– Él busca sus propias curis. No tiene por qué pagarme.
– ¿Ah, no? Entonces, ¿qué ejemplares has encontrado para vender? -Como Mary no contestaba, añadí-: He visto la mesa de curis de tu madre, Mary. Hay pocas. Está vendiendo amonites rotos que antes habrías tirado al mar.
La euforia de la muchacha había desaparecido por completo. Si esa era mi intención, había tenido éxito.
– Estoy ayudando al coronel Birch -declaró-. Eso no tiene nada de malo.
– Debería pagarte. De lo contrario, te está utilizando en su provecho y os está dejando a ti y a tu familia más pobres.
Debería haberme callado en ese momento, cuando mis palabras podían haber ejercido un efecto positivo. Pero no pude resistirme a presionarla más.
– El comportamiento del coronel no dice mucho a favor de su carácter, Mary. No te conviene relacionarte con ese hombre, porque acabará haciéndote daño. El pueblo ya habla de vosotros, y esta vez es peor que cuando ayudabas a William Buckland.
Mary me lanzó una mirada asesina.
– Tonterías. Usted no lo conoce como yo. ¡Más vale que deje de escuchar los chismes, o usted también se convertirá en una chismosa!
Pasó por mi lado dándome un empujón y se alejó a toda prisa por Sherborne Lane. Nunca se había mostrado tan maleducada conmigo. Parecía que hubiera dado el gran paso de plegarse a mi opinión como una chica trabajadora a tratarme como una igual.
Después me sentí mal por lo que había dicho y cómo lo había dicho, y como penitencia decidí ir con Mary y el coronel Birch a la playa para acallar las lenguas afiladas de Lyme. Mary aceptó el gesto de buena gana, pues el amor la volvía indulgente.
Por ese motivo estaba con ellos en Black Ven cuando por fin hallaron el ictiosaurio que tantas ganas tenía el coronel Birch de añadir a su colección. Ese día no encontré gran cosa, pues estaba distraída por el comportamiento de Mary y el coronel Birch, que se mostraban más afectuosos que semanas antes: se tocaban el brazo para llamar la atención al otro, hablaban en susurros, se sonreían. Por un momento me pregunté horrorizada si Mary había sucumbido por completo a él. Pero enseguida pensé que, de ser así, no se esforzaría tanto para que pareciera que le tocaba el brazo de forma inconsciente. No conozco a ningún matrimonio que se toque con tanta ansia. No tienen necesidad.
Estaba reflexionando sobre eso cuando vi que Mary se paraba en un saliente y miraba hacia abajo, como la había visto hacer cientos de veces. Fue la naturaleza de su quietud la que me indicó que había descubierto algo.
El coronel Birch siguió andando unos pasos, se detuvo y volvió atrás.
– ¿Qué pasa, Mary? ¿Has visto algo?
Ella vaciló. Tal vez si se hubiera percatado de que yo estaba mirando no habría hecho lo que hizo a continuación.
– No, señor -respondió-. Nada. Es solo que… -Soltó el martillo, que cayó al suelo con un sonido metálico-. Lo siento, señor, me he mareado un poco. Debe de ser el sol. ¿Puede cogerme el martillo?
– Por supuesto.
El coronel Birch se inclinó para recogerlo, quedó paralizado y se hincó de rodillas. Alzó la vista hacia Mary, como si tratara de descifrar la expresión de su rostro.
– ¿Ha encontrado algo, señor?
– ¡Creo que sí, Mary!
– Es una vértebra dorsal, ¿verdad? Mire, señor, si la mide sabrá lo larga que es la criatura. Cada dos centímetros y medio de diámetro equivalen a un metro y medio de longitud. Esta tendrá unos cuatro centímetros de diámetro, así que la criatura debe de medir unos dos metros y medio de largo. Eche una ojeada a ver si puede desenterrar otras partes en el saliente. Tome, use mi martillo.
