Robert Merle - Malevil

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Pascua de 1977. En las bodegas del antiguo castillo de Malevil, Emanuel embotella su vino mientras sus amigos de infancia discuten con pasión sobre las elecciones municipales. Ése es también el día de una guerra atómica que se abate sobre el mundo por sorpresa y lo destruye. En un instante, alrededor de Malevil, cuya roca milenaria resiste a la hoguera, todo ha quedado aniquilado.
Desde los momentos iniciales, en el planeta carbonizado, los compañeros de Emanuel se encuentran con sus primeros enemigos: otros hombres, salvados también por milagro como ellos, pero que codician la fortaleza y sus reservas de vida.
¿Escenario retrospectivo de lo que pudieron haber sido los primeros pasos del hombre sobre el planeta? ¿Estudio futurológico de un núcleo humano?
Más singular aún -más cruel también- es la historia de unos pocos hombres encarnizados en mantener sobre la tierra los últimos vestigios de la especie humana, narración que corta el aliento, en donde abundan la pasión, los anhelos, las peripecias de la vida en un medio increíblemente primitivo, actual, y por eso mismo, infinito.

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Digo sin alzar la voz:

– Te he dicho que la vayas a buscar.

Su sonrisa se desvanece, baja la cabeza y se va. Se va temblando como una gelatina. Los hombros, las caderas, las nalgas, las enormes pantorrillas, todo se mueve.

Vuelvo a sentarme en el fondo de la mesa, frente a la puerta. Mis manos, que apoyo en la tabla de roble ennegrecida por las lavadas, tiemblan, casi con desesperación trato de controlarme.

Sé muy bien que lo que va a aparecer ante mí dentro de un instante será a la vez una alegría muy grande y un peligro muy grande. Sé muy bien que esta Miette, que va a vivir sola en una comunidad de seis hombres, sin contar a Momo, va a plantearnos problemas terroríficos, y que yo no tengo que cometer ni un solo error, si quiero que la vida siga siendo posible en Malevil.

– Esta es Miette -dice Falvina, empujándola delante de ella en la pieza.

Si tuviera cien ojos, tampoco serían suficientes para mirarla. Veinte años, quizás. Y qué engañador es ese nombre de Miette (miguita). De su Mémé, tiene los ojos negros y la cabellera lujuriosa, en ella como ala de cuervo. Pero de altura tiene unos buenos diez centímetros más, las espaldas anchas y bien delineadas, el pecho alto y redondeado como una adarga, la cadera curva y la pierna musculosa. Ah, por cierto, si tuviera ganas de criticarla podría encontrar que su nariz es un poco larga, su boca un poco grande, su barbilla un poco demasiado preminente. Pero no puedo, lo admiro todo, incluso su rusticidad.

No lo veo, pero sé por el movimiento que me imprimen, que mis manos tiemblan cada vez más. Las escondo debajo de la mesa y contra su borde me apoyo con el pecho y los hombros, la mejilla contra el cañón de mi escopeta, devorando a Miette con los ojos, privado de voz. Comprendo lo que sintió Adán cuando una linda mañana encontró a su lado una Eva recién torneada.

No es posible estar más petrificado de admiración ni más embobado de ternura de lo que yo estoy. En esta gruta en el fondo de la que estoy metido con mis armas, luchando por mi supervivencia, Miette derrama luz y calor. Su blusita remendada estalla, su pollera de tela roja desteñida, gastada y en muchas partes comida por la polilla, se comba muy por encima de la rodilla. Tiene las piernas un poco fuertes, como las mujeres esculpidas por Maillol y con sus largos pies desnudos se apoya en el suelo del que parece sacar su fuerza. Es un magnífico animal humano, es futura madre de todos los hombres.

Me arranco a mi contemplación, me enderezo en la silla, tomo el borde de la mesa con mis dos manos, con los pulgares arriba, los dedos debajo, y digo:

– Miette, siéntate.

Mi voz me suena débil y ronca. Anoto que tengo que reafirmarla en lo sucesivo. Miette, sin una palabra, se sienta ahí adonde antes estaba Jacquet, separada de mí por todo el largo de la mesa. Sus ojos son bellos y dulces. Me mira sin ninguna turbación, con ese aire serio que tienen los niños cuando miran a un recién llegado a la casa.

– Miette -me gusta ese nombre: Miette-, llevamos a Jacquet con nosotros.

Una inquietud atraviesa sus ojos oscuros y agrego en seguida:

– No te inquietes, no le haremos ningún mal. Y si tu Mémé y tú no se quieren quedar solas en El Estanque, pueden venir a vivir con nosotros en Malevil.

– ¡Y bueno, a la verdad, quedarnos solas en El Estanque! -dice la Falvina-, y que te estoy muy agradecida, muchacho…

– Me llaman Emanuel.

