Christine Feehan - La Guarida Del León

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La aristócrata empobrecida Isabella Vernaducci provocaría a la mismísima muerte para rescatar a su hermano encarcelado. Aunque el miedo oprimiera su corazón, desafiaría la embrujada y maldita guarida del león: el amenazante palazzo del legendario y letal Nicolai DeMarco.
LA BESTIA
Los rumores decían que el poderoso Nicolai podía dominar los cielos, que la bestia de abajo cumplía su orden… y que fue condenado a destruir a la mujer que tomó como esposa. Se murmuraba que no era totalmente humano… tan indomable como su melena morena y sus afilados ojos ambarinos.
EL TRATO
Pero Isabella encontró a un hombre cuyo gruñido era aterciopelado, que ronroneaba cálidamente y cuyos ojos guardaban un oscuro y arrollador deseo. Y cuando Nicolai le ordenó que a cambio de su ayuda fuera su novia, ella entró de buena gana en sus musculosos brazos, rezando para que pudiera salvar el alma torturada de él… sin sacrificar su propia vida…

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Isabella observó a la bestia en respuesta. Ahora su corazón palpitaba tan ruidosamente, que estaba segura de que podía oirlo. Miró solo a los ojos. Se miraron el uno al otro durante interminables momentos, Y entonces el león de once pies simplemente salió paseando silenciosamente de la habitación. Ella observó la puerta cerrarse. Se sentó cautelosamente y miró hacia la puerta cerrada. No había sido su imaginación; el león había estado en la habitación con ella. Quizás alguien había abierto deliberadamente la puerta para dejarlo entrar, esperando que la matara como sus ancestros habían matado a los cristianos. Los aullidos la estaban volviendo loca; el sonido de cadenas arrastrándose parecía llenar el vestíbulo fuera de su habitación. El ruido siguió y siguió hasta que Isabella saltó fuera de la cama con exasperación y tiró de su bata. Ya estaba bastante molesta con su caprichosa imaginación sin los continuos aullidos de fantasmas y ghouls o lo que fuera que estaba haciendo tanta bulla. Ni siquiera la idea de leones rondando los vestíbulos del palazzo fue bastante para mantenerla prisionera en su habitación. Si la bestia hubiera querido devorarla, ya había tenido la oportunidad perfecta. Atravesó la habitación a zancadas y tiró de la puerta. Para su sorpresa, estaba de nuevo cerrada.

Isabella que quedó allí de pie un largo momento, asombrada. Un león no había podido cerrar la puerta, y seguramente Sarina no se había arrastrado de vuelta para cerrarla por segunda vez. No tenía idea de lo tarde que era, pero la emprendió con la cerradura, de repente furiosa por haber sido encerrada en su habitación como una niña malcriada… o una prisionera.

Una vez hubo abierto la cerradura, abrió la puerta de golpe desafiantemente y salió al vestíbulo. Conocía el camino hasta la biblioteca, y, encendiendo cuidadosamente un candelabro, empezó a recorrer la ruta. El estrépito del vestíbulo era horrendo. Aullidos, gemidos y arrastrar de cadenas. Totalmente exasperada, Isabella se detuvo en la entrada del gran estudio.

– ¡Ya basta! Todos vosotros dejad ese estúpido ruido en este instante! No quiero más de esto por esta noche.

Al momento se hizo un silencio absoluto. Isabella esperó un momento.

– ¡Bien! -Entró en la biblioteca, dejando que la puerta se cerrara tras ella. Buscando en los estantes y cubículos, pensó en Don DeMarco solo en la nieve. Inspeccionando una pintura, pensó en él agachado junto al león muerto, con pena en los ojos. Sentándose en una silla de respaldo alto ante la larga mesa de mármol, pensó en él tomando su mano entre las suyas. Examinando la escritura ornamentada del grueso tomo que había elegido, no podía pensar en nadie, en nada más. Él llenó su mente y su corazón esta que su misma alma pareció explotar de miedo por él.

CAPITULO 6

Isabella giró la cabeza, y allí estaba él. Su corazón dio un solo salto de alegría, después empezó a palpitar con alarma. Don DeMarco estaba observándola intensamente. Sus ojos ámbar llameaban hacia ella con una ardiente mezcla de deseo y posesividad. Él estaba entre las sombras, así que parecía indistinguible, aunque su mirada era vívida y brillante, casi centelleando hacia ella.

Muy lentamente cerró el libro que estaba leyendo y lo colocó sobre la mesa.

– Estoy muy contenta de ver que llegó a salvo, Signor DeMarco -le saludó.

