Tracy Chevalier - Las huellas de la vida

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Dos mujeres inglesas, de orígenes y extracción muy distintas, comparten durante largos años una común afición que, más que beneficios económicos, dará importantes frutos científicos e influirá decisivamente en sus vidas. Tracy Chevalier narra en esta novela biográfica la hermosa historia de amistad de dos mujeres muy distintas, pero unidas por una misma pasión: su deseo de buscar las huellas de la vida en los fósiles.

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Recordé el belemnites que la señorita Elizabeth había enseñado a James Foot en la playa años antes y sonreí.

– No. Solo la de Joe cuando éramos pequeños. ¿Y tú?

No pensaba que fuera a responder, pero dijo:

– Una vez, en el Three Cups, un hombre se emborrachó tanto que se bajó los pantalones en la cocina creyendo que era el retrete.

Las dos nos reímos. Por un momento me pregunté sí empezaríamos a llevarnos mejor.

No tuvimos ocasión. No hubo ningún aviso, no cayeron guijarros ni se oyó el crujido de una piedra al partirse. Fue tan repentino que estábamos riéndonos de las partes viriles junto al acantilado y un instante después este se desplomó y me vi lanzada al suelo y sepultada por la gruesa arcilla rocosa.

Aunque no recuerdo haberlo hecho, me había tapado la boca con la mano cuando el acantilado se me vino encima, y eso me brindó un poco de espacio para respirar. No veía nada, y pese a mis esfuerzos no podía moverme, pues la arcilla estaba fría y mojada y pesaba y me apresaba con fuerza. Ni siquiera podía gritar. Lo único que podía hacer era pensar que iba a morir y preguntarme qué me diría Dios cuando me viera.

Transcurrió un largo rato durante el que no pasó nada. Luego oí escarbar y noté unas manos que me arañaban y me limpiaban los ojos, y cuando los abrí vi la cara de terror del señor Buckland y pensé que tal vez no iba a reunirme con Dios todavía.

– ¡Oh, Mary! -gritó.

– Señor. ¡Sáqueme, señor!

– Yo… yo… -El señor Buckland intentaba retirar las piedras y el barro, pero no podía moverlos-. Pesa demasiado, Mary. No puedo sacarte sin herramientas. -Estaba aturdido, como si no pudiera pensar con claridad.

En ese momento oímos un grito. Nos habíamos olvidado de Fanny. Se hallaba a unos pocos metros y no estaba tan enterrada como yo, pero tenía sangre en la cara. Siguió gritando, y el señor Buckland se levantó de un brinco para acercarse a ella. La arcilla que la apresaba estaba más suelta, y el señor Buckland consiguió retirar la cantidad suficiente para sacar a Fanny. Le limpió la sangre de la cara y al hacerlo le arrancó el sombrero de la cabeza, pues estaba asustado y sus movimientos eran torpes. Una ráfaga de viento se lo llevó rodando por la playa. La pérdida del sombrero pareció disgustar a Fanny más que ninguna otra cosa.

– ¡Mi sombrero! -exclamó-. Necesito mi sombrero. ¡Mamá me matará si lo pierdo! -Entonces volvió a gritar cuando el señor Buckland intentó moverla.

– Tiene la pierna rota -dijo él entre jadeos-. Debo dejaros para ir a pedir ayuda.

En ese preciso instante una parte del acantilado se desplomó más allá y cayó al suelo con un gran estruendo. Fanny volvió a chillar.

– ¡No me abandone, señor! ¡Por favor, no me abandone en este sitio dejado de la mano de Dios!

Yo tampoco quería que me dejara, pero no lo dije.

– Será mejor que la coja a ella si puede, señor. Puede salvar al menos a una de las dos.

El señor Buckland se quedó horrorizado.

– Oh, no creo que deba hacerlo. No sería correcto.

Al parecer incluso a él, que comía ratones y llevaba un saco azul y orinaba en el mar, le daba reparo coger en brazos a una chica. Pero no era momento de preocuparse por lo que era o no correcto.

– Rodéele los hombros con un brazo, ponga el otro debajo de sus rodillas y levántela, señor -le indiqué-. Es menuda; incluso un estudioso como usted debería poder con ella.

El señor Buckland hizo lo que le dije y la cogió en brazos. Fanny volvió a gritar, de dolor y vergüenza. Dejó caer los brazos y apartó la cara de él.

– ¡Por el amor de Dios, Fanny, agárrate a él! -grité-. Ayúdalo o no podrá llevarte.

