Orhan Pamuk - Me Llamo Rojo

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Me llamo Rojo nos introduce en el esplendor y la decadencia del Imperio Turco, una potencia que llegó hasta las puertas de Viena. Viajamos hasta el siglo XVI, el sultán desea inmortalizar su figura en un lienzo, pero la ley islámica lo prohíbe. La tentación vence y cuatro artistas trabajarán en secreto, elaborando un libro lleno de imágenes nunca antes pintadas. Hasta que uno de ellos desaparece.

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Al llegar a casa Orhan gritó con tanta alegría «¡Hemos llegado a casa!» que en ese momento nació en mí la esperanza de que Azrael se compadecería de nosotros y que Dios le daría algo más de tiempo. No obstante, como sabía por experiencia que nunca se sabe qué vida reclamará el Altísimo Dios ni cuándo, no me hice demasiadas ilusiones.

Bajamos del caballo a Negro con dificultad, entre todos lo subimos al piso de arriba, lo introdujimos en el cuarto de mi padre, el de la puerta azul, y lo acostamos. Entre Hayriye y yo le quitamos la ropa rasgándola y cortándola con unas tijeras: la camisa sangrienta que se le había pegado al cuerpo, el fajín, los zapatos, la ropa interior, hasta los calzones. Al abrir los postigos el suave sol de invierno que jugaba con las ramas en el patio inundó la habitación y, reflejándose en los aguamaniles, en los cuencos, en los botes de goma arábiga, en los tinteros, en los fragmentos de cristal y en los cortaplumas, iluminó la piel color muerte y las heridas color cereza de Negro.

Humedecí con agua caliente trozos de tela de sábana que había frotado con jabón y lavé el cuerpo de Negro con el mismo cuidado con que habría lavado una antigua y valiosa alfombra y con el mismo cariño y la solicitud que habría puesto si cuidara a uno de mis hijos. Le lavé la cara sin apretarle los moratones, la nariz sin maltratarle el corte y la terrible herida del hombro con la pericia de un médico. Como hacía cuando bañaba a los niños cuando eran pequeños le decía tonterías entonando una melodía. También tenía cortes en el pecho y en los brazos. Le habían mordido los dedos de la mano izquierda y se los habían dejado completamente morados. Los paños con los que le lavaba iban llenándose de sangre según se los pasaba por el cuerpo. Le toqué el pecho; sentí con la mano la suavidad de su vientre; le miré largo rato el miembro: desde abajo, desde el patio, llegaban las voces de los niños. ¿Por qué le llamarán a eso algunos poetas el cálamo de caña?

Bajé al oír que Ester entraba en la cocina con la voz alegre y el tono misterioso que ponía cuando traía noticias frescas.

Ester estaba tan excitada que comenzó a contármelo todo sin ni siquiera abrazarme ni besarme: habían encontrado la cabeza de Aceituna a la puerta del taller junto con el atadillo y las pinturas que probaban sus crímenes. Se disponía a huir a la India pero había querido ver el taller por última vez.

Había testigos: cuando Hasan vio allí a Aceituna desenvainó su espada roja y le decapitó de un tajo.

Mientras ella me contaba todo aquello yo pensaba dónde estaría mi pobre padre. Saber que el asesino se había llevado su merecido primero me alivió del miedo. Luego sentí que la venganza te da una agradable sensación de tranquilidad y justicia cumplida. En ese momento sentí mucha curiosidad por cómo viviría mi padre aquella sensación desde allá donde se encontrara y de repente el mundo entero me pareció como un palacio de innumerables habitaciones cuyas puertas dieran unas a otras. Sólo podíamos pasar de una habitación a la siguiente recordando y soñando pero la mayoría apenas lo hacíamos por pura pereza y siempre esperábamos sin salir de la misma.

– No llores, bonita -dijo Ester-. Mira, al final todo ha acabado bien.

Le di cuatro piezas de oro. Una a una se las llevó lujuriosamente a la boca y las mordió con avidez y deseo pero de manera inexperta.

– Ronda por todas partes el oro falso de los infieles venecianos -dijo sonriendo.

En cuanto desapareció le dije a Hayriye que no dejara que los niños fueran al piso de arriba. Subí y cerré la puerta con llave. Me acerqué apasionadamente al cuerpo desnudo de Negro y le hice con más curiosidad que deseo y más cuidado que miedo lo que me había pedido que le hiciera en la casa del Judío Ahorcado la noche en que habían matado a mi pobre padre.