– Y bueno, gracias, Emanuel.

Me doy vuelta hacia Miette.

– ¿Y tú, Miette, estás de acuerdo?

Inclina la cabeza sin decir una palabra. No es conversadora, pero sus ojos hablan por ella. No me abandonan. Están en tren de juzgar y de aquilatar al nuevo amo. Vamos, Miette, tranquilízate, no encontrarás en Malevil más que amistad y cariño.

– ¿De dónde te viene el nombre de Miette?

– En realidad se llama María -dice la Falvina- pero cuando nació era muy chiquita, ya que había nacido antes de término, la pobre, a los siete meses. Y Raimunda la llamaba siempre Mauviette (alondra). Y entonces nuestra Cati, que en esa época tenía tres años, le decía "Miette" y le quedó así para siempre.

Miette no dice nada, pero quizá porque me he interesado por su nombre, me sonríe. Sus rasgos son a lo mejor un poco marcados, por lo menos según los cánones de la belleza urbana, pero cuando sonríe se iluminan y suavizan de una manera inimaginable. Es una sonrisa deliciosa, plena de buena fe y confianza.

La puerta se abre y entra Jacquet, seguido de Thomas. A la vista de Miette, Jacquet se detiene, palidece, la mira, se da vuelta hacia la Falvina y hace un gesto como para tirarse encima de ella exclamando furioso:

– Sin embargo te había dicho…

– ¡Eh, vamos, despacio! -dice Thomas que toma muy en serio su papel de guardián.

Se adelanta para moderar a su prisionero, ve a Miette que el cuerpo de Jacquet ocultaba y se inmoviliza, petrificado. La mano que iba camino del hombro de Jacquet recae a lo largo de su cuerpo.

– Jacquet, no fue tu Mémé la que me dijo que Miette se escondía. Fui yo quien lo adivinó.

Jacquet me mira, boquiabierto. Ni un instante pone en duda mi palabra. Me cree. Mejor todavía: se arrepiente de haber tratado de ocultarme algo. Soy el sucesor del padre: soy infalible y omnisciente.

– ¡De todos modos no te ibas a creer más vivo que los señores de Malevil! -dice la Falvina con irrisión.

Ya soy plural, ahora. "Mi muchacho" o los señores. Nunca el término preciso. Miro a la Falvina. En su caso, sospecho un poco de bajeza. Pero no la quiero juzgar demasiado rápido. ¿Quién no se hubiera corrompido en diez años de esclavitud en lo del troglodita?

– Jacquet, cuando te fuiste para enterrar al padre ¿qué le dijiste en voz baja a la Mémé?

Con las manos a la espalda, la cabeza sobre el pecho, los ojos al suelo, dice con vergüenza:

– Le pregunté dónde estaba Miette, y me dijo en el hórreo. Y le dije que no se lo dijera a los señores.

Lo miro.

– ¿Era porque esperabas evadirte de Malevil para venir a buscarla y escaparte con ella?

Está como la grana. Dice en voz baja:

– Sí.

– ¿Y adónde hubieras ido? ¿Cómo la hubieras alimentado?

– No sé.

– ¿Y la Mémé? ¿Se hubiera quedado en Malevil?

La Falvina, que se ha puesto de pie a la entrada de los dos hombres (¿reflejo inculcado por el Wahrwoorde?), está parada al lado de Miette, y como está bastante cansada, con las dos manos se apoya en la mesa.

– No había pensado en la Mémé -dice Jacquet, confuso.

– ¡Y bueno, hay que ver! -dice la Falvina, y una gruesa lágrima desborda de sus ojos.

Me figuro que tiene el llanto fácil, pero de todos modos, seguro que Jacquet era el preferido. Hay por qué estar un poco triste.

Miette pone su mano sobre la de la Falvina, levanta la cabeza hacia ella y la mira moviendo la cabeza con aire de decir, pero yo, yo no te hubiera abandonado. Me gustaría mucho oír la voz de Miette, pero por otro lado, comprendo que no hable, su mirada lo dice todo. Quizá sea del tiempo del Wahrwoorde y del silencio que aquél debía imponer cuando tomó la costumbre de esas mímicas. Prosigo:

– ¿Jacquet, estabas de acuerdo con Miette para ese plan?

Miette sacude la cabeza con energía y Jacquet la mira, abatido.

– No -dice con una voz que apenas oigo.

Un silencio.

– Miette -digo- viene a Malevil con nosotros, por su propia voluntad. La Mémé también. Y a partir de este momento en que te estoy hablando, Jacquet, nadie tiene el derecho de decir: Miette es mía. Ni tú. Ni yo. Ni Thomas. Ni nadie en Malevil. ¿Has comprendido?

Dice que sí con la cabeza. Sigo:

– ¿Por qué has tratado de ocultarme la presencia de Miette en El Estanque?

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