Tracy Chevalier - Las huellas de la vida
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Lord Henley quedó tan sorprendido por la repentina salida de Margaret que resultó evidente que ignoraba lo ocurrido entre ella y su amigo James Foot. De acuerdo, había sucedido años antes y puede que creyera que Margaret lo había superado. O tal vez lo había olvidado: no era la clase de hombre que recuerda lo que preocupa a las mujeres.
Sin embargo, ese no era el caso de Margaret. Una solterona no olvida nunca.
Al parecer tampoco se había percatado de que rechazábamos siempre las invitaciones a Colway Manor, pues de lo contrario no habría venido a nuestra casa. Lord Henley era un hombre de escasa imaginación, al que resultaba imposible ver el mundo a través de los ojos de otro. Por ese motivo su interés por los fósiles era ridículo: para apreciar de verdad los fósiles se requiere un esfuerzo de imaginación del que él no era capaz.
– Disculpe a mi hermana, señor -dije-. Poco antes de que usted llegara había estado quejándose de que tenía tos. No querría contagiar su enfermedad a un invitado.
Lord Henley asintió con cierta impaciencia. Estaba claro que la salud de Margaret no era el motivo de su visita. Ante mi insistencia se sentó en el sillón que había junto a la lumbre, pero en el borde, como si fuera a levantarse en cualquier momento.
– Señorita Philpot -dijo-, tengo entendido que ayer descubrió algo extraordinario en la playa. Un cocodrilo, si no me equivoco. Me gustaría mucho verlo. -Miró alrededor, como si esperara que ya estuviera expuesto en la habitación.
No me sorprendió que se hubiera enterado del hallazgo de los Anning porque si bien era demasiado distinguido para formar parte del círculo de chismosos de Lyme, a menudo contrataba a canteros, ya que tenía un terreno que lindaba con los acantilados, de los que extraía piedra para la construcción. En efecto, había obtenido la mayoría de sus mejores especímenes gracias a los picapedreros, que le reservaban los hallazgos que encontraban en la piedra, sabedores de que él les pagaría más. Los Day debían de haberle contado lo que habían sacado para los Anning.
– Su información es casi correcta, lord Henley -repuse-. Fue la joven Mary Anning la que lo encontró. Yo me limité a supervisar la extracción. El cráneo está en su casa, en Cockmoile Square.
Ya estaba dejando a Joseph al margen del descubrimiento, como ocurriría durante generaciones. Tal vez era inevitable dado su carácter retraído, que le impedía corregir a la gente cuando hablaban de la criatura como un descubrimiento exclusivo de Mary.
Lord Henley conocía a los Anning, pues Richard Anning le había vendido varios especímenes. Sin embargo, no era la clase de hombre que ponía los pies en su taller, y a todas luces le decepcionó que el cráneo no estuviera en Morley Cottage, una casa más aceptable para recibir sus visitas.
– Dígales que me lo traigan para que pueda verlo -pidió, al tiempo que se levantaba de un salto, como sí de repente hubiera caído en la cuenta de que estaba perdiendo el tiempo con personas irrelevantes.
Yo también me puse en pie.
– El cráneo pesa bastante, señor. ¿Le han dicho los Day que mide más de un metro? Les costó mucho llevarlo de Church Cliffs a Cockmoile Square. Desde luego, los Anning no pueden transportarlo a Colway Manor.
– ¿Más de un metro? ¡Espléndido! Mandaré mi coche a buscarlo mañana por la mañana.
– No estoy segura.
Me interrumpí. Ignoraba qué pensaban hacer Mary y Joseph con el cráneo y decidí que era mejor no hablar en su nombre hasta que lo supiera.
Lord Henley parecía creer que el espécimen era de su propiedad y que podía reclamarlo. Tal vez lo era: los acantilados donde había sitio hallado se encontraban en sus tierras. No obstante, debía pagar a los buscadores por el trabajo y la destreza que les habían permitido localizar y extraer el fósil. Yo no compartía esa actitud posesiva del coleccionista que paga a otros para que busquen especímenes que luego él exhibirá. Como advertí un brillo codicioso en los ojos de lord Henley, juré que tendría que pagar a Mary y Joseph un buen precio por el cocodrilo, pues sabía que preferiría tratar conmigo antes que con los Anning.
