Robert Merle - Malevil

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Pascua de 1977. En las bodegas del antiguo castillo de Malevil, Emanuel embotella su vino mientras sus amigos de infancia discuten con pasión sobre las elecciones municipales. Ése es también el día de una guerra atómica que se abate sobre el mundo por sorpresa y lo destruye. En un instante, alrededor de Malevil, cuya roca milenaria resiste a la hoguera, todo ha quedado aniquilado.
Desde los momentos iniciales, en el planeta carbonizado, los compañeros de Emanuel se encuentran con sus primeros enemigos: otros hombres, salvados también por milagro como ellos, pero que codician la fortaleza y sus reservas de vida.
¿Escenario retrospectivo de lo que pudieron haber sido los primeros pasos del hombre sobre el planeta? ¿Estudio futurológico de un núcleo humano?
Más singular aún -más cruel también- es la historia de unos pocos hombres encarnizados en mantener sobre la tierra los últimos vestigios de la especie humana, narración que corta el aliento, en donde abundan la pasión, los anhelos, las peripecias de la vida en un medio increíblemente primitivo, actual, y por eso mismo, infinito.

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– Bueno, Fulbert -dice Burg.

– ¿Y Fulbert comía en la misma mesa que Vilmain?

– Sí.

– ¿A pesar del asesinato de Lanouaille? ¿A pesar de las "extra-limitaciones"? Tú, Jeannet, tú que servías la mesa…

– El Fulbert -dice Jeannet- estaba sentado entre Vilmain y Bebella, y todo lo que yo puedo decir, es que no se quedaba atrás para beber, para comer y para bromear.

– ¿Bromeaba?

– Sobre todo con Vilmain. Eran muy amigotes, esos dos.

Todo esto me da una visión enteramente nueva. No solamente a mí. Veo que Colin para la oreja y que la cara de Meyssonnier se endurece.

– Escucha, Jeannet, te voy a preguntar sobre algo muy importante. Trata de responder la pura verdad. Y sobre todo, di únicamente lo que sabes.

– Te escucho.

– ¿Te parece a ti que fue Fulbert el que empujó a Vilmain a atacar Malevil?

– ¡Ah, eso sí! -dice Jeannet sin dudar-. ¡Vi muy bien su juego!

– ¿Ejemplo?

– Siempre repitiendo que Malevil era una fortaleza así y que Malevil era rica a reventar.

"A reventar" está bien dicho. Y para Fulbert, doble ventaja: se deshacía de la tutela de Vilmain en La Roque y nos extirpaba de Malevil. Por desgracia, su complicidad activa con el asesino Vilmain queda difícil de probar, ya que ningún larroquense asistía a las comidas en donde ellos "amigoteaban".

Una detonación restalla, que me parece muy fuerte y que extrañamente, me alivia. Leo el mismo alivio en Meyssonnier, en Colin, en Mauricio y también en los prisioneros. ¿Será porque se sienten más seguros ahora que el último de los Feyrac ha muerto?

Hervé vuelve. Trae en la mano un cinturón al cual está atado un revólver con su estuche.

– Es el de Vilmain -dice Burg-. Feyrac lo recuperó antes de ordenar la retirada.

Tomo el arma de ese militarote. No tengo ninguna gana de usarla. Tampoco Meyssonnier, al que consulto con la mirada. Por el contrario sé de alguien a quien esta pistola va a colmar de alegría.

– Te pertenece, Colin. Tú eres el que ha matado a Feyrac.

Con las mejillas encendidas, Colin cierra virilmente alrededor de su talle delgado el cinturón de la pistola. Me doy cuenta que Mauricio sonríe y que sus ojos de jade brillan con malicia. En ese momento, no sé todavía quién es el que ha matado a Vilmain. Y cuando me entero, le estoy agradecido por su silencio y por su gentileza.

Digo con voz breve:

– Los prisioneros van a registrar los muertos y reunir las municiones. Me vuelvo a Malevil. Voy a buscar la carreta. Colin viene conmigo. Y Meyssonnier se queda para dirigir el registro.

Sin esperar a Colin, trepo el talud y desde el momento que quedo fuera de la vista, devorado por la maleza, me pongo a correr. Llego al claro. Evelina está allí, con su cabeza apenas al nivel del lomo de Amaranta. Sus ojos azules se fijan sobre mí con una felicidad que me turba. Se echa en mis brazos y la estrecho bien fuerte, muy fuerte, contra mí. No decimos nada. Sabemos que ninguno de los dos sería capaz de sobrevivir al otro.

Un crujido de ramitas y un rumor de hojas aplastadas. Es Colin. Me desprendo y digo a Evelina: tú montas a Morgane. La miro otra vez y le sonrío. Breves, pero intensos son nuestros momentos de alegría.

Me subo a la montura y la dejo que haga sola lo mismo, lo que a pesar de su pequeña estatura, hace muy rápido y muy bien, con una agilidad que admiro, desdeñando encaramarse sobre un tronco próximo para disminuir la distancia al estribo, y sin siquiera aprovechar la pendiente como hace Colin. Es verdad que está recubierto de armas, el fusil 36, el arco, el carcaj que se fabricó en la cintura, la pistola de Vilmain y como collar mis gemelos que ha "olvidado" devolverme. Como la maleza es tupida en este lugar, al principio me pongo al paso para cuidar el arco de Colin, Morgane me sigue, con su cabeza casi sobre la grupa de Amaranta, pero Amaranta, cruel con las gallinas, no patea a sus compañeras. Como mucho las mordisquea un poco en el cuello para señalar su dominio. Siento en mi espalda los ojos de Evelina. Me doy vuelta sobre mi silla y leo en su mirada una interrogación. Digo:

– Hemos hecho dos prisioneros.