No puedo decir que entienda por completo por qué de la misma manera que los poetas persas llevan siglos comparando aquello con un cálamo de caña comparan la boca de las mujeres con un tintero, ni lo que hay en el fondo de esos símiles cuyo origen se ha olvidado a fuerza de repetirlos de memoria: ¿Es la pequeñez de la boca? ¿El misterioso silencio del tintero? ¿El hecho de que Dios es pintor? Pero sin duda el amor es algo que debe ser comprendido no con la lógica de alguien como yo, que continuamente está haciendo funcionar la cabeza para protegerse, sino, precisamente, con su falta de lógica.

Así pues, dejadme que os revele un secreto: lo que tenía en la boca en aquella habitación que olía a muerte no me entusiasmaba lo más mínimo. Lo que de veras me excitaba mientras estaba allí sintiendo que el mundo entero latía en mi boca era oír los alegres gritos de mis hijos empujándose e insultándose en el patio.

Mientras tenía la boca ocupada mis ojos podían ver que Negro me miraba a la cara de una manera completamente distinta. Me dijo que nunca podría olvidar mi cara ni mi boca. Su piel olía al papel mohoso de algunos libros antiguos de mi padre; el olor a polvo y telas de la sala del Tesoro había impregnado su pelo. Cuando me distraía y le rozaba las heridas, los moratones y los cortes, gemía como un niño, se iba alejando de la muerte y entonces yo notaba que en el futuro estaría más ligada a él. Nuestro acto de amor, que se iba acelerando lentamente como el barco al que el viento hincha poco a poco las velas, se encaminó valerosamente hacia mares desconocidos, como ese mismo velero solemne.

Me daba cuenta de que Negro había navegado antes mucho por aquellas aguas, quién sabe con qué indecentes mujeres, por su manera de dominar el timón estando incluso en el umbral de la muerte. Mientras yo ignoraba si lo que besaba era mi brazo o el suyo, si lo que introducía en mi boca era mi dedo o una vida entera, y todo lo confundía, él, medio ebrio por las heridas y el placer, observaba con un único ojo entreabierto adonde se dirigía el mundo, de vez en cuando me cogía cuidadosamente la cara entre las manos y la contemplaba con la admiración de quien ve una pintura pero al momento siguiente podía mirarla como si fuera la de una prostituta de Mingeria.

Me asustó que en el momento del placer gritara como los héroes legendarios que se parten en dos con la espada en las ilustraciones legendarias que muestran cómo los ejércitos de Irán y Turan se lanzan el uno contra el otro y que su grito se oyera en el barrio entero. Pero como un auténtico maestro ilustrador, que incluso en los momentos de mayor inspiración en que su mano mueve el cálamo siguiendo directamente las órdenes de Dios es capaz de tener en cuenta la forma y la composición de la página entera, Negro era capaz de mantener el control en cuanto al lugar que ocupábamos en el mundo incluso en los momentos de mayor excitación.

– Les dices que le estabas poniendo ungüentos a las heridas de su padre.

Aquella frase no sólo le dio color a nuestro amor, que se había atascado entre la vida y la muerte, lo prohibido y el Paraíso, la desesperación y la vergüenza, sino que se convirtió en su excusa. En los veintiséis años siguientes, hasta que mi querido marido Negro cayó fulminado por un ataque al corazón junto al pozo, hacíamos el amor siempre a primera hora de la tarde mientras la luz del sol entraba por los postigos, los primeros años escuchando los gritos de Sevket y Orhan, y siempre lo llamábamos «poner ungüentos a las heridas». Y así fue como mis celosos hijos, de quienes yo no quería que sufrieran las demandas y las envidias de un padre rudo y triste, pudieron seguir durmiendo conmigo por las noches durante años. Todas las mujeres con la cabeza sobre los hombros saben que es mucho mejor dormir abrazada a los hijos que a un marido abatido y maltratado por la vida.

Nosotros, los niños y yo, fuimos felices, pero Negro no pudo serlo. La razón más visible era que nunca se le llegó a curar del todo la herida del hombro y del cuello y mi querido marido se quedó, según les oía a veces decir a otros, «lisiado». No era una invalidez que le dificultara la vida más allá del aspecto físico. Incluso a veces pude oír a mujeres que lo veían de lejos que mi marido era un hombre apuesto. Pero el hombro derecho se le quedó para siempre caído y el cuello inclinado de una extraña manera. A veces me llegaban a los oídos rumores según los cuales una mujer como yo sólo podía estar satisfecha con un marido al que pudiera mirar por encima del hombro, y que la invalidez de Negro era tanto la causa de su desdicha como el motivo secreto de nuestra mutua felicidad.

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