Tracy Chevalier - Las huellas de la vida
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Lo que más me sorprendió no fue contemplar los fósiles de Lyme trasladados a Londres -pues ya había presenciado ese fenómeno en el Museo Británico-, sino ver atestada la sala. Por todas partes había hombres cogiendo fósiles, examinándolos y hablando de ellos con otros. La sala vibraba de interés, y se me contagió esa vibración. Sin embargo, no había ninguna otra mujer, de modo que agarré el brazo de mi hermano, ya que me sentía incómoda y sabía que llamaba la atención.
Al cabo de pocos minutos empecé a reconocer a algunas personas, sobre todo hombres que habían ido a Lyme por los fósiles y pasado por Morley Cottage para ver mis especímenes. El conservador del Museo Británico, Charles Konig, estaba junto al ictiosaurio completo, tal vez comparándolo con el espécimen que había comprado un año antes a Bullock. Miraba la sala con perplejidad. Estoy segura de que le habría entusiasmado tener tantos visitantes en las salas de fósiles de su museo, pero su colección no estaba en venta, y era la posibilidad de convertirse en propietario lo que hacía bullir la sala.
Al otro lado de la estancia vi a Henry de la Beche, y me dirigía hacia él cuando oí que alguien me llamaba por mi nombre. Me sobresalté, temiendo que fuera el coronel Birch, que venía a justificarse. Sin embargo, cuando me di la vuelta me sentí aliviada al ver un rostro amigo.
– Señor Buckland, qué alegría verlo -dije-. Me parece que no conoce a mi hermano. Le presento a John Philpot. Este es el reverendo William Buckland. Viene a menudo a Lyme y comparte mi pasión por los fósiles.
Mi hermano lo saludó con una inclinación.
– He oído hablar mucho de usted, señor. Tengo entendido que imparte clases en Oxford.
William Buckland sonrió.
– En efecto, señor. Es un placer conocer al hermano de una dama a la que tengo en tan gran estima. ¿Sabía que su hermana sabe más que nadie de peces fósiles, señor? Es una mujer muy inteligente. ¡Incluso Cuvier podría aprender de ella!
Me ruboricé al oír aquellos elogios tan poco frecuentes, y más en labios de un hombre como él. Mi hermano pareció sorprendido y me miró de reojo, como si buscara pruebas de la excepcionalidad de la que William Buckland hablaba y que yo le había ocultado hasta entonces. Como muchos, John consideraba extraña y caprichosa mi fascinación por los peces fósiles, y por eso nunca había conversado con él sobre los conocimientos que había adquirido a lo largo de los años. John no esperaba que yo pudiera recibir aliento de una persona tan distinguida. Yo tampoco. Recordé que durante un tiempo había pensado en William Buckland como posible pretendiente. Mientras que pensar en el coronel Birch me provocaba dolor, al imaginar ahora a William Buckland como mi marido me entraban ganas de reír.
– Parece que todo el mundillo científico se está preparando para la subasta -prosiguió el señor Buckland-. Ha venido Cumberland, y también Sowerby, Greenough y su amigo Henry de la Beche. ¿Conoció al reverendo Conybeare cuando estuvo de visita en Lyme? -Señaló a un hombre que había a su lado-. Quiere realizar un estudio sobre el ictiosaurio y presentar sus conclusiones en la Sociedad Geológica.
El reverendo Conybeare hizo una inclinación. Su rostro era severo y sagaz, con una nariz larga que parecía apuntarme como un dedo.
William Buckland bajó la voz.
– El barón de Cuvier me ha encargado que puje por varios especímenes. Concretamente quiere un cráneo de ictiosaurio para su museo de París. Tengo echado el ojo a uno, ¿desea que se lo enseñe?
Mientras él hablaba, divisé en el otro lado de la sala al coronel Birch, que mostraba una quijada a un corrillo de hombres. Me estremecí de dolor al verlo.
– Elizabeth, ¿te encuentras bien? -preguntó mi hermano.
– Sí.
Antes de que pudiera apartarme a un lado para evitar que me viera el coronel Birch, este alzó la mirada de la quijada que sostenía y reparó en mí.
– ¡Señorita Philpot! -exclamó. Tras dejar la quijada empezó a abrirse paso entre la multitud.
– John, estoy un poco mareada -dije-. Hay mucha gente y hace calor… ¿Podemos salir a tomar el aire?
