Orhan Pamuk - Me Llamo Rojo

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Me llamo Rojo nos introduce en el esplendor y la decadencia del Imperio Turco, una potencia que llegó hasta las puertas de Viena. Viajamos hasta el siglo XVI, el sultán desea inmortalizar su figura en un lienzo, pero la ley islámica lo prohíbe. La tentación vence y cuatro artistas trabajarán en secreto, elaborando un libro lleno de imágenes nunca antes pintadas. Hasta que uno de ellos desaparece.

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Su nombre verdadero es Velican e ignoro si tiene algún otro sobrenombre aparte del que yo le di porque nunca he visto su firma. Cuando era aprendiz venía a casa a recogerle los martes. Es muy orgulloso; y esto quiere decir que si alguna vez se hubiera rebajado a firmar su trabajo habría querido que la firma se viera y se reconociera, por lo que no la habría ocultado. Dios le concedió facultades de sobra. Todo le resulta fácil, desde dorar hasta trazar líneas, y todo lo hace bien. Él es el artista más brillante de los talleres en lo que respecta a pintar árboles, animales y rostros humanos. El padre de Velican, que lo trajo a Estambul cuando tenía diez años, creo, había sido formado por Siyavus, el famoso pintor de rostros, en los talleres de Tabriz del sha safaví, y la genealogía de sus maestros llegaba hasta los mismísimos mongoles. Como trae consigo la influencia chinomongola, pinta a los jóvenes amantes como lo hacían los ancianos maestros que se instalaron en Samarcanda, Bujara y Herat hace ciento cincuenta años, con cara de luna, a la manera de los chinos. Ni de aprendiz ni de maestro pude quitarle aquella terca manía suya. Quise que se apartara del estilo y de los modelos de los maestros mongoles, chinos y de Herat que guardaba en las profundidades de su alma e incluso, si era necesario, que los olvidara. Cuando se lo decía me respondía que, como casi todos los ilustradores que cambian de taller y de país, de hecho ya los había olvidado y que en realidad jamás había aprendido aquellos modelos. La mayoría de los ilustradores son inestimables precisamente por esos modelos maravillosos que guardan en la memoria, pero si Velican los hubiera olvidado habría sido aún más grande. No obstante, el que guardara en el fondo de su alma lo que había aprendido de sus maestros, como si fueran pecados irrenunciables, le servía para dos cosas, aunque él mismo no fuera consciente: 1. Aquello le daba un sentimiento de culpabilidad y de ser ajeno a los otros que permitiría que un ilustrador con tanto talento como él tenía llegara a su madurez. 2. En los momentos difíciles recordaba lo que decía haber olvidado y podía salir con bien de cualquier historia o tema nuevos, de cualquier escena desacostumbrada, recurriendo a alguno de los viejos modelos de Herat. Como tenía buen ojo, sabía adaptar armónicamente a la nueva pintura lo que había aprendido de los viejos modelos, de los antiguos maestros del sha Tahmasp. Guiadas por su mano, la pintura de Herat y la ilustración de Estambul se mezclaban de una manera armónica.

En cierta ocasión, como hacía con todos mis ilustradores, me presenté en su casa sin avisar. Al contrario de lo que ocurre conmigo y con la mayoría de los ilustradores, el rincón donde se sentaba a trabajar era un revoltijo impresionante, con las pinturas, los pinceles, los pulidores de conchas marinas y el atril todo revuelto y lleno de suciedad. Para mi aquello era un enigma: pero él ni siquiera se avergonzó. Además, no hacía trabajos para fuera con la intención de ganarse un puñado de ásperos de más. Cuando se lo conté, Negro me dijo que era Aceituna quien mayor entusiasmo sentía por el estilo de los maestros francos de su difunto Tío y quien mejor se adaptaba a él. Comprendí que para el difunto imbécil aquello era un elogio. Y también un diagnóstico erróneo. No sé si en secreto Aceituna permanecería aún más vinculado de lo que parecía al estilo de Herat, que había pasado a él a través de Siyavus, el maestro de su padre, y de Muzaffer, el maestro de éste, y a la época en la que vivió Behzat y a los antiguos maestros, pero siempre me ha hecho pensar si no habría en él otras cosas ocultas. De todos mis ilustradores, él es el más silencioso, el más sensible, el más culpable, el más traidor y el más retorcido (dije todo aquello tal y como lo sentía). Cuando el Comandante de la Guardia mencionó la tortura él fue quien primero se me vino a la cabeza (quería tanto que lo torturaran como que no lo hicieran). Tiene unos ojos vivísimos: todo lo ve, de todo se da cuenta, incluso de mis defectos; pero raras veces, con la prudencia de un desterrado capaz de adaptarse a todo, abre la boca para señalar nuestros errores. Es retorcido, sí, pero no creo que sea un asesino (eso no fui capaz de decírselo a Negro). Porque no cree en nada. Ni siquiera cree en el dinero, aunque lo acumule como un cobarde. En cambio, al contrario de lo que se piensa, los asesinos no surgen de entre los descreídos, sino de entre los que creen demasiado. La ilustración es una puerta que conduce a la pintura y la pintura, Dios nos libre, lleva a desafiar a Dios; eso lo sabe todo el mundo. Aceituna es un auténtico pintor a causa precisamente de la falta de fe entendida así. Pero ahora pienso que sus aptitudes son inferiores a las de Mariposa e incluso a las de Cigüeña. Me habría gustado que fuera mi hijo. Diciendo esto último quise provocar los celos de Negro, pero se limitó a abrir sus ojos oscuros y a lanzarme una mirada infantil. Entonces le dije que Aceituna era maravilloso cuando trabajaba con tinta negra dibujando para álbumes guerreros solitarios, escenas de caza, paisajes con cigüeñas y garzas como los chinos, apuestos muchachos que tocaban el laúd y recitaban poesías al pie de un árbol, pintando la tristeza de amantes legendarios, la ira de un sha armado con su espada, o el temor en el rostro del héroe al esquivar el ataque de un dragón.

