Robert Merle - Malevil

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Pascua de 1977. En las bodegas del antiguo castillo de Malevil, Emanuel embotella su vino mientras sus amigos de infancia discuten con pasión sobre las elecciones municipales. Ése es también el día de una guerra atómica que se abate sobre el mundo por sorpresa y lo destruye. En un instante, alrededor de Malevil, cuya roca milenaria resiste a la hoguera, todo ha quedado aniquilado.
Desde los momentos iniciales, en el planeta carbonizado, los compañeros de Emanuel se encuentran con sus primeros enemigos: otros hombres, salvados también por milagro como ellos, pero que codician la fortaleza y sus reservas de vida.
¿Escenario retrospectivo de lo que pudieron haber sido los primeros pasos del hombre sobre el planeta? ¿Estudio futurológico de un núcleo humano?
Más singular aún -más cruel también- es la historia de unos pocos hombres encarnizados en mantener sobre la tierra los últimos vestigios de la especie humana, narración que corta el aliento, en donde abundan la pasión, los anhelos, las peripecias de la vida en un medio increíblemente primitivo, actual, y por eso mismo, infinito.

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No estoy muy lejos de creer que Colin es genial, y que he tenido razón de "aguantarle todo", como me lo ha reprochado Thomas y eso que en este instante, todavía no sé cómo Colin, bajo los muros de Malevil, ha abandonado su agujero y su fusil para confiar su destino a su arma favorita. Digamos para ser moderados que es un error de utilización. Cuando lo conozca, no modificará, sin embargo, mi apreciación con respecto al arco después de mi expedición al Estanque: un arma segura y silenciosa en una emboscada.

Retomo mi tranquilidad gradualmente, Feyrac era pues el octavo hombre. No estaba rezagado como yo había creído. Valientemente precedía a sus tropas en la retirada. Y a mi modo de ver, las precedía por poco porque de Malevil a La Roque hay unas empinadas cuestas. Feyrac no ha podido tener mucho adelanto y yo no tengo más que unos pocos minutos delante de mí. Sin embargo, el tiempo me parece largo, de barriga entre los helechos con Mauricio a mi lado.

Ya llegaron. Se desgranan a lo largo de la ruta, rojos, sudando, resoplando con sus zapatos sonando sobre el macadam. Miro sus cabezas de paisanos, sus manos rojas, su andar pesado; la carne de cañón de todas las guerras, incluso ésta. Si mi Peyssou estuviera aquí, tendría la sensación de tirar sobre sí mismo.

Tres caminan adelante, bastante frescos, me parece. Después otros dos, a algunos metros, luego dos más lejos, que siguen con dificultad. De acuerdo con mis consignas de tiro, los tres que van a la cabeza y los dos que se arrastran son nuestros condenados. Los más fuertes y los más débiles.

Llevo el silbato a mis labios y pongo mi mejilla sobre la culata. Se ha convenido con Colin que crucemos nuestros tiros para no tirar sobre el mismo blanco. Apunto al hombre que está más cerca del otro lado de la ruta y él al de mi lado. Meyssonnier y Hervé, en la parte baja de la línea recta, tienen las mismas convenciones que nosotros. Espero a que el pelotón haya sobrepasado el cartel. Cuando los dos del medio lo alcanzan, doy un silbido largo y tiro. Nuestros tiros de fusil salen al mismo tiempo y sólo se distingue de la detonación común la carabina 22 de Meyssonnier, de la que el chasquido, menos fuerte y más seco, llega con un tiempo de retardo. Cinco hombres caen. No caen de golpe, como en las películas de guerra, sino con una extrema lentitud, como al ralentí, los dos sobrevivientes ni siquiera piensan en aplastarse contra el suelo, se quedan parados, privados de todo reflejo. Recién después de dos o tres segundos, levantan los brazos. Era tiempo. Toco tres silbidos breves. Todo ha terminado.

Me doy vuelta hacia Mauricio y le digo en voz baja:

– ¿Esos dos tipos, quiénes son?

– El pequeño calvo con la panza, es Burg, el cocinero. El flaco es Jeannet, el asistente de Vilmain.

– ¿Nuevos?

– Sí, los dos.

Grito con voz fuerte sin mostrarme:

– Aquí Emanuel Comte, abate de Malevil. ¡Burg! ¡Jeannet! Recojan los fusiles de sus camaradas y pónganlos contra el cartel.

Despavoridos y petrificados, con las manos temblando en la punta de sus brazos, dos muchachos jóvenes, lívidos bajo su bronceado. Se sobresaltan violentamente cuando me oyen. Levantan la cabeza. En los dos taludes que, de uno y otro lado encajonan la ruta, ni una hoja se mueve. Miran para todos lados, desesperados. Hasta miran el cartel, como si mi voz hubiera podido salir del texto. ¡Yo estoy aquí, cuando ellos vienen de sitiarme en Malevil! ¡Y los llamo por su nombre!

