– Pregúntaselo tú que fuiste quien le echó encima el gato…
Nos devanábamos los sesos y no acabábamos de comprenderte.
Antes de aprender a nadar eras sólo un don nadie al que a veces le preguntaban en clase, que por lo regular contestaba correctamente y se llamaba Joaquín Mahlke. Y sin embargo, creo que en el primer curso o más adelante, en todo caso antes de tus primeros ensayos natatorios, estuvimos sentados por algún tiempo en un mismo banco. O bien tú tenías tu lugar detrás de mí, o a la misma altura que yo en la sección central, en tanto que yo me sentaba con Schilling del lado de las ventanas.
Más adelante se dijo que habías llevado anteojos hasta el segundo año, lo que tampoco recuerdo. Ni tampoco me llamaron la atención tus eternas botas hasta que te hubiste emancipado nadando y empezaste a llevar colgando del cuello una cordonera de botas.
En aquella época agitaban el mundo graves acontecimientos; sin embargo, por lo que se refiere a Mahlke, su cronología no admitía más que dos etapas: antes de aprender a nadar y después de aprender a nadar.
Porque es lo cierto que cuando la guerra estalló en todas partes, no de golpe, sin duda, sino primero en la Westerplatte, luego en la radio y finalmente en los periódicos, él, aquel estudiante de bachillerato que no sabía nadar ni montar en bicicleta, era muy poquita cosa, y únicamente el dragaminas de la clase Czaika que más adelante había de proporcionarte tus primeras oportunidades de exhibición, desempeñaba ya su papel bélico, que por lo demás sólo había de durar unas pocas semanas, en el Putziger Wiek, en la Bahía y en el puerto de pescadores de Hela.
La flota polaca no era grande, pero sí ambiciosa.
Nos sabíamos de memoria todas sus modernas unidades, botadas unas en Inglaterra y otras en Francia, y podíamos recitar su artillería, su tonelaje y sus velocidades en nudos con la misma seguridad con que disparábamos los nombres de todos los cruceros ligeros italianos, y de todos los anticuados acorazados y monitores brasileños.
Con el tiempo, Mahlke se puso también a la cabeza en esta ciencia, y recitaba de carrerilla y sin titubear los nombres de los destructores japoneses, desde los de la moderna clase Kasumi, construidos en el treinta y ocho, hasta los más lentos de la clase Asagao, modernizada el año veintitrés: "Homiduki, Satuki, Yuduki, Hokaze, Nadakaze y Oite".
Los datos relativos a las unidades de la flota polaca eran fáciles de retener. Había los dos destructores Blyskawica y Grom, de dos mil toneladas y treinta y nueve nudos, pero éstos se hicieron a la mar dos días antes de estallar la guerra, se dirigieron a puertos ingleses y fueron incorporados a la flota inglesa. El Blyskawica existe todavía. Está anclado en calidad de museo flotante de la marina de guerra en Gdingen, en donde es visitado por las escuelas.
El mismo curso a Inglaterra siguió el destructor Borza, barco de mil quinientas toneladas que desarrollaba treinta y tres nudos. De los cinco submarinos polacos, únicamente el Wilk y, después de un viaje accidentado sin cartas de mareas ni comandante, el Orzel de mil cien toneladas, lograron llegar a puertos ingleses. En cuanto al Rys, el Zbik y el Semp, se hicieron internar en Suecia. Al iniciarse la guerra sólo quedaban en los puertos de Gdingen, Putzig, Heisternest y Hela un vejestorio de crucero que había sido antes francés y servía como buque-escuela y dormitorio, y el siembraminas Gryf, barco bien artillado, construido en los astilleros Normand, en El Havre, con dos mil doscientas toneladas, y que llevaba normalmente a bordo trescientas minas.
Además, el Wicher, como único destructor, algunos torpederos anteriormente alemanes de la Marina Imperial, y aquellos seis dragaminas de la clase Czaika, que desarrollaban dieciocho nudos, estaban equipados con un cañón de proa de siete coma cinco y cuatro ametralladoras sobre plataformas giratorias, y que según datos oficiales llevaban veinte minas a bordo, de modo que lo mismo las sembraban que las dragaban.