Después de esto, me pongo al galope. En las inmediaciones de Malevil, Peyssou, que al principio no veo porque está aplastado contra la parte baja de la ruta, en el puesto de avanzada, surge con cara ansiosa. Le grito: ¡Todos indemnes! Y entonces aúlla de júbilo blandiendo su fusil. Amaranta, sorprendida, pega una espantada. Morgane la imita y Melusina da un pequeño salto que desubica a Colin de la silla y lo pone a horcajadas del cuello, de donde se agarra con las dos manos de las crines. Por suerte, Melusina se detiene al ver a las otras dos yeguas detenidas, y Colin puede retroceder, lo que hace de una manera muy cómica, con sus nalgas tanteando para atrás, la perilla para izarse y recaer sobre la silla. Nos reímos.

– ¡Pedazo de estúpido! -dice Colin- ¡fíjate lo que casi me haces!

– ¡Bueno, hay que ver! -dice Peyssou con la cara hundida- ¡me creía que sabías montar, yo!

Me río tanto que prefiero bajarme. Es una risa pueril que me remonta a treinta años atrás, como me remontan los empujones y los puñetazos de Peyssou quien, desde el momento en que estoy a su alcance, se abate sobre mí como un dogo grandote que desconoce su fuerza. Yo también lo insulto, porque me hace mal, el sinvergüenza, con sus enormes manazas. Por suerte, me arrancan a su afecto Cati y Miette que se han precipitado hacia mí por el camino. Reconocí tu risa, dice Cati. ¡Desde la muralla, la reconocí! Me da un abrazo cariñoso. Este sí que es más dulce, hasta suave. En cuanto a Miette, se deshace. Mi pobre Emanuel, dice la Menou algunos instantes más tarde frotando sus labios secos en mi mejilla. Me dice "pobre" como si ya estuviese muerto. Jacquet me mira sin una palabra, con el pico al extremo de su brazo con el cual cava una fosa para los cuatro enemigos muertos, y Thomas, aparentemente impasible, me dice: He recuperado los zapatos, todavía están buenos. He abierto una sección especial en el almacén.

Falvina está anegada: chorrea por todas partes, como manteca de cerdo al sol. No se atreve a acercarse, acordándose de mi desaire de la víspera. Y yo, yendo hacia ella, le doy un corto y generoso besote, tan contento me siento de encontrarme en Malevil, en el seno de la comunidad, en nuestro capullo familiar.

– Seis de baja y dos de prisioneros -dice el pequeño Colin caminando a grandes pasos, con la mano sobre su estuche.

– ¡Cuenta, Emanuel! -dice Peyssou.

Levanto los dos brazos mientras sigo caminando.

– ¡No tengo tiempo! Volvemos a partir inmediatamente. Contigo, precisamente, con Thomas y con Jacquet. Colin se queda y toma el mando de Malevil. ¿Han comido? -digo dándome vuelta hacia Peyssou.

– Se hizo necesario -dice Peyssou como si yo se lo reprochase.

– Han hecho bien. Menou, prepara siete emparedados.

– ¿Siete? ¿Por qué siete? -dice la Menou ya erizada.

– Colin, yo, Hervé, Mauricio, Meyssonnier, y los dos prisioneros.

– ¡Los prisioneros! -dice Menou- ¡me imagino que encima no vas a darle de comer a esa ralea!

Jacquet enrojece, como cada vez que se alude a la condición que fue la suya.

– Haz lo que te digo. Jacquet, tú atas a Malabar a la carreta. Nada de caballos, solamente la carreta. Evelina, tú desensillas las yeguas con Cati. Yo me voy a lavar un poco la cara.

Hago más que lavarme la cara. Me ducho, me lavo la cabeza y me afeito. Todo muy rápido. Y ya que estoy, en previsión de mi entrada a La Roque, hago algunas concesiones. Me saco la vieja bombacha y las botas deslucidas que no me he sacado desde el día del acontecimiento, y las reemplazo por mi bombacha blanca de los concursos hípicos, botas nuevas o casi y una camisa blanca con cuello volcado. Estoy inmaculado y centelleante cuando aparezco en el primer recinto. La conmoción es tal que Evelina y Cati salen de la Maternidad, rasquetas y estropajos en la mano. Miette se precipita y manifiesta con señas su admiración. Se agarra primero una mecha de pelo y la mejilla (tengo el pelo limpio y el cuero bien afeitado). Pellizca su blusa con una mano, abre y cierra la otra mano varias veces (qué linda camisa centelleante de blancura). Pone sus dos manos en la cintura y la aprieta (mi pantalón de montar me adelgaza) y hasta (gesto viril indescriptible) me sienta muy bien. En cuanto a las botas, abre y cierra las manos varias veces: ese gesto, que simboliza los rayos del sol, quiere decir que mis botas brillan, como también (ver más arriba) mi camisa. Por fin, junta los dedos de la mano derecha contra el pulgar y se los lleva a sus labios varias veces (¡qué lindo eres, Emanuel!) y por fin, me besa.

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