Carla Neggers - Abandonada

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La marshal Mackenzie Stewart estaba pasando un tranquilo fin de semana en New Hampshire, en la casa de su amiga la jueza federal Bernadette Peacham, cuando fue atacada. Ella pudo repeler el ataque, pero el agresor consiguió escapar. Todo sugería que se trataba de un loco violento… hasta que llegó el agente del FBI Andrew Rook.
Mackenzie había roto con él su norma de no salir con agentes del orden, pero sabía que él no se había desplazado desde Washington para verla, sino porque trabajaba en su caso. A medida que continuaba la caza del misterioso atacante, el caso dio un giro inesperado cuando Mackenzie siguió a Rook a Washington y descubrió que un antiguo juez amigo de Bernadette, ahora caído en desgracia y convertido en informador de Rook, había desaparecido.
Mackenzie y Rook comprenderían entonces que había más en juego de lo que pensaban y que se enfrentaban a una mente criminal que no tenía nada que perder y estaba dispuesta a jugárselo todo.

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– ¿Te han quitado los puntos?

– Sí. Dentro de nada podré correr, saltar y disparar sin dolor -miró el cielo-. Cal intenta manipularme y no sé por qué.

– Para salvar el pellejo, probablemente.

– Creo que le gusta -miró a Rook, que no parecía sudar en absoluto-. ¿El portero os ha dicho que estábamos aquí?

– Deberías haber visto la cara de T.J. cuando nos ha hablado de una pelirroja.

– Me ha llamado Cal, no he venido por mi cuenta. ¿Por qué habéis venido vosotros?

– Por lo de anoche. Es hora de sacarle respuestas a Benton -Rook se recostó en el banco-. Si esta mañana no te hubieras escabullido cuando estaba en la ducha, te habría dicho que pensaba venir.

Mackenzie se encogió de hombros.

– No tienes los donuts que me gustan -señaló la hierba-. Ahí hay arañas. Una muy grande. Claro que, como tú eres de la zona, seguro que estás acostumbrado a ellas.

– Mac…

– Cal quería hablarme de un asunto privado.

– ¿Qué asunto privado?

Ella le habló de la aventura del lago y su conclusión de que había habido más incidentes. Rook la escuchó sin interrumpirla.

– Es un comportamiento sórdido pero no es ilegal -comentó cuando hubo terminado-. ¿Reconociste a la mujer con la que estaba?

– No.

– ¿Cuánto hace que Cal sabe que los viste?

– Desde que llegué a Washington, dos semanas después de haberlos visto. Pensé fingir que no había visto nada, pero no pude. No me fiaba de que no siguiera haciéndolo y pensé que, si sabía que lo habían pillado, no lo repetiría.

Rook no contestó inmediatamente.

– ¿Qué? -preguntó ella.

– ¿Seguro que no te sentiste traicionada tú? Te criaste en ese lago y la jueza ha sido una figura importante en tu vida.

– Pues claro que me sentí traicionada. ¿Y qué? -pero cambió de tema, pues no quería hablar de su infancia en el lago. Desdobló el dibujo-. Cal ahora piensa que nuestro hombre le resulta familiar.

– ¿Tú lo crees?

Mackenzie se encogió de hombros.

– No sé. Puede ser otra manipulación, pero no tiene sentido que mienta. Aunque tampoco tiene sentido que lleve a una mujer a la casa de Beanie.

– ¿Por qué no? Es un lugar aislado. Tus padres están en Irlanda. Casi todos los demás que hubiera allí serían turistas. Y si te gusta la idea de ponerle los cuernos a la que pronto será tu ex mujer…

– Es un modo horrible de pensar.

– ¿Quién más puede conocer las aventuras de Cal? -preguntó Rook.

– Gus, quizá. Cuida de la propiedad cuando no está Beanie. Pero yo no he dicho nada a nadie excepto a Cal, y ahora a ti.

T.J. volvió con paso tranquilo.

– Se ha largado. Podemos probar en su despacho.

– No iba vestido para el trabajo -dijo Mackenzie-. Claro que es viernes. Supongo que puede pasar por allí. No me ha dicho adonde iba.

– Esperaré en el vestíbulo, donde hay aire acondicionado y protección si hay un tornado -dijo T.J.

Rook no se movió. Mackenzie lo miró.

– ¿Estás pensando?

– Sí. En la semana pasada. ¿Me instalaste en la habitación que usaron Cal y la mujer morena?

– No sé cuál usaron. Asumo que se quedarían en el dormitorio de abajo -en otras palabras, el dormitorio de Bernadette. Mackenzie sonrió-. Te puse en la habitación donde entran los murciélagos.

Cuando Rook y T.J. se marcharon, Mackenzie volvió al vestíbulo, donde el portero, que tenía al menos setenta años, lanzó un silbido.

– Más vale que se tome unos minutos para enfriarse.