Le estaba regalando el ictiosaurio, y él lo sabía. Me aparté, asqueada. Mientras rastreaban entusiasmados el contorno de la criatura en la cornisa, me dediqué a abrir piedras al azar, solo para mantenerme ocupada, hasta que me llamaron para que fuera a ver el hallazgo del coronel Birch. Apenas lo miré, y fue una lástima, porque tal vez era el mejor ictiosaurio que encontró Mary, y siempre resulta impresionante verlos en su entorno natural antes de que los extraigan de la piedra. Sin embargo, tuve que mostrarme educada y darle la enhorabuena.
– Bien hecho, coronel Birch -dije-. Será una pieza fascinante para su colección.
Imprimí a mi voz una levísima nota de sarcasmo, pero ninguno de los dos la captó, ya que el coronel había cogido a Mary en brazos y la hacía girar como si se hallaran en un baile de los salones de celebraciones.
Pasaron las dos semanas siguientes supervisando cómo los hermanos Day desenterraban el ictiosaurio y limpiándolo en el taller; Mary se encargó del trabajo delicado para dejarlo presentable. Trabajaba tanto en el espécimen que tenía los ojos enrojecidos. Yo no la visité mientras lo preparaba, pues no quería verme atrapada en el pequeño espacio del taller con el coronel Birch. De hecho, lo evité lo mejor que pude. Sin embargo, no lo bastante bien.
Una tarde Margaret me convenció de que fuera a jugar a las cartas a los salones de celebraciones. Casi nunca iba allí, pues estaba lleno de damas jóvenes y hombres que las cortejaban, y de madres que los vigilaban. Las selectas amistades que había trabado en Lyme eran de carácter más intelectual, como el joven Henry de la Beche o el doctor Carpenter y su esposa. Normalmente nos reuníamos en casa de uno u otro, no en los salones de celebraciones, pero Margaret necesitaba una compañera e insistió.
En mitad de una partida entró el coronel Birch. Por supuesto, reparé en él de inmediato, y él en mí; advirtió mi mirada antes de que pudiera desviarla y vino directo a mí. Incapaz de escapar respondí a su saludo de la forma menos expresiva posible, aunque eso no lo disuadió de quedarse a mi lado charlando con quienes observaban la partida. Los otros jugadores me miraron con cara de sorpresa y regocijo, y empecé a jugar mal. En cuanto tuve oportunidad fingí que me dolía la cabeza y me levanté de la mesa. Esperaba que el coronel Birch ocupara mi sitio, pero me siguió hasta la ventana salediza, donde los dos nos quedamos contemplando el mar. Vimos un barco que estaba a punto de atracar en el Cobb.
– Es el Unity -dijo el coronel Birch-. Mañana zarpará hacia Londres con el ictiosaurio a bordo.
Pese a que no deseaba entablar conversación, no pude contenerme.
– ¿Ha acabado entonces Mary de trabajar en el espécimen?
– Está colocado en su armazón. Esta misma tarde Mary le ha dado una capa de yeso para rematarlo. Cuando esté seco, lo preparará para el envío.
– ¿Usted no partirá en el Unity? -No estaba segura de si quería que se quedara o se fuera, pero tenía que saber qué pensaba hacer.
– Yo iré en coche. Pararé primero en Bath y luego en Oxford para ver a unos amigos.
– Ahora que tiene lo que vino a buscar supongo que no hay motivos para que se quede.
Por más que intenté hablar con firmeza, me tembló la voz. No añadí que sus prisas por partir una vez obtenido su tesoro denotaban poco tacto. Contemplé las olas que rompían y se mecían debajo de la ventana, pues la marea estaba alta. Noté la mirada del coronel Birch posada en mí, pero no me volví hacia él. Tenía las mejillas encendidas.
– He disfrutado mucho con nuestras conversaciones, señorita Philpot -afirmó-. Las echaré de menos.
Entonces me volví y lo miré a la cara.
– Hoy tiene los ojos muy oscuros -añadió-. Oscuros y sinceros.
– Me voy a casa -dije, como si él me hubiera preguntado-. No, no me acompañe, coronel Birch. No quiero que lo haga.
Me alejé de él. Parecía que toda la sala nos estaba observando. Fui a buscar a mi hermana y sentí verdadero alivio al comprobar que él no me seguía.
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