Orhan Pamuk - Me Llamo Rojo

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Me llamo Rojo nos introduce en el esplendor y la decadencia del Imperio Turco, una potencia que llegó hasta las puertas de Viena. Viajamos hasta el siglo XVI, el sultán desea inmortalizar su figura en un lienzo, pero la ley islámica lo prohíbe. La tentación vence y cuatro artistas trabajarán en secreto, elaborando un libro lleno de imágenes nunca antes pintadas. Hasta que uno de ellos desaparece.

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– ¿A cuántos?

– No a muchos. A dos.

– ¿Con una espada?

– Sí, con una espada.

– ¿Andan por ahí sus espíritus?

– No lo sé. Según los libros, deberían hacerlo.

– El tío Hasan tiene una espada roja tan afilada que te corta sólo con tocarla. Tiene también un puñal con rubíes en la empuñadura. ¿Mataste tú a mi padre?

Hice un movimiento con la cabeza que no quería decir ni sí ni no.

– ¿Cómo sabes que tu padre está muerto?

– Eso dijo ayer mi madre. Que ya no iba a volver. Lo había soñado.

Si se nos presenta la ocasión siempre preferimos creer que hacemos por un objetivo más loable las maldades que estamos dispuestos a hacer por nuestros miserables intereses, por los sentimientos que nos hacen arder de pasión o por el amor que nos convierte en seres desilusionados y así, en ese momento, decidí una vez más que yo sería el padre de aquellos huérfanos y por eso escuché con aún más atención a su abuelo, que al regresar a la casa volvió a describirme el libro cuyas ilustraciones y texto debían ser completados.

Comencemos por las ilustraciones que me mostró mi Tío, por ejemplo por el caballo: a pesar de que no hubiera ningún ser humano en la pintura y de que alrededor del caballo todo estuviera vacío, no me atrevería a decir que era sólo la imagen de un caballo. Allí estaba el animal, pero estaba claro que el jinete se había apartado a un lado o, quién sabe, que estaba a punto de salir de detrás de alguno de los arbustos pintados al estilo de Kazvin que había al fondo. Y eso podía comprenderlo, lo quisiera o no, por la silla del caballo y por los ricos motivos que la adornaban. Quizá estaba a punto de aparecer alguien armado con una espada junto al caballo.

Estaba claro que mi Tío le había pedido a algún maestro ilustrador que había llamado en secreto que le pintara la imagen de un caballo. Y como dicho ilustrador sólo podía pasar al papel la imagen de un caballo que tenía enterrada en la mente como un modelo invariable empezando a dibujarla de memoria como parte de una historia, así fue precisamente como comenzó a hacerla. Pero era evidente que mi Tío, inspirándose en los métodos de los maestros francos, había intervenido en muchos detalles de la pintura del caballo, surgida de otras parecidas que el ilustrador debía de haber visto miles de veces en escenas de batallas o de amor. Por ejemplo, diciéndole: «No pintes el jinete» o: «Haz ahí un árbol. Pero ponlo atrás y que sea pequeño».

Aquel ilustrador llegado de noche se sentaba ante el escritorio con mi Tío y trabajaba con entusiasmo a la luz de las velas en aquellas extrañas y anómalas pinturas que no se parecían en absoluto a las escenas a las que estaba acostumbrado y que se sabía de memoria, tanto porque mi Tío le pagaba un buen dinero por cada una de ellas como porque en realidad le atraía aquella extraña manera de pintar. Pero, justo como le ocurría a mi Tío, también llegaba un momento en que el pintor ya no sabía qué historia adornaba e ilustraba la imagen del caballo. Lo que mi Tío esperaba de mí era que observara aquellas pinturas medio venecianas, medio persas y que le escribiera una historia adecuada para la página opuesta. No tenía otro remedio que escribirlas si quería poseer a Seküre, pero no se me iba de la cabeza lo que el cuentista había narrado en el café.

23. Me llamarán Asesino

Mi reloj, con sus engranajes haciendo tic tac, me decía que había llegado el anochecer; todavía no se había llamado a la oración pero hacía ya rato que había encendido el candelabro que tenía junto a la mesa de lectura. Había pintado un opiómano rápidamente y de memoria después de sumergir mi cálamo en tinta china negra y pasarlo de manera que se deslizara a toda velocidad por el papel, bien pulido y acabado, cuando oí en mi cabeza aquella voz que cada noche me llamaba para que saliera a la calle. Pero me contuve. Estaba tan decidido a no salir y a quedarme en casa trabajando que incluso en cierto momento intenté clavar la puerta al marco.