– Quizá quería que fuera él quien hiciese la última pintura, esa en la que aparecerían con todo detalle, a la manera de los francos, el rostro y la manera de sentarse de Nuestro Sultán.

¿Acaso quería confundirme?

– De haber sido así, ¿para qué iba a llevarse Aceituna una pintura que ya conocía después de haber matado al Tío? -le respondí-. O ¿para qué iba a haber matado al Tío para ver esa pintura?

Durante un rato meditamos en silencio.

– Porque en esa pintura faltaba algo -dijo Negro-. O porque se había arrepentido de algo y tenía miedo. O… -pensó un poco-. ¿No podría ser que se la hubiera llevado porque simplemente quiso hacer daño después de haber matado a mi Tío, o porque quisiera un recuerdo, o sencillamente sin razón alguna? Aceituna es un gran ilustrador y naturalmente sentirá respeto por una pintura hermosa.

– Ya hemos hablado de que Aceituna es un gran ilustrador -le contesté enfureciéndome-. Pero ninguna de estas pinturas de tu Tío es hermosa.

– No hemos visto la última -me respondió Negro audazmente.

Los atributos de Mariposa

Se le conoce por el nombre de Hasan Çelebi, el del barrio de la Fábrica de Pólvora, pero para mí siempre ha sido Mariposa. Ese nombre me recuerda la hermosura de su infancia y juventud. Es tan apuesto que quienes lo ven no dan crédito a sus ojos y quieren verlo por segunda vez. Siempre me ha sorprendido el milagro: que tenga tanto talento como belleza. Es un maestro del color, ésa es su faceta más notable; pinta con amor, repasando una y otra vez, como por el puro placer de extender los colores. Pero también le dije a Negro que era venal, indeciso y que carecía de objetivos. Para ser justo añadí que era un auténtico ilustrador que pintaba con el corazón. Si la ilustración no se hace para la inteligencia, ni para dirigirse al animal que hay en nosotros, ni para alimentar el orgullo del sultán, sino para que sea una fiesta para los ojos, entonces Mariposa es todo un ilustrador. Como si hubiera recibido lecciones de los maestros de Kazvin de hace cuarenta años, traza curvas amplias, cómodas, felices, aplica con audacia colores puros y brillantes y siempre hay una dulce redondez en la secreta composición de sus páginas, pero he sido yo quien le ha formado y no esos maestros de Kazvin muertos hace tanto. Quizá por eso lo quiero como a un hijo, incluso más, pero no lo admiro en absoluto. En su niñez y en su primera juventud, como he hecho con todos mis aprendices, le pegué bastante con los mangos de los pinceles, con reglas, y hasta con algún leño, pero no es por eso por lo que no lo respeto. Porque también le pegué mucho con la regla a Cigüeña pero a él sí lo respeto. Al contrario de lo que se cree, las palizas del maestro no acobardan a los duendes y el demonio del talento que tiene en su interior el joven aprendiz, sino que sólo los suprimen temporalmente. Si es una buena paliza, y merecida, los duendes y el Diablo surgirán de nuevo y estimularán en su trabajo al ilustrador que se está formando. En cuanto a las palizas que le di a Mariposa, lo convirtieron en un ilustrador dichoso y obediente.

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