– Hablaré con la familia y veré qué puedo hacer, lord Henley. No le quepa la menor duda.
Cuando se hubo marchado y Bessy se puso a barrer el lodo que había dejado, Margaret bajó con los ojos enrojecidos. Se sentó al piano y empezó a tocar una canción melancólica. Le di unas palmaditas en el hombro y traté de consolarla.
– No habrías sido feliz con esa gente.
Margaret movió el hombro para apartar mi mano.
– Tú no sabes cómo me habría sentido. ¡Que a ti te dé igual no casarte no significa que los demás pensemos lo mismo!
– Nunca he dicho que no quiera casarme. Simplemente no ha ocurrido: no soy la clase de mujer que los hombres eligen por esposa; carezco de atractivo y soy demasiado seria. Me he resignado a estar sola. Pensaba que tú también.
Margaret estaba llorando de nuevo. Yo no podía soportarlo, pues acabaría por contagiarme el llanto, y yo nunca lloro. La dejé sola para refugiarme en el comedor con mis fósiles. Ya la consolaría Louise cuando volviera.
Al cabo de un rato utilicé la visita de lord Henley como pretexto para ir a Cockmoile Square. Quería hablar con los Anning del interés del caballero por el cráneo y enterarme de qué había encontrado Mary en la playa, ya que me había dicho que iba a buscar el cuerpo del cocodrilo. Cuando llegué, fui primero a la cocina para conversar con la madre de Mary. Molly Anning, una mujer alta y flaca, llevaba una cofia y un delantal blanco mugriento. Estaba junto al fogón, removiendo algo que olía a caldo de rabo de buey, mientras un bebé berreaba sin excesiva convicción en un cajón colocado en el rincón.
Dejé el paquete que llevaba.
– Bessy ha hecho muchos bizcochos con frutos secos y he pensado que tal vez le apetecería probarlos, señora Anning. También he traído un trozo de queso y otro de pastel de cerdo.
En la cocina hacía frío, pues el fuego del fogón ardía débilmente. Debería haber llevado también carbón. No le dije que Bessy había preparado los bizcochos porque yo se lo había mandado. Por más penurias que sufrieran los Anning, a Bessy no le caían bien y consideraba -supongo que como otras buenas familias de Lyme-que nuestra relación con ellos nos degradaba.
Molly Anning me dio las gracias en un murmullo, pero no alzó la vista. Yo sabía que no tenía un concepto muy elevado de mí, pues encarnaba lo que ella no deseaba para Mary: soltera y obsesionada con los fósiles. Comprendía sus temores. Mi madre no habría deseado para mí la vida que llevaba; y yo tampoco unos años antes. Sin embargo, ahora que la estaba viviendo no me parecía tan mala. En algunos aspectos gozaba de mayor libertad que las mujeres casadas.
El bebé seguía gimoteando. De los diez niños que había dado a luz Molly Anning, solo tres habían sobrevivido, y no parecía que ese fuera a durar mucho. Miré alrededor buscando una niñera o una criada, pero naturalmente no había ninguna. Me obligué a acercarme al pequeño y di una palmadita al cuerpo envuelto en pañales, lo que le hizo llorar aún más. Nunca he sabido qué hacer con los bebés.
– Déjelo, señora -gritó Molly Anning-. Los mimos no harán más que empeorar las cosas. Dentro de poco se calmará.
Me aparté del cajón y miré alrededor tratando de no revelar la consternación que me producía el desaliño de la habitación. Por lo general las cocinas son la parte más acogedora de una casa, pero la de los Anning carecía de la calidez y la sensación de hallarse bien abastecida que animan a alguien a quedarse. Había una mesa baqueteada con tres sillas dispuestas de cualquier modo alrededor y un estante con unos cuantos platos desportillados. No se veían ni pan ni pasteles ni jarras de leche como en nuestra cocina, y sentí un repentino cariño por Bessy. Por más que gruñera, tenía la cocina siempre llena de comida, y esa abundancia procuraba un bienestar que se extendía por Morley Cottage. Las hermanas Philpot percibíamos durante todo el día la sensación de seguridad que Bessy creaba. Carecer de dicha seguridad debía de roer las tripas tanto como el hambre de verdad.
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