Orhan Pamuk - Me Llamo Rojo
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Del interior salió un mozo con la cara cubierta de sangre; creí que iba a desplomarse pero se limpió la sangre de la frente y las mejillas con la manga de la camisa, se unió a nosotros y comenzó a contemplar el asalto. La multitud, temerosa, se había retirado ligeramente. Me di cuenta de que Negro reconocía a alguien entre la multitud y de que dudaba por un instante. Comprendí que estaban llegando los jenízaros o cualquier otro grupo armado de garrotes por la manera en que se dispersaron los erzurumíes. Las antorchas se apagaron y en la multitud se produjo una enorme confusión.
Negro me agarró del brazo y me apartó para que siguiera al estudiante. «Id por calles laterales -dijo-. Te llevará a tu casa». El estudiante quería desaparecer lo antes posible, así que nos alejamos a la carrera. Seguía pensando en Negro, pero si retiran a esta Ester vuestra de la acción ya no puede contaros cómo sigue la historia.
54. Yo, la mujer
¡Señor cuentista, puedes imitar cualquier cosa pero no puedes ser una mujer! Eso dicen pero yo afirmo lo contrario. Sí, nunca he podido casarme porque he estado continuamente de ciudad en ciudad narrando historias hasta medianoche e imitando cualquier cosa hasta enronquecer en bodas, diversiones y cafés. Pero eso no significa en absoluto que no conozca a las mujeres.
Conozco muy bien a las mujeres e incluso he tratado personalmente con cuatro de ellas, les he visto la cara y les he hablado. Son las siguientes:
1. Mi difunta madre. 2. Mi querida tía. 3. La mujer de mi hermano mayor, el mismo que siempre me pegaba, que me decía que saliera de la habitación en cuanto me veía (fue de la primera de la que me enamoré). 4. Una mujer a la que vi por un instante en una ventana abierta en Konya durante uno de mis viajes. Aunque nunca le hablé, durante años, todavía ahora, alimenté por ella lujuriosos sentimientos. Quizá ya haya muerto.
Como ver a una mujer con la cara descubierta, hablar con ella y verla en su condición humana puede provocar en nosotros, los hombres, profundos dolores carnales y espirituales, lo mejor es no verlas antes de la boda, como ordena nuestra religión, especialmente a las hermosas. Para satisfacer las necesidades del cuerpo la única solución es buscar la amistad de apuestos muchachos que no tienen nada que envidiar a las mujeres, y esto acaba por convertirse en una dulce costumbre. En las ciudades de los francos las mujeres se pasean llevando al descubierto no sólo sus rostros sino también sus brillantes cabellos, lo más atractivo de una mujer, y además sus cuellos, sus brazos, sus hermosas gargantas y, si lo que cuentan es cierto, parte de sus preciosas piernas, y por esa razón los hombres andan con sus partes siempre erectas y caminan avergonzados, doloridos y a duras penas, lo cual, por supuesto, lleva a la parálisis de su sociedad. Ése es el motivo por el que cada día los infieles francos pierden una fortaleza ante el Otomano.
Así pues, tras comprender ya en mi primera juventud que el camino más acertado para la felicidad y la paz de mi alma era vivir alejado de las mujeres hermosas, sentí aún más curiosidad por ellas. Como por entonces no había visto a otras que mi madre y mi tía, mi curiosidad adquirió una misteriosa peculiaridad, era como si la cabeza me hormigueara y comprendiera que sólo podría sentir lo que sentían haciendo lo que ellas, comiendo lo que ellas, repitiendo sus palabras, imitando sus actitudes y vistiendo sus ropas. Y un viernes en que mi madre, mi padre, mi hermano mayor, mi tía, todos en suma, fueron a visitar el jardín de rosas de mi abuelo en las orillas del Fahreng, les dije que estaba enfermo y me quedé en casa.
– Ven, mira, en el campo puedes ver perros, árboles y caballos, imitarlos y hacernos reír. ¿Qué vas a hacer solo en casa? -me dijo mi difunta madre.
– Ponerme tus ropas y convertirme en mujer, madre mía -eso no se lo dije, por supuesto, sino que me excusé-. Me duele el estómago.