Y uno de aquellos botes de ciento ochenta y cinco toneladas se había construido expresamente para Mahlke. La guerra naval duró en la Bahía de Danzig del primero de setiembre al dos de octubre y rindió, después de la capitulación de la Península de Hela, el siguiente resultado puramente externo: las unidades polacas Gryf, Wicher, Baltyk y tres barcos de la clase Czaika, el Mewa, el Jaskolka y el Czapla, ardieron y se hundieron en los puertos, en tanto que el destructor alemán Leberecht Maas fue averiado por varios disparos de artillería y el dragaminas M 85 chocó al nordeste de Heisternest con una mina polaca contra submarinos y se hundió perdiendo un tercio de su tripulación.
Sólo fueron capturados los otros tres barcos, ligeramente averiados, de la clase Czaika, y mientras el Zuraw y el Czaika pudieron ser incorporados poco después al servicio alemán con los nombres de Oxthöft y Westerplatte, el tercero, el Rybitwa, al ser remolcado de Hela a Neufahrwasser, empezó a hacer agua, a hundirse y a esperar a Joaquín Mahlke, ya que fue éste quien el verano siguiente llevó a la superficie las plaquitas de latón que llevaban grabado el nombre de Rybitwa. Más adelante se dijo que un oficial polaco y un cabo de mar, que servían el timón bajo vigilancia alemana, hundieron el bote conforme al procedimiento bien conocido de Scapa Flow.
El caso es que, por una u otra razón, se hundió a un lado del canal y de la boya de entrada de Neufahrwasser, y pese a que estaba varado favorablemente en uno de las numerosos bancos de arena no fue puesto nuevamente a flote, sino que siguió emergiendo de la superficie con las superestructuras del puente, los restos de la borda, los ventiladores abollados y la plataforma giratoria del cañón desmontado de proa, primero cual una visión extraña que no tardó, con todo, en hacerse familiar, proporcionándote a ti, Joaquín Mahlke, un objetivo; de modo análogo a como aquel otro barco de guerra, el Gneisenau, que fue hundido en febrero del cuarenta y cinco a la entrada del puerto de Gdynia, proporcionó un objetivo a los escolares polacos.
Aunque nunca se sabrá si entre los jóvenes polacos que buceaban en el Gneisenau y lo saqueaban habría alguno que se sumergiera con el mismo fanatismo que Mahlke.
No tenía nada de hermoso.
Para ello hubiera debido hacerse reparar la nuez. Es posible que todo residiera en ese cartílago. Sin embargo, la cosa tenía sus compensaciones.
Por otra parte, tampoco ha de pretenderse demostrarlo todo con arreglo a las proporciones. Y en cuanto a su alma, nunca me fue presentada.
Nunca oí lo que pensara. En definitiva, quedan su cuello y los numerosos contrapesos del mismo. E incluso el hecho de que se llevara a la escuela y al establecimiento de baños montañas de emparedados de margarina y los devorara durante la clase o poco antes de meterse al agua, sólo ha de tomarse como otro indicio relativo a su nuez, porque lo probable es que aquel ratón participara en la comida, sin hartarse nunca.
Queda además su devoción, sus rezos ante el altar de la Virgen.
El Crucificado no le interesaba particularmente. Llamaba la atención que aquel subir y bajar de su cuello no llegara a pararse por completo cuando juntaba las puntas de los dedos para la oración; sin embargo, al rezar tragaba con disimulo, y mediante la posición exageradamente estilizada de sus manos llegaba en tales momentos a desviar la atención respecto de aquel ascender que, por encima del cuello de su camisa y de los apéndices consistentes en cordel, cordonera y cadenita, funcionando siempre.
Por lo demás, las muchachas no parecían interesarle mucho. Si hubiera tenido una hermana… Mis primas tampoco lograron ayudarlo.
En cuanto a su relación con Tula Pokriefke, no hay que tomarla en cuenta, ya que era de un carácter particular y, como número de circo -si se piensa que él quería ser payaso-, no hubiera dejado de tener lo suyo, porque la Tula de marras, un espárrago de muchacha con unas piernas como palillos, lo mismo hubiera podido ser muchacho.
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