Robert Merle - Malevil

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Pascua de 1977. En las bodegas del antiguo castillo de Malevil, Emanuel embotella su vino mientras sus amigos de infancia discuten con pasión sobre las elecciones municipales. Ése es también el día de una guerra atómica que se abate sobre el mundo por sorpresa y lo destruye. En un instante, alrededor de Malevil, cuya roca milenaria resiste a la hoguera, todo ha quedado aniquilado.
Desde los momentos iniciales, en el planeta carbonizado, los compañeros de Emanuel se encuentran con sus primeros enemigos: otros hombres, salvados también por milagro como ellos, pero que codician la fortaleza y sus reservas de vida.
¿Escenario retrospectivo de lo que pudieron haber sido los primeros pasos del hombre sobre el planeta? ¿Estudio futurológico de un núcleo humano?
Más singular aún -más cruel también- es la historia de unos pocos hombres encarnizados en mantener sobre la tierra los últimos vestigios de la especie humana, narración que corta el aliento, en donde abundan la pasión, los anhelos, las peripecias de la vida en un medio increíblemente primitivo, actual, y por eso mismo, infinito.

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– En cuanto a ese asunto -dice con pudor- no hay ninguna duda. Pero la pobre Cati, por empezar, lo provocaba. Y después, por otro lado, tampoco era su hija. Como tampoco lo es la Miette. Son hijas de mi hija Raimunda.

Al oír nombrar a Miette, me parece que Jacquet, en la otra punta de la mesa, levanta la cabeza y mira a la Falvina con aprensión. Pero esa mirada es cosa de un segundo y desaparece tan rápido que casi dudo de haberla interceptado.

Apenas pruebo el pan. Quiero esperar el huevo prometido. Sin embargo, el gusto de la rebanada de pan campesino bien enmantecada (salan su manteca, en El Estanque, y no con la escasez con que se acostumbra por aquí) me parece deliciosa y un poco melancólica también, de tal modo evoca la vida de antes.

– ¿Y quién cuece el pan aquí? -digo como para testimoniar mi gratitud.

– Hasta estos últimos tiempos -dice la Falvina suspirando- era el Luis. Pero después de su muerte, es el Jacquet.

Habla, habla, la Falvina, mientras da vuelta en redondo en la pieza, sofocada y suspirando, multiplicando los pasos inútiles y pronunciando diez palabras cuando una sola sería suficiente. Para freír tres huevos, porque ostensiblemente no se hace uno para ella (supongo que debe zamparse uno de vez en cuando, cuando está sola, al mismo tiempo que una "gota de vino") tarda una buena media hora, durante la cual, si no estoy bien alimentado, porque espero el huevo para comer mi jamón, estoy por lo menos bien informado.

La Falvina, único punto de semejanza con la Menou, es una vieja que sabe genealogía. Y que tiene que remontarse a los bisabuelos para explicarme que su hija Raimunda tuvo dos hijas de su primer matrimonio, Cati y Miette, y que una vez viuda se volvió a casar con el Wahrwoorde que a su vez era viudo, con dos hijos, el Luis y el Jacquet.

– Y lo que pienso de ese casamiento, te lo imaginas, sobre todo cuando mi pobre Gastón habiendo muerto también, tuve que venir a vivir aquí, lo mismo que decir como los salvajes, sin electricidad, sin agua en la pileta, y ni siquiera el gas butano porque el Wahrwoorde no quería ni oír hablar de ponerlo y a cocinar en la chimenea, como antaño. El pan que no comes en tu casa -prosigue en dialecto mirando al cielo- es muy amargo de tragar. Aunque en diez años, no le haya comido mucho al Wahrwoorde.

Frase que confirma de inmediato mis sospechas sobre su gula clandestina a título de compensación por la tiranía del yerno. Por supuesto, su hija Raimunda, como el pobre Gastón, también ha muerto, en parte por los malos tratos de quien te imaginas, en parte por una mala digestión en el vientre, por lo que su ausencia le hacía más amargo aún el pan del extranjero.

Todo esto me condujo al cabo de mi jamón, de mi huevo y de mi leche, sin que la Falvina, atareada como una gallina en no hacer nada, se hubiera sentado una sola vez a la mesa con nosotros o hubiera comido el más mínimo bocado, continuando con la ficción de su abstinencia más allá de la muerte del Wahrwoorde. Por más charlatana que sea, no me lo ha dicho todo. Entre nosotros, y supongo que también en otras partes, hay dos formas de disimulación: callarse o hablar mucho.

– Jacquet -digo limpiando el cuchillo de mi tío en la miga de mi último resto de pan-, vas a tomar una pala, una azada y vas a ir a enterrar al padre. Thomas te vigilará.

Agrego, haciendo crujir la hoja en su vaina y metiendo el cuchillo en mi bolsillo:

– He observado que sus zapatos estaban en buen estado. Harás el favor de recuperarlos. Los necesitarás.