Fanny me obedeció y le echó los brazos al cuello y sepultó la cara en su pecho.

– Llévela al balneario, es el sitio más cercano, y mande aquí agente con palas. -En otras circunstancias no se me habría ocurrido dar órdenes a un caballero, pero el señor Buckland no parecía saber qué hacer-. Deprisa, señor, por favor. No quiero quedarme aquí sola.

Asintió con la cabeza, y otra parte del acantilado se desmoronó con gran estruendo. El señor Buckland se estremeció, con el terror pintado en la cara. Lo miré a los ojos.

– Señor, rece por mí. Y si muero, dígales a mamá y a Joe…

– N… n… no digas eso, Mary. Volveré enseguida.

El señor Buckland se negó a seguir escuchando y se alejó con paso vacilante, mientras Fanny me miraba con los ojos vidriosos por encima de su hombro. Ahora que se había abandonado a los brazos del caballero, le daba igual todo. Más tarde el doctor Carpenter le encajaría la pierna, pero la rotura era fea y el hueso no acabó de soldar bien, de modo que quedó con una pierna más corta que la otra. Nunca podría caminar grandes distancias ni permanecer mucho rato de pie, y tampoco ir a la playa, aunque lo cierto es que jamás le había gustado. Cuando la veía andar cojeando por Broad Street hacia el Three Cups, agachaba la cabeza, temerosa de aquella mirada azul.

Claro que en aquel momento, inmovilizada bajo la tierra desprendida, yo no sabía nada de eso. Observé cómo el señor Buckland avanzaba por la playa zigzagueando con Fanny en brazos, no lo bastante deprisa en mi opinión, y me pregunté por qué siempre rescataban a las guapas antes que a las feas. Así era el mundo: con sus ojos grandes y sus delicadas facciones, Fanny se había salvado; en cambio yo continuaba atrapada en el barro, mientras el acantilado amenazaba con desmoronarse encima de mí.

Tuve mucho tiempo para pensar. Pensé en el señor Buckland, en lo extraño que era que un hombre ordenado sacerdote y tan interesado por lo que había hecho Dios en el pasado, en lugar de hallar consuelo en las oraciones, las hubiera eludido. Cerré los ojos y pronuncié una larga oración para que Dios me salvara, para que me dejara seguir viviendo y ayudando a mamá y a Joe, para que encontrara más cocos, para que tuviera suficiente comida y carbón, incluso para que algún día tuviera un marido e hijos.

– Y, por favor, Dios, haz que el señor Buckland corra. Haz que encuentre a alguien enseguida y vuelva.

Aunque el señor Buckland caminaba de buen grado kilómetros y kilómetros por los acantilados y cuando estaba en Lyme iba y venía a pie de Axminster, nunca andaba deprisa. Tenía barriga de erudito, y me preocupaba que con Fanny en brazos no consiguiera regresar a tiempo para salvarme.

Ahora reinaba el silencio. El viento había amainado y una lluvia finísima me salpicaba la cara. De vez en cuando oía el sonido débil de la rocalla al despeñarse por el acantilado. No podía verla, pues caía detrás de mí y no podía volver la cabeza del todo. Eso era lo peor, oírla y no saber si se desplomaba cerca o si me iba a sepultar.

El barro que me inmovilizaba estaba frío y pesaba y me oprimía el pecho, por lo que me costaba respirar. Cerré los ojos durante unos minutos pensando que el sueño tal vez hiciera que el tiempo transcurriera más deprisa. Pero no pude dormirme, de modo que me dediqué a imaginar al señor Buckland camino de Lyme. Ahora está pasando por donde encontramos el primer coco, pensaba. Ahora está pasando por el saliente con las marcas de amos. Ahora ha llegado a la curva donde empieza el sendero. Ahora ya ve el balneario de Jefferd. A lo mejor el señor Jefferd está allí y viene corriendo, más deprisa que el señor Buckland. Seguí mentalmente el camino hasta allí y regresé -y Lyme no estaba tan lejos-, pero no acudió nadie.

Abrí los ojos. El señor Buckland era un punto que avanzaba por Church Cliffs. Me parecía increíble que no hubiera llegado más lejos. Sin embargo, era difícil saber cuánto tiempo había transcurrido: podían haber sido cinco minutos u horas. Miré hacia el otro lado, en dirección a Charmouth. No había barcas ni pescadores revisando las nasas de los cangrejos, pues el mar estaba demasiado encrespado. No había un alma. Y la marea subía poco a poco.

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