– ¿Como es que la encuentro acechando por el palazzo cuando se la ha instruido para quedarse en su habitación esta noche? -contrarrestó él. Su tono era una mezcla baja de sensualidad y rudeza. Su voz pareció penetrar por los poros de Isabella y encender un fuego en su sangre.

– No creo que yo usara la palabra instruir -rebatió Isabella atrevidamente-. Fue más bien una órden.

– Que usted ignoró completamente -Sus ojos llameantes ni siquiera parpadearon-. Prefirió esconderse en vez de eso.

– ¿Acechando signore ? ¿Escondiéndome? Temo que su imaginación está fuera de control. Simplemente estaba leyendo un libro, Don DeMarco, no robando sus tesoros.

La boca de él se retorció, atrayendo la atención a sus labios perfectamente esculpidos.

– Sarina tenía órdenes. Es necesario saber que los sirvientes obedecen sin cuestionar.

Isabella alzó la barbilla y le devolvió la mirada directamente, arqueando una ceja como desafiándole a castigarla.

– No tema, signore. Su ama de llaves cumplió con su deber y llevó a cabo sus órdenes, encerrándome bajo llave.

Por primera vez él se movió entre las sombras, y el movimiento atrajo la atención a su anterior inmovilidad. Los músculos se ondearon, fluídos y nervudos, recordándole a las bestias depredadoras sobre las que él mantenía dominio. Había estado inmóvil; ahora exudaba un tremendo poder, tremendo peligro.

– Se la encerró en su habitación por su seguridad, signorina , como bien sabe -Su voz fue bastante baja, un látigo de temperamento mantenido a raya.

– Se me encerró en mi habitación por su conveniencia. -rebatió Isabella tranquilamente. Cruzó las manos pulcramente en su regazo para evitar que él viera sus dedos retorciéndose con agitación. Si sepeleaban, ella no iba a salir corriendo simplemente porque él era el hombre más atractivo e intrigante… el más aterrador … que había conocido nunca-. Seguramente no querrá hacerme creer que es tan descuidado como para permitir que enormes bestias salvajes corran libres por su casa. Es usted un hombre inteligente. Eso sería desastroso por varias razones. Sospecho que me encierra en mi habitación más bien para evitar mis travesuras que por mi protección personal contra leones merodeadores.

– ¿Y no ha visto leones esta noche? -preguntó él suavemente, su voz fue una caricia.

Isabella se ruborizó, sus pestañas cayeron para velar su expresión. Tenía el presentimiento de que él sabía que había visto un león.

– Ninguno del que necesitara protección, signore.

La mirada de él no vaciló, aunque se volvió más atenta. El color de sus ojos se profundizó, pareciendo estallar en llamas.

– Quizás necesita protección de mí -Su voz fue terciopelo, ronroneando amenaza.

El silencio pareción llenar la biblioteca. Podía oir el viento tirando de las ventanas e intentando entrar. Se obligó a sí misma a encontrar esa mirada firme desafiantemente. Que pudiera necesitar protección del don era a la vez sorprendente y extrañamente hilarante.

– ¿Cómo te las arreglaste para escapar de tu habitación, Isabella?

La forma en que pronunció su nombre, envolviéndolo en una suave caricia, envió un fuego líquido a arrastrarse a través de su cuerpo. Él era letal. Maliciosamente, pecaminosamente letal. Su voz sugería que sabía muchas cosas de las que ella solo había oído hablar. Cosas íntimas que su ardiente mirada exigía que compartiera con él. Apenas podía arreglárselas para respirar cuando miraba a esos ojos, cuando veía su cara atormentada. Cuando veía la intensidad de su deseo.

Isabella se humedeció los labios con la punta de la lengua, el simple gesto traicionó sus nervios.

– Ciertamente no voy a confesarle nada. Basta con decir, que aprendí las finas artes que uno necesita para liberarse cuando su padre acostumbra a confinarle en sus habitaciones. Con frecuencia me prohibía que montara a caballo.

Él sonrió, un relámpago de dientes blancos, finas líneas de risa arrugando las esquinas de sus ojos.

– Imagino que con frecuencia te prohibía muchas cosas.

– Si, lo hacía -admitió Isabella, intentando no derritirse en el acto ante su mera sonrisa. Había algo en él que le tocaba el corazón. Si no tenía cuidado, podría robarle el alma y dejarle una cáscara vacía. Se inclinó hacia adelante deliberadamente, desafiantemente, sosteniéndole la mirada-. Me prohibía toda clase de cosas, me encerraba continuamente, y nunca lo hacía muy bien. Yo iba adonde quería ir y hacía lo que quería. Nunca, en ningún momento, fui una chica buena y obediente.

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