Obedecen con lentitud y gesto dubitativo. Algunas armas están inmovilizadas bajo el cuerpo de sus dueños y deben, para recuperarlas, manipular con los cadáveres. Noto que lo hacen con mucha dulzura y que evitan también pisar la sangre de los muertos.

Cuando han terminado, silbo de nuevo tres veces. Me dejo deslizar por el talud y aterrizo sobre la ruta, seguido por Mauricio.

Digo con voz breve: "manos a la nuca", los prisioneros obedecen. Veo que Meyssonnier, metódicamente se asegura de que los cinco muertos estén bien muertos. Se lo agradezco. No es una tarea que me hubiera gustado asumir. Nadie dice palabra. Aunque traspire mucho, mis piernas están frías y entumecidas. Doy algunos pasos en la ruta. No voy muy lejos. Sangre por todos lados. La miro, respiro su olor a la vez soso y fuerte. Su rojo me parece más luminoso sobre el gris azulado de la ruta. Pero sé que no va a tardar mucho en empañarse y ennegrecer. Incomprensible raza humana. Esa preciosa sangre que, en el mundo de antes, se dividía en grupos, que se coleccionaba y que se guardaba mientras que en otras partes, al mismo tiempo, se la derramaba profusamente sobre el suelo. Miro a esos jóvenes muertos. Sobre los charcos en los que están acostados, ni una mosca, ni un moscardón. Una linda sangre roja desparramada, inútil a todos, hasta para los insectos.

– Señor Abate -dice de golpe el prisionero flaco.

– Deja de decir señor Abate.

– ¿Puedo bajar las manos? Tiene que excusarme, estoy por vomitar.

– Anda, muchacho.

Llega titubeando al costado del camino, se desploma sobre las rodillas, con los dos brazos extendidos apoyados en el suelo. Veo su espalda sacudida por las arcadas y me siento yo mismo pasablemente nauseoso. Me sacudo.

– Hervé, recuperarás la bicicleta y el bazooka. Y asegúrate que Feyrac esté bien muerto.

Me doy vuelta hacia los prisioneros, les digo que bajen las manos y los hago sentar. Tienen mucha necesidad de estar sentados. El pequeño calvo con la barriga es Burg, el cocinero. Ojos negros muy vivos, con aire astuto. El desmadejado, cuyos nervios no aguantan el golpe, es Jeannet. Me consideran los dos con un respeto supersticioso.

Me entero de muchas cosas. Armand ha muerto ayer a la mañana de la cuchillada que recibió. Apenas instalado en el castillo, Vilmain ha echado a Josefa: no quería que lo sirviera una mujer. Burg hacía la cocina y Jeannet servía la mesa. Cuando llegó Vilmain, Gazel también dejó el castillo, pero por su propia voluntad. Estaba indignado con el asesinato de Lanouaille.

No lo puedo creer. Les hago repetir esa información. ¡Bravo por ese payaso asexuado! ¿Quién hubiera podido prever que demostraría tanto coraje?

– No era solamente por el carnicero -dice Burg-. También pasaba que Gazel no aprobaba las "extralimitaciones".

– ¿Las "extralimitaciones"?

– Bueno, las violaciones -dice Burg. Era así como él las llamaba.

Hervé vuelve, empujando la bicicleta en la que el bazooka está atado. Sobre su barbita negra, sus mejillas están pálidas, sus rasgos tirantes. Apoya la bicicleta sobre el declive, se despoja de uno de los dos fusiles que lleva y se acerca:

– Feyrac no está muerto -dice con voz sin timbre-. Sufre mucho. Me pidió agua.

– ¿Entonces?

– ¿Qué hago?

Lo miro.

– Es muy simple. Tomas el auto, te vas a telefonear a Malejac, llamas a la clínica y pides una ambulancia. Y el domingo próximo le llevaremos naranjas.

Cosa extraña, a pesar de lo furioso que estoy, a medida que voy pronunciando esas palabras de antaño, la tristeza me envuelve.

Hervé baja la cabeza y con la punta del zapato rasca el alquitrán de la ruta.

– Eso no me gusta nada -dice con voz ahogada.

Mauricio se acerca.

– Puedo ir yo -dice mirándome con sus ojos negros brillando en las ranuras de sus párpados. No ha olvidado nada él. Ni su amigote René, ni Curcejac.

– Voy yo -dice Hervé con aire de despertarse.

Hace resbalar de su hombro la correa de su fusil y se aleja a un paso que poco a poco se reafirma. Sé muy bien lo que ha pasado: Feyrac le ha pedido de beber. Desde ese instante, el reflejo intrínseco del animal humano ha jugado. Feyrac se volvía tabú.

Me doy vuelta hacia los prisioneros.

– Prosigamos, Armand está muerto, Josefa echada. Gazel se ha ido. ¿Y entonces, en el castillo, quién quedaba?

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