Jacquet, un poco encorvado y con la cabeza baja para testimoniar su obediencia, se levanta. Me levanto también, con la carabina en la mano, me acerco a Thomas y le digo en voz baja: -Dame la escopeta del padre, no lleves más que la tuya, haz caminar al muchachito delante de ti y cuando cave, mantente a distancia y no le saques los ojos de encima-. Al mismo tiempo, noto que Jacquet, aprovechando este aparte, se acerca a la Falvina y le dice algo al oído.

– ¡Está bien, Jacquet! -le digo con tono autoritario.

Se estremece, se pone rojo y sin una palabra, con los brazos colgando de sus poderosos hombros, enfila la puerta, seguido de Thomas. En cuanto salen miro a la Falvina con seriedad.

– Jacquet ha golpeado a uno de nosotros y ha robado un caballo. No, no lo defiendas, Falvina, sé muy bien que ha obedecido. Pero por otro lado, merece de todos modos un castigo. Vamos a confiscar sus bienes y llevarlo preso con nosotros a Malevil.

– ¿Y yo, entonces? -dice la Falvina, perdida.

– A ti te dejo elegir. Vienes a vivir a Malevil con nosotros, o te quedas aquí. Si te quedas aquí, te dejaré con qué.

– ¿Quedarme aquí? -grita, aterrorizada-. ¿Pero, qué voy a hacer aquí?

Sigue un raudal de palabras que escucho con atención y que me intriga, porque en él falta la única palabra que hubiera esperado de ella: "sola".

Porque quedar "sola" en El Estanque es lo que la debería asustar. Y ella que lo dice todo, no lo ha dicho. Levanto la nariz y huelo el aire como un perro de caza. Sin resultado. Sin embargo, algo me oculta esta menina. Lo supe desde el principio. Algo o alguien. No la escucho más. Y ya que me falta el olfato, utilizo mis ojos. Miro la pieza, la inspecciono minuciosamente. Frente a mí, sobre el tabique de ladrillos a la vista del saledizo, a unos cuarenta centímetros del piso observo una estantería en la que están alineadas todas las botas de la casa. Interrumpo a la Falvina y digo con voz breve:

– Tu hija Raimunda ha muerto. Luis también, Jacquet está enterrando al Wahrwoorde. La Cati estaba colocada en La Roque. ¿Estamos de acuerdo?

– Pero sí -dice la Falvina, desconcertada.

La miro y digo haciendo restallar mi voz como un látigo:

– ¿Y Miette?

La Falvina abre la boca como un pescado. No le doy tiempo a contestar.

– Sí, Miette. ¿Dónde está Miette?

Parpadea y contesta con voz débil:

– También estaba colocada en La Roque. Y solo Dios sabe lo que ella…

La interrumpo.

– ¿En casa de quién?

– En lo del alcalde.

– ¿Como Cati, entonces? ¡Tenía dos sirvientas el alcalde!

– No, espera, me equivoco. En la posada.

Me callo. Bajo los ojos. Miro sus pantorrillas, son enormes.

– ¿Sufres de las piernas?

– ¡Si sufro de las piernas! -dice, jadeante, tranquilizada, feliz con este cambio-. Es mi circulación. Las ves -se levanta las polleras para mostrármelas-, y las varices y de todo.

– ¿Cuando llueve te pones botas?

– Nunca. ¡Te imaginas, no podría! Sobre todo después de que tuve mi flebitis…

En el capítulo de sus piernas es inagotable. Pero esta vez, ni simulo escucharla. Me levanto, con la carabina en mano, y dándole la espalda a la Falvina, me dirijo a la estantería de las botas. Hay tres pares de goma amarilla de gran tamaño, 44 ó 46, y al lado un par mucho más chico, negro, con tacos más altos, del 38, no más. Paso la carabina a la mano izquierda, agarro el par chico con la mano derecha, me doy vuelta y de donde estoy, sin dar un paso, lo levanto por encima de mi cabeza y revoleándolo lo hago llegar hasta los pies de la Falvina, sin decir una palabra.

La Falvina da un paso atrás, mira las dos botas tiradas sobre el cemento como serpientes listas para morder. Lleva sus dos gordas manos a su cara y las planta sobre las mejillas. Está violeta. No se atreve a mirarme.

– Vete a buscarla, Falvina.

Un corto silencio. Me mira. Se tranquiliza. Su expresión cambia. En medio de su cara abotargada, se nota en sus ojos negros un hipócrita descaro.

– ¿No prefieres ir tú mismo? -dice con intención.

Y como no contesto, sus mofletes refluyen de cada lado de su boca, sus dientes, pequeños y puntiagudos, aparecen, y me dirige una sonrisa glotona. Me pregunto si, después de todo, la quiero lo suficiente a la Falvina. Ah, ya sé que desde su punto de vista es muy natural. He vencido y matado al padre. A mi vez soy pues el padre, un respeto religioso me rodea, todo me pertenece. Miette también. Pero precisamente, estoy tratando de renunciar, no sin esfuerzo, y más por razón que por virtud, a mi derecho señorial.

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