enero también. El año debería empezar el veintiuno de marzo. Se sorprendió de conservar la suficiente lucidez como para suscitarse reflexiones tan profundas y volvió a dormirse. Luego, al despertarse a las nueve y notar tres pinchazos como tres avisos en el hígado, fue cuando se dio cuenta de lo mucho que había bebido la noche anterior y de la página en blanco que era su vida desde que se encaramó a un coche hasta el presente. ¿Qué habría sido de Charo y Biscuter? Se convenció de que no estaban en la casa después de haberla recorrido torpemente, como si no fuera la suya, llamándoles en voz alta por si jugaban al escondite o dormían la borrachera en el más imprevisible de los rincones.

Ni rastro. Tal vez los había abandonado en una cuneta y se habrían muerto de frío cubiertos por la nieve. Imposible. No nevaba. De las estanterías aún llenas de libros extrajo “Las buenas conciencias” de Carlos Fuentes, un escritor mexicano al que había conocido casualmente en Nueva York en su etapa de agente de la CIA y le pareció un intelectual que vivía de perfil, al menos saludaba de perfil.

Le había dado la mano mientras miraba hacia el oeste. Tan displicente trato lo había recibido Carvalho sin que aquel charro supiera que era de la CIA, conocimiento que al menos habría justificado su actitud por motivos ideológicos. Pero Carlos Fuentes no tenía ningún motivo para tenderle escasamente una mano y seguir mirando hacia el oeste. Estaban en casa de una escritora judía hispanista que se llamaba Bárbara a la que vigilaba por orden del Departamento de Estado, porque se sospechaba que en su casa se preparaba un desembarco clandestino en España para secuestrar a Franco y sustituirlo por Juan Goytisolo. El agregado cultural de la embajada de España le iba indicando con disimulo la ralea del personal que se movía por aquel party.

– No falta ni un rojo antifranquista. Aquélla de allí es la viuda “in pectore” del rojo de Dashiell Hammet.

Especial interés tenía un escritor español que trataba de convencer a quien quisiera oírle que el mejor plato de la cocina española al lado de cualquier primor de la cocina árabe era una fabada, y decía fabada con la boca llena de judías podridas y chorizo hecho con carne de burro. Sostuvo Carvalho un diálogo político con un exiliado profesor español de economía que en la inmediata posguerra civil, con la ayuda de la hispanista Bárbara y de una hermana de Norman Mailer, se había fugado del Valle de los Caídos adonde Franco le había llevado para que construyera un templo expiatorio en compañía de otros presos políticos. Carvalho redactó un informe para la CIA en el que trataba de demostrar que era gente inofensiva a la que le faltaba cariño, como a casi todo el mundo. O no había sido exactamente así, pero lo cierto es que Carlos Fuentes le había tratado despectivamente sin ningún derecho y su novela iba a servir como material combustible básico para la fogata que iba a calentarle algo la casa y el alma.

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