Sin esperar una respuesta me encaminé presurosa hacia la puerta. Por suerte un muro de visitantes me separaba del coronel Birch y logré escapar antes de que pudiera alcanzarme. Una vez en la calle, me metí en un callejón lleno de basura que en otras circunstancias me habría aterrado, pues lo prefería a tener que hablar cortésmente con el hombre que me repugnaba y atraía al mismo tiempo.
Cuando salimos a Jermyn Street, al lado de una tienda donde John solía comprar sus camisas, mi hermano me cogió la mano y la enlazó en su brazo.
– Eres de lo más rara, Elizabeth.
– Supongo que sí.
No dijo nada más. Buscó un cabriolé para que nos llevara de vuelta a Montague Street; durante el trayecto habló de negocios y no mencionó dónde habíamos estado. Por una vez me alegré de que mi hermano mostrara escaso interés por el drama de los sentimientos humanos.
Sin embargo, a la mañana siguiente, durante el desayuno, mientras leía un artículo que me había mandado William Buckland titulado «La relación entre la geología y la religión explicada», John deslizó dentro un catálogo de la subasta con la lista de los especímenes que el coronel Birch tenía pensado vender. Le eché una ojeada haciendo ver que leía el artículo del señor Buckland.
La visita al museo de Bullock debería haber bastado para satisfacer mi curiosidad con respecto a la subasta. No necesitaba ver de nuevo los fósiles ni a los entusiasmados compradores. Y desde luego no necesitaba ver al coronel Birch ni oír cómo justificaba sus actos. No quería oírlo.
La mañana de la subasta me desperté temprano. De haber estado en Lyme me habría levantado y me habría sentado junto a la ventana con vistas a Golden Cap, pero en Londres no me sentía cómoda dando vueltas tan temprano por la casa de mi hermano. Así pues, me quedé tumbada en la cama, mirando al techo y tratando de no despertar a Louise al moverme.
Luego mis hermanas y yo repasamos en la sala de estar la lista de las compras que habíamos hecho y de las cosas que aún no habíamos adquirido, pues la semana siguiente regresábamos a casa. Siempre comprábamos en Londres artículos que era imposible conseguir en Lyme: guantes y sombreros buenos, botas bien confeccionadas, libros, material artístico, papel de calidad. Yo estaba inquieta y nerviosa, como si esperara invitados. Mis sobrinos se hallaban con nosotras, y sus juegos infantiles me estaban crispando los nervios, hasta que regañé a Francis por reírse a carcajadas. Todo el mundo me miró.
– ¿Te encuentras mal? -preguntó mi cuñada.
– Me duele la cabeza. Creo que iré a descansar. -Me levanté haciendo caso omiso de los murmullos de preocupación-. Estaré mejor cuando haya dormido un poco. Por favor, no me despertéis para comer ni para avisarme si salís. Bajaré más tarde.
Una vez en mi habitación, me senté y durante varios minutos dejé que mi cabeza asimilara lo que mi corazón ya había decidido. Después corrí las cortinas para dejar a oscuras el dormitorio y coloqué las almohadas debajo de la ropa de cama de forma que si alguien se asomaba pensara que era mi silueta. Dudaba que Louise, con su buena vista, se dejara engañar, pero tal vez se compadecería de mí y no diría nada.
Me abroché el sombrero y la capa y bajé sigilosamente por la escalera. Oí ruido de cacerolas y la voz de la cocinera en la cocina, y las risas de los niños arriba, y me sentí culpable -además de un poco tonta-por escabullirme de aquella forma. En mi vida había hecho nada semejante y me parecía ridículo hacerlo ahora, a los cuarenta y un años. Debería haberme limitado a anunciar que iba a la subasta y haber buscado un acompañante adecuado como Henry de la Beche. Sin embargo, no podía hacer frente a las preguntas, a las explicaciones y justificaciones que tendría que dar. No sabía si podría explicar por qué tenía que asistir a la subasta. No tenía pensado pujar por ningún espécimen -los pocos peces fósiles que el coronel Birch había logrado recoger eran inferiores a los míos-, y a buen seguro me disgustaría al ver el arduo trabajo de Mary repartido de forma tan insensible. Aun así, consideraba que debía presenciar ese acontecimiento decisivo. Al fin y al cabo, al parecer hasta el gran Cuvier iba a tener un espécimen de Mary dentro de poco, aunque no supiera que era ella quien lo había encontrado. Tenía que estar allí por Mary.
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