Orhan Pamuk - Me Llamo Rojo
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No sabría decir cuánto tiempo más estuvimos así, examinando volumen tras volumen, página tras página. Era como si la edad dorada, inmóvil e inmutable, que mostraban las ilustraciones y las historias que observábamos se hubiera mezclado con el tiempo, húmedo y mohoso, que estábamos viviendo en la sala del Tesoro. Era como si las páginas, pintadas al precio de la luz de los ojos en los talleres de decenas de shas, príncipes, janes y sultanes, fueran a cobrar vida después de tantos años de estar ocultas en baúles poniendo en movimiento a todo tipo de caballos, como parecía hacerlo todo lo que nos rodeaba: los cascos, las espadas y dagas con empuñaduras incrustadas con diamantes, las armaduras, las tazas llegadas de la China, los polvorientos y delicados laúdes y los almohadones bordados con perlas y los tapices cuyos iguales habíamos visto realmente en las ilustraciones.
– Ahora comprendo que en realidad lo que han hecho los miles de ilustradores que han reproducido lentamente y de manera imperceptible la misma imagen a lo largo de los siglos ha sido la lenta e imperceptible conversión del mundo en otro.
He de confesar que no entendí del todo lo que quería decir el gran maestro. Pero el cuidado que demostraba con los miles de imágenes hechas en los últimos doscientos años desde Bujara y Herat a Tabriz, Bagdad y al mismo Estambul, ya hacía rato que iba mucho más allá de buscar una señal en los ollares de los caballos. Lo que estábamos haciendo era una especie de ceremonia de melancólica reverencia a la inspiración, el talento y la paciencia de todos los maestros que se habían dedicado a la pintura y a la ilustración durante siglos en estas tierras.
Por eso cuando las puertas de la sala del Tesoro se abrieron a la hora de la oración del anochecer y el Maestro Osman me dijo que no tenía el menor deseo de salir y que sólo si permanecía allí hasta el amanecer examinando ilustraciones a la luz de velas y candiles podría llevar a cabo correctamente la misión que le había encomendado Nuestro Sultán, mi primera reacción fue la de quedarme allí con él -y con el enano- y así se lo dije.
Cuando la puerta se abrió y mi maestro hizo saber aquella decisión nuestra a los agás que nos esperaban fuera y le pidió permiso al Tesorero Imperial, me arrepentí de inmediato. Echaba de menos a Seküre y la casa. Me inquietaba enormemente pensar cómo pasaría la noche sola con los niños, cómo podría cerrar con firmeza la ventana de los postigos ahora ya reparados.
Me llamaban a la maravillosa vida del exterior los enormes y húmedos plátanos del Patio Privado, que se veían apenas, como si estuvieran entre nieblas, a través de la única hoja abierta de la puerta de la sala del Tesoro, y los movimientos de dos jóvenes pajes que hablaban entre ellos usando los gestos de los sordos para no molestar a Nuestro Sultán con sus voces, pero me paralizó una sensación de vergüenza y culpabilidad.
50. Nosotros, dos derviches errantes
Teniendo en cuenta que se han extendido hasta la sección de ilustradores, muy probablemente gracias al enano Cezmi agá, los rumores de cómo hay también una imagen nuestra en un álbum, entre otras páginas llegadas de China, Samarcanda y Herat, en el rincón más oculto del tesoro que los ancestros de Su Majestad Nuestro Sultán llenaron conquistando y saqueando cientos de países a lo largo de cientos de años, creemos que nosotros también debemos contar nuestra historia a nuestra manera y ojalá nadie de la selecta clientela que atesta este café se sienta ofendido.
Han pasado cien años desde nuestra muerte y cuarenta desde que se cerraron nuestros incorregibles monasterios, focos de herejía, hogares del Diablo y, además, partidarios de los persas, pero, mirad, estamos ante vosotros. ¿Cómo? ¡Pues porque hemos sido pintados a la manera de los francos! Como se puede ver en esta pintura, un día nosotros, dos derviches errantes, caminábamos de una ciudad a otra por los dominios de Nuestro Sultán.