– ¿Estoy roja?

– Como un tomate.

Ella hizo una mueca, aunque no le sorprendía. El calor siempre tenía la habilidad de ponerla roja.

– Hay un millón de grados ahí fuera.

– Sí, señora. ¿Quiere agua?

– Tengo en el coche -ella desdobló el dibujo y lo puso en el mostrador-. ¿Por casualidad ha visto a este hombre?

Él estudió el dibujo.

– Creo que no. Tal vez.

– Mírelo bien.

– ¿Vive aquí?

– Dígamelo usted.

El portero frunció el ceño y se enderezó.

– ¿Usted es policía?

– Soy agente federal -ella le mostró sus credenciales y dijo su nombre-. Y usted se llama…

– Charlie West, señora -volvió a mirar el dibujo y se frotó la barbilla-. ¿Qué ha hecho?

– Apuñalar a dos mujeres en New Hampshire.

El portero bajó la mano.

– Aquí no tenemos gente así, agente Stewart.

– Concéntrese en la cara. ¿Le suena de algo?

– No lo sé -él tomó el papel-. ¿Le importa que me lo quede?

– Claro que no. Pero si ve a ese hombre, no le diga nada. Llame a la policía. Seguramente irá armado y es peligroso -le tendió una tarjeta-. Si tiene alguna pregunta sobre lo que sea, llámeme, ¿vale?

– Sí, señora.

– ¿Sabe por qué Cal Benton ha insistido en que nos viéramos en el jardín en vez de en su piso?

– Esta mañana esperaba a los pintores, pero lo ha cancelado. Yo tenía que abrirles la puerta de su casa. Estaban en mi lista.

– ¿Y cuándo lo ha cancelado?

– Yo me he enterado esta mañana cuando he llegado a las siete.

– ¿Lo ha llamado él?

– Ha bajado aquí.

– ¿Estaba solo?

– Sí, señora.

Mackenzie le dio las gracias por su amabilidad y salió al calor justo cuando sonaba un trueno y brillaba el relámpago sobre el río. Se metió en el coche, dejó la puerta abierta a la brisa, marcó el número de Delvecchio y le contó lo que había pasado desde su llegada al bloque.

– Quería llamarlo a usted el primero.

– No me has llamado el primero, Stewart, me has llamado el último. Antes has hablado con Benton, Rook, Kowalski y el portero.

– Todavía no he llamado al inspector Mooney de New Hampshire.

– Por mí no lo hagas -repuso él.

Mackenzie ignoró el sarcasmo.

– Alguien debería enseñar el dibujo a la gente del edificio de Cal. Al portero le suena de algo pero no está seguro. Lo haría yo, pero estoy mezclada personalmente.

– De acuerdo. Me ocuparé de ello.

– Y quizá las aventuras de Cal Benton no tengan nada que ver con mi ataque.

– No importa. Cuantas más piezas tengamos, mejor. No todas tendrán un sitio en el puzzle, pero eso no es nuevo. ¿Vienes para acá?

– Deme una hora -contestó ella, abrochándose el cinturón.

– Es un recorrido de diez minutos.

– El tráfico.

Pasaron un par de segundos. Mackenzie cerró la puerta del coche.

– Tengo que hacer una parada personal.

– También era personal lo de ir a ver a Benton -replicó Delvecchio-. Está bien. Una hora.

Mackenzie puso el coche en marcha y salió para la Avenida Massachusetts justo cuando unas gotas gordas empezaban a caer sobre el parabrisas.

Veinticinco

Mackenzie tenía llave de la casa de Bernadette; la había tenido desde la universidad, cuando se la dio Bernadette antes de partir para un viaje de seis semanas por Asia.

– Ven cuando quieras, pero nada de fiestas salvajes -le dijo.

Como nadie abrió la puerta, entró con su llave y anunció su presencia.

– ¿Hay alguien? Soy Mackenzie.

Sonó un trueno y, debido a la tormenta, la luz en la casa era más propia del crepúsculo que de media mañana. El aire acondicionado estaba apagado. Mackenzie fue a la suite de invitados del primer piso. La puerta no estaba cerrada con llave y las cortinas seguían corridas.

– ¿Cal? -llamó, por si las moscas.

La ropa de la cama estaba muy revuelta, como si hubiera pasado una mala noche. Miró el baño. Había toallas en el suelo y el lavabo y el espejo tenían salpicaduras de jabón. ¿Limpiaría Cal antes de mudarse o dejaría aquello así?

Mackenzie suspiró. Bernadette era un modelo en muchos sentidos, pero no en lo referente a relaciones. Oscilaba entre perdonar demasiado o no lo suficiente, con lo que se confundía a sí misma y a los hombres de su vida. No había encontrado a nadie que comprendiera de verdad su inteligencia, su ambición, su generosidad y su naturaleza contradictoria. Pero tampoco había esperado encontrarlo.

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