Cuando regresó una tarde de su paseo, vio al doctor Eronildes sobre su yegua, que volvía de un viaje río abajo. Su vaqueiro montaba al lado en una mula de carga. En las alforjas del animal había varios paquetes, dos latas de queroseno y una pila de periódicos. La anciana criada de Eronildes descendió del porche y lo saludó. El doctor se bajó torpemente de su caballo. Saludó a Luzia con la mano.
– ¡Tengo algo para ti! -le gritó.
Eronildes se acercó a ella. Dio una palmadita sobre el bolsillo de su chaleco y sacó un pequeño estuche negro.
– Un regalo -dijo.
Luzia tomó el estuche, vacilante. Era de cuero duro. Rápidamente abrió la tapa. El interior era suave, de terciopelo. Dentro de sus oscuros surcos, como una semilla en su vaina, había unas gafas con montura de metal.
– He pedido que las traigan de Salvador -dijo Eronildes, algo excitado-. Te hice un examen de la vista no hace mucho tiempo, ¿recuerdas? No fue completamente preciso, pero creo que servirá. Tú eres miope, como yo. Estas gafas corregirán tu visión.
Los anteojos parecían etéreos en sus manos. Luzia temió estropearlos. Movió torpemente sus delgados brazos. Eronildes la ayudó a ceñir los extremos redondeados alrededor de sus orejas. El metal estaba frío. Le hacía cosquillas en el tabique nasal. Detrás del doctor Eronildes, Luzia vio de repente, con toda claridad, cada grieta en las paredes blanqueadas de su casa. Vio la veta torcida de las vigas de madera del porche, cada hoja oval en el árbol de juazeiro al lado de su ventana, y al Halcón, de pie al lado de la blanca pared de la casa. Había venido a indagar acerca de los periódicos, pero se paró en seco. Apoyó los dedos gruesos de su mano sobre la pared de la casa y los observaba. Luzia se quitó las gafas.
– Al principio resulta abrumador -dijo Eronildes-, pero te acostumbrarás a ello.
– Gracias -respondió Luzia. El Halcón seguía allí, pero ahora estaba otra vez borroso, como una sombra.
– Luzia -dijo Eronildes. Hizo una pausa y entrelazó los blancos dedos-. Los hombres, los cangaceiros, están tramando marcharse pronto; en cuanto se recuperen todos.
Ella asintió. Eronildes la miró detenidamente.
– Mi padre me enseñó otra expresión -continuó-: «Quien mal anda mal acaba». ¿La has oído?
– Sí.
– Cuando los hombres se marchen, si quieres puedes quedarte en mi casa. Tienes un lugar aquí, quiero que lo sepas.
– Sí -dijo. Luzia se concentró en las relucientes gafas, guardándolas nuevamente en el estuche-. Gracias.
Su habitación estaba en penumbra. Los días eran más cortos; el sol ya se había escondido tras las colinas del río. La joven no encendió la vela. Se paró delante del espejo y abrió el estuche de cuero. Tía Sofía le había advertido de que jamás se mirara en un espejo después de anochecer. Si lo hacía, le había prevenido su tía, vería su propia muerte. Pero aún no estaba oscuro del todo. Luzia se enganchó las gafas detrás de las orejas. Las gafas eran mucho más delgadas que las de Eronildes. La montura de metal de cada lente era un círculo perfecto. Brillaban alrededor de sus ojos.
Tal vez se quedaría allí, pensó. Tal vez le enviara un telegrama a Emília. Tal vez fuera a la capital y se convirtiera en una modista famosa.
Detrás de ella, se abrió la puerta del cuarto de huéspedes. En el espejo, vio al Halcón. Luzia distinguió cada una de las arrugas doradas por el sol sobre el lado bueno de su rostro, cada pelo recogido en una descuidada cola de caballo, cada enrevesada medalla de santo. Se volvió hacia él.
– ¿Qué es eso? -preguntó el cangaicero con los labios apretados.
– Unas gafas-respondió.
El Halcón avanzó hacia ella. Su mano salió disparada hacia delante. Luzia sintió un aleteo en el pecho, como si tuviera una polilla atrapada. Se preparó para el golpe, pero los dedos se abalanzaron sobre los anteojos. Luzia se sujetó las gafas, le esquivó y dio un salto atrás para alejarse.