El libro que estaba ilustrando a tanta velocidad me lo había encargado un armenio venido desde Gálata que había llamado a mi puerta aquella mañana antes de que nadie se hubiera despertado. El hombre, que hacía de intérprete y guía a pesar de su tartamudez, acudía a mí cada vez que algún viajero francoitaliano quería un Libro de vestiduras e iniciaba un duro regateo. Aquella mañana acordamos ciento veinte ásperos por un libro mediocre de unas veinte ilustraciones y para aquella tarde a la hora de la oración ya había dibujado de una sentada una docena de personajes de Estambul prestando especial cuidado y atención a sus ropajes: un seyhülislam, un jefe de los porteros de palacio, un imán, un jenízaro, un derviche, un espahí, un cadí, un vendedor de vísceras, un verdugo -son muy apreciados cuando se dibujan mientras están torturando-, un pordiosero, una mujer yendo a los baños, un opiómano. He hecho tantos libros de éstos para ganar un puñado de ásperos más, que para no aburrirme mientras pinto juego conmigo mismo a si soy capaz de pintar al cadí sin levantar la punta del pincel del papel o si puedo dibujar al pordiosero con los ojos cerrados.

Todos los bandidos, poetas y desdichados saben que a la hora de la oración del anochecer los duendes y diablos de su interior brincan a un tiempo, se rebelan e intentan seducirlos: «A la calle, a la calle -nos dice la voz inquieta de nuestro corazón-. Corre hacia los demás, hacia la oscuridad, hacia la miseria, hacia el escándalo». Durante años me he dedicado a intentar calmarlos. Esas pinturas que tanta gente considera un milagro surgido de mis manos las pinté con la ayuda de dichos duendes y diablos. Pero desde hace siete días, desde que maté a ese miserable, al anochecer ya no puedo conseguir que me escuchen los duendes y diablos de mi interior. Se rebelan con tal violencia que me digo: «Quizá se calmen si salgo un rato».

Después de decirme aquello, sin entender cómo había ocurrido, como siempre me pasa, me encontré en la calle. Caminé a toda velocidad. Anduve como si no pudiera detenerme por calles nevadas, por pasajes fangosos, por cuestas heladas, por aceras por las que no pasaba nadie. Mientras caminaba, mientras descendía hacia la oscuridad de la noche, hacia los rincones más solitarios y desiertos de la ciudad, lentamente iba dejando atrás mi pecado y mis miedos se aliviaban al resonar mis pasos en las estrechas calles, en los muros de posadas de piedra, de medersas y mezquitas.

Mis pasos me condujeron por sí solos a las calles abandonadas de este suburbio al que venía cada noche y en el que incluso los demonios y los fantasmas no son capaces de entrar sin un estremecimiento. Había oído decir que la mitad de los hombres de este barrio había muerto en la guerra con Persia y que la otra mitad lo había abandonado convencida de que estaba maldito, pero yo no creo en cosas así. La única catástrofe que le ocurrió a este hermoso barrio a causa de la guerra con Persia fue que hace cuarenta años cerraran a cal y canto el monasterio de los kalenderis con la excusa de que era un nido de enemigos.

Rodeé las zarzas y los laureles, que tan bien huelen incluso cuando hace frío, arreglé con mi meticulosidad habitual las tablas que había entre la desplomada chimenea y las ventanas con los postigos caídos y entré. Aspiré el aroma centenario a incienso y moho. Me alegró de tal manera estar allí que creí que iba a derramar lágrimas de felicidad.

Si todavía no lo he dicho, me gustaría decir ahora que no temo a nadie sino a Dios y que la pena que se me pueda imponer en este mundo no me importa lo más mínimo. Mi miedo son los múltiples tormentos que los asesinos como yo sufriremos el Día del Juicio según está indicado claramente en el Sagrado Corán, por ejemplo en la azora del Criterio. Cada vez que aparecen ante mis ojos los colores y la violencia de ese castigo, que me recuerdan a las imágenes simples e infantiles pero terribles del Infierno pintadas sobre pergamino por los antiguos artistas árabes que he visto en los escasos libros antiguos que caen en mis manos o, por alguna extraña razón, a las torturas de los demonios pintados por los maestros chinos y mongoles, no puedo impedir seguir el camino de la analogía y desarrollar el siguiente razonamiento: ¿Qué dice la azora del Viaje Nocturno en su trigésima tercera aleya? ¿No dice que no debe matarse sin un justo motivo a nadie cuya muerte Dios haya prohibido? Bien, pues, el miserable al que he enviado al Infierno no era un creyente cuya muerte hubiera prohibido Dios; y además tenía muy justos motivos para destrozarle el cráneo.

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