Vamos descalzos, con las cabezas afeitadas, medio desnudos, cada uno con un jubón y una piel de gamo, cinturones al talle, cayados en la mano y nuestras escudillas colgando de las cadenas que llevamos al cuello, además uno de nosotros lleva un hacha para cortar leña y el otro una cuchara para comer lo que Dios quiera que entre en nuestras escudillas.
En ese momento mi querido amigo, mi compañero, y yo estábamos entregados a la misma eterna discusión: quién usaría antes la cuchara para comer de su escudilla. Estábamos ante la fuente de una hospedería entregados a aquel primero yo, no primero yo, cuando un hombre extraño, un viajero franco, nos detuvo, nos dio a cada uno una moneda veneciana de plata y comenzó a pintarnos.
Era franco, y, por lo tanto, extraño. Nos colocó justo en medio del papel, como si fuéramos la tienda de Nuestro Sultán, y nos estaba pintando tal como estábamos, medio desnudos, cuando se me vino algo a la cabeza de repente y se lo conté a mi querido camarada: para que pareciéramos verdaderos derviches kalenderis, pobres y mendicantes, debíamos volver el iris de los ojos hacia dentro y el blanco hacia fuera y mirar como los ciegos, y así lo hicimos. En situaciones parecidas es parte de la naturaleza del derviche el contemplar el mundo que hay en su mente y no el exterior, y como además nuestras cabezas estaban atiborradas de hachís, el paisaje interior era mucho más agradable.
Y además el paisaje exterior empeoró. Porque oímos cómo gritaba y chillaba un señor religioso.
Por Dios, que no se nos malinterprete ahora. Hablamos de un Señor Religioso y la semana pasada eso se malinterpretó en este bonito café; de la misma manera que ese Señor Religioso no es Su Excelencia el maestro Nusret, el predicador de Erzurum, tampoco es el maestro Husret, de padre desconocido, ni el maestro de Sivas que follaba con el Diablo en lo alto de un árbol. Porque los que todo lo retuercen han dicho que si alguien vuelve a hablar mal de Su Excelencia el Señor Predicador, le cortarán la lengua al señor cuentista y pondrán patas arriba el café.
Como hace ciento veinte años aún no había café, el Señor Religioso a quien nos referimos echaba fuego de rabia por la boca.
– ¿Por qué pintas a éstos, franco infiel? -decía-. Estos vergonzosos kalenderis van por ahí robando y mendigando, toman hachís, beben vino, fornican unos con otros y, como se puede ver por su manera de ir medio desnudos, no saben lo que son la oración, la piedad, el hogar, la familia ni la patria, son la vergüenza del mundo. Teniendo nuestro país tantas cosas bellas, ¿por qué pintas a estos asquerosos? ¿Para mostrar nuestras miserias?
– No, porque la pintura de vuestras miserias me supone más dinero -le contestó el franco infiel y nosotros, los dos derviches, nos quedamos estupefactos ante la fuerza del razonamiento del ilustrador.
– ¿Y mostrarías hermoso al Diablo si eso te supusiera mas dinero? -le replicó el Señor Religioso intentando llevarle a un astuto debate, pero, como puede deducirse por esta pintura nuestra, el ilustrador franco era un auténtico artesano y no le interesaba el parloteo sino su obra y el dinero, así que no le prestó atención.
Así pues, nos pintó, guardó la pintura en las alforjas del caballo y regresó al país de los francos, pero como el victorioso ejército de la casa de Osman también conquistó y saqueó aquella ciudad a orillas del Danubio, nosotros dimos marcha atrás hasta llegar a Estambul, a la cámara del Tesoro. Y de allí, copiados cuidadosamente de cuadernos secretos a libros, acabamos por llegar a este establecimiento feliz donde se toma café como si fuera un elixir rejuvenecedor. Ahora,
UNA BREVE EXPLICACIÓN SOBRE LA PINTURA,
LA MUERTE Y NUESTRO LUGAR EN EL MUNDO
El Señor Religioso de Konya que mencionamos poco antes declaraba lo siguiente en algún lugar del grueso volumen que reunía sus sermones, que ordenó pasar por escrito: los kalenderis sobran en este mundo. Porque en este mundo la gente se divide en cuatro clases: 1. Señores; 2. Comerciantes; 3. Campesinos; 4. Artistas. No están en ninguna de ellas. Por lo tanto, sobran.
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