– ¿Qué diablos haces? -gritó la joven.
– No quiero que te regale joyas.
– No es una joya -replicó Luzia, apretando las gafas en la mano-. Son un remedio para mis ojos, para corregir mi visión.
El la agarró con fuerza.
– No necesitas que te corrijan -dijo.
Sus ojos brillaban, oscuros e inquietantes. El lado de su rostro sin la cicatriz se contrajo, subiendo y bajando, como incapaz de decidir qué expresión adoptar. Finalmente Luzia le acarició para que se tranquilizara.
Ya lo conocía. Conocía cada arruga, cada músculo, cada cicatriz oscura y reluciente…, y este conocimiento la llenó de audacia. Luzia miró sus labios torcidos; parecían extraños e inaccesibles, pero no ocurría lo mismo con sus cicatrices. Antes de que pudiera apartarse, posó la boca sobre la marca de su cuello, sobre las picaduras circulares en su mano, sobre el largo corte sesgado en su antebrazo. Sabía a sal y a clavos de olor. Él le echó la trenza a un lado y se inclinó sobre su cuello. No la besó…, inhaló, moviéndose hacia su oreja, aspirándola entera. Su voz era baja e intensa. Luzia no pudo oír las palabras, no pudo saber si eran súplicas u oraciones.
Las gafas se le cayeron de la mano. Luzia cerró los ojos y sintió que estaba de nuevo en el barranco, vadeando a través de aguas extrañas y, de pronto, pisando en un lugar donde no hacía pie. Se sintió atrapada, envuelta, arrastrada hacia abajo. Pero él estaba a su lado, y no en el torrente, sino sobre aquel duro suelo del cuarto de huéspedes. Luzia sintió temor. No podía recobrar el aliento. Sintió movimiento, luego dolor, y luego un gran estallido de calor dentro de ella, como si le inyectaran un chorro de azúcar quemada sobre el vientre. Se contrajo y se abrazó a él, devolviéndole con la respiración sus extrañas e inaudibles palabras, rematándolas no con un «amén», sino con un «Antonio».
Se casaron en noviembre, a la sombra del porche delantero de Eronildes. Luzia llevaba una camisa limpia y una falda prestada por la esposa de uno de los peones. Tuvo que alargar los bajos y coser un volante fruncido de algodón rústico alrededor de la falda y los puños de la camisa. Llevaba un ramo de azahar, y también llevaba sus gafas.
Habitualmente, antes de una ceremonia nupcial el novio y sus parientes se encaminaban a la casa de la novia, en donde ella se despedía de su familia y marchaba a la capilla junto a su prometido. No había capilla en la hacienda de Eronildes y Luzia no tenía ni hogar ni familia, por lo que se instaló en el porche trasero de la casa y esperó con la vieja criada. La mujer había guardado su pipa. No le había hecho ninguna advertencia ni dado consejo alguno a Luzia. Sencillamente trenzó su cabello muy apretadamente, le dijo que masticara clavos de olor para el aliento y hurtó un poco de la loción Zarza Real del doctor, con la que frotó el cuello y los brazos de la novia. La loción perfumada era potente, y mientras Luzia esperaba a Antonio en el porche trasero olía como el doctor Eronildes, a sábana almidonada.
Antonio llegó acompañado de sus hombres. Llevaba el pelo peinado hacia atrás con tanta brillantina que relucía como un casquete de seda oscura. Sus alpargatas también habían sido lustradas con brillantina, a falta de otra cosa. Debe de haber usado una lata entera, pensó Luzia. El lado de su rostro sin la cicatriz temblaba. La boca se elevó, le siguió la mejilla, y la piel alrededor de su ojo se frunció. Eran movimientos que habrían pasado desapercibidos en otro, pero cuando se comparaban con la mirada plácida e inmutable de su lado marcado parecían exagerados e involuntarios. Era más fácil no verlo, concentrarse en el lado inmóvil a pesar de la marca estriada. Pero Luzia se centró en la observación del lado activo. Era el que le decía algo de aquel hombre.
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