– No seas quejica -intervino mi padre-. Ven y haremos unos asaltos de lucha.
Ahora, hermanos ilustradores y calígrafos, voy a describiros lo que sentí cuando se fueron y me fui poniendo una a una las prendas de ropa interior y los vestidos de mi madre y mi tía y a explicaros los secretos de ser mujer, que comprendí ese día. Primero tengo que confesaros algo: al contrario de lo que tantas veces hemos leído en los libros y escuchado a los predicadores, cuando uno se convierte en mujer en realidad no se siente como si fuera el Diablo.
Justo al contrario. Cuando me puse los calzones de lana con rosas bordadas de mi difunta madre, se extendió por mi interior un dulce bienestar y me sentí tan sensible como ella. Cuando la camisa de seda verde pistacho de mi tía, que ella misma apenas se atrevía a ponerse, tocó mi piel desnuda, se elevó en mi corazón un enorme cariño por todos los niños, incluido yo. Me habría apetecido cocinar para el mundo entero y amamantar a todos. Y así, después de sentir un poco cómo sería si tuviera pechos, me metí todo tipo de cosas -calcetines, pañuelos- para comprender aquello por lo que verdaderamente sentía curiosidad: qué tipo de sensación sería la de ser una mujer de grandes tetas, y al ver aquellas grandes protuberancias entonces sí, me sentí tan orgulloso como el Diablo. Me sentí con mucho poder porque comprendí de inmediato que los hombres correrían tras ellas con sólo ver sus sombras y que se agitarían implorantes por llevárselas a la boca. Pero ¿quería ser poderoso? Estaba confuso: quería serlo pero también provocar pena; tanto quería que un hombre desconocido pero rico, fuerte y sutil me amara enloquecidamente como me daba miedo la idea. Me puse las ajorcas de oro torcido que mi madre guardaba en el interior de unos calcetines de lana que olían a almizcle y que estaban junto a las sábanas con bordados de hojas en el fondo del cofre de su ajuar, el colorete que se ponía al regresar de los baños para enrojecer todavía más sus mejillas, la túnica verde pino de mi tía, me recogí el pelo y me coloqué el velo del mismo color y cuando me contemplé en el espejo con marco de nácar me recorrió un escalofrío. Aunque no los había tocado lo más mínimo, mis ojos y mis pestañas se habían convertido en los de una mujer. Sólo podía verme los ojos y las mejillas pero era una mujer muy hermosa y aquello me hizo muy dichoso. Mi miembro viril lo notó antes que yo y se levantó. Aquello me hizo desdichado.
Contemplé en el espejo que sostenía el fluir de una lágrima que se me había desprendido del ojo y en ese momento me surgió del corazón un amargo poema que nunca he podido olvidar. Porque al mismo tiempo, con una inspiración divina, recité aquella poesía rítmicamente, como si fuera una canción, intentando olvidar mi pena:
Dice mi corazón indeciso que cuando está en Oriente quiere
[estar en Occidente
y cuando en Occidente en Oriente.
Dicen mis otras partes que si soy hombre quieren ser mujer
y si mujer hombre.
Qué difícil es ser humano, y aún más arduo
vivir como tal.
Quiero disfrutar por delante y por detrás,
por Oriente y por Occidente.
Os iba a decir que, por el amor de Dios, no se enteren nuestros hermanos los erzurumíes de esta canción que brotó de mi interior porque se irritarían bastante. De todas formas, ¿por qué voy a tener miedo? Quizá no se enfaden porque, mirad, no lo digo por cotillear, pero ¿habéis oído hablar de ese famoso predicador, Su Excelencia Nisiquierahusret Efendi?, pues lo que es casado, lo está, pero al parecer, como os pasa a vosotros, sensibles ilustradores, le gustan más los muchachos apuestos que nosotras las mujeres, y yo sólo digo lo que me han contado, así que no soy responsable si no es verdad. Pero yo no le hago demasiado caso porque lo considero un mal hombre y además es viejo. Se le han caído los dientes y, según los apuestos jovencitos que se le han acercado, le apesta la boca, con perdón, como a culo de oso.
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