Luzia se sentó lejos del fuego, pero le lloraban los ojos. Apartó la cabeza del humo y miró hacia el porche. Allí estaban sentados el Halcón, Marcos y el coronel Clovis, meciéndose. Los pies del coronel, enfundados en sandalias, apenas tocaban el suelo. El cuerpo amplio de Marcos se derramaba fuera de los bordes de la silla. Incómodo con el movimiento de la mecedora, el Halcón estaba sentado en el borde de una silla con los pies apoyados en el suelo. El respaldo de la mecedora se inclinaba peligrosamente alejándose del suelo. Luzia temió que se volcara. El Halcón era un huésped cauto. Cuando una criada sirvió un líquido de color ámbar, sacó una cuchara de plata de su morral y la metió en su vaso. La cuchara estaba bien lustrada, brillaba en su mano. Antes, Luzia le había visto meter el utensilio en bolsas de harina de mandioca en la despensa del coronel y en cualquier otra comida que pareciera sospechosa. Si la cuchara se oscurecía, eso quería decir que había veneno. El whisky del coronel no estaba en ese caso, pero incluso después de que el Halcón secara la cuchara y la volviera a meter en el morral, esperó a que su anfitrión bebiera el primer sorbo.
Esa tarde, ante la insistencia del coronel, Luzia se sentó en el porche al lado de los hombres, pero no bebió. Sólo escuchó. Hablaron del precio del algodón, de cuánto había procesado la planta, cuánto tardarían las balas de algodón en llegar a Recife y cuánto pagarían las fábricas textiles. La cosecha había sido muy abundante, dijo el coronel, y sin duda las fábricas pagarían menos. El Halcón elogió las habilidades de negociación del coronel. Dijo que su planta obtendría una buena ganancia. El coronel Clovis movió la mandíbula de un lado a otro, como si estuviera acomodándola dentro de su boca. Marcos se meció aún más rápido en su silla. Luzia miró atentamente al Halcón. Sostenía el vaso con ambas manos, como un niño. No parecía un terrateniente, pero esa tarde había hablado como uno de ellos. El coronel había dicho que la planta también era del Halcón. Y Luzia se dio cuenta de que el Halcón y sus cangaceiros no habían acudido al coronel para que los protegiera, sino para cobrar su parte.
Desde el comienzo supo que los cangaceiros no eran pobladores aislados de la caatinga. Dependían de los habitantes del matorral -ricos y pobres- para proveerse de ropa, alojamiento y protección. Esa red de conexiones era frágil: se basaba en la reputación que el jefe cangaceiro tuviera de ser un hombre justo, y podía quebrarse fácilmente si flaqueaba aquel sentido de justicia. Otros bandidos podían ser innecesariamente brutales, pero el Halcón y sus cangaceiros no podían permitirse ese lujo. Sus acciones jamás carecían de sentido. Si sus hombres cercenaban la oreja a un comerciante, se debía a su grosería; si le cortaban la lengua a otro, era por dar un soplo a los soldados o calumniar a los cangaceiros; y si usaban sus puñales se debía a ofensas mayores contra ellos o contra sus amigos. Lo más importante, solía decir el Halcón, era que el honor de una mujer era el tesoro de su familia. Él y sus hombres respetaban a las familias; dependían de ellas.
– Sólo los pájaros cagan donde comen -decía-. Y nosotros no somos pájaros; somos cangaceiros.
Ese día, en el porche del coronel, Luzia se dio cuenta de que además eran hombres de negocios. Tuvo una extraña sensación de confianza. Los hombres de negocios tenían planes, tenían un futuro. Los cangaceiros, no. Recordó el relato de Ponta Fina de su incorporación al grupo, la advertencia del Halcón de que era un callejón sin salida. Los planes de futuro que había oído expresar a los hombres eran efímeros: bailar, disfrutar de una buena cena, amar a una mujer. Más allá de eso, esperaban morir en un combate justo. Pero si el Halcón era dueño de algo, si era socio de la planta desmotadora, eso significaba que tenía influencia y un ingreso anual. Un flujo constante de ingresos significaba que podía hacer planes por adelantado, podía ahorrar dinero, podía comprar tierras para él y sus hombres. Y con la tierra venía la respetabilidad. Con la tierra sobrevenía la esperanza de algo más que la supervivencia y una muerte segura.
Las castañas ya estaban listas. Con rápida precisión, las mujeres colocaron los palos con los que habían movido a ambos lados del cuenco de metal y lo levantaron del fuego. Luego volcaron el cuenco. Las castañas ennegrecidas cayeron sobre la tierra. Los niños rodearon la pila humeante y la enfriaron con arena. Cerca de ella, Sabia cantó sin el acompañamiento del acordeón. Su canción era rápida; el ritmo, entrecortado. Respiraba profundamente entre verso y verso:
Los cuerpos son mi jardín, mi pistola es mi azada, mis balas son como lluvia: soy un hijo del sertáo.
Los cangaceiros bailaron al lado del fuego en dos hileras, portando sus rifles, con una mirada severa en el rostro. Al ritmo de la canción de Sabia, avanzaban tres pasos con el pie derecho, luego se adelantaban rápidamente con el izquierdo. Se habían aflojado las alpargatas para que las suelas se arrastraran sobre el suelo. El cuero bacía un ruido susurrante contra la arena. Los rifles eran sus compañeros de baile y los cogían con rigidez, como habían agarrado a las tímidas muchachas en Fidalga.
Los hombres tenían prohibido beber, aunque el coronel les ofreció licor de caña. Aun así, el interminable suministro de carne y agua de río excitó a los cangaceiros. De repente, el Halcón se alejó del porche. Luzia creyó que iba a regañar a los hombres por bailar. En cambio se unió a ellos. Se puso delante de la primera hilera, pisando fuerte y arrastrando los pies al compás con los demás. Sus movimientos eran más precisos, más controlados. Había una cierta gracia en su regularidad, una extraña fluidez en el ritmo de sus rígidos músculos.
Mi rifle es mi mejor abogado, mis balas son policía, mi puñal, el juez más justo, y la muerte, mi huida.
Luzia lo observó. Deseó que cuando terminara el baile se acercara a ella. Quería darle las gracias. La tarde en la que Ponta Fina y ella habían ido a buscar su máquina de coser al porche trasero del coronel el Halcón le había dejado un regalo. Habían acampado lejos de la casa del coronel Clovis, y habían dejado la máquina de coser sobre el porche para que no se recalentara al sol. Cuando Luzia y Ponta la fueron a buscar, encontraron un pequeño paquete en la base de la Singer atado con una cuerda. Al tirar del papel de estraza, un rollo de seda se derramó en sus manos. Era resbaladizo, como el aceite. Luzia emitió un grito ahogado y lo levantó antes de que tocara el suelo. La seda era del color de la sémola finamente rallada: había dos metros. En Taquaritinga un regalo así le habría parecido inútil y ridículo. Pero hacía mucho tiempo que no sentía algo tan suave. Durante meses sólo había sentido el cuero áspero, las frazadas de lana rasposa, los cardos y los espinos del matorral, y su propia piel llena de callos. Ponta Fina le pidió que le dejara tocar la seda.
– Debe de ser del capitán -dijo. Con motivo de su cumpleaños, imaginó Luzia. Del día de su santa. Toda la tarde la había pasado pensando en dar las gracias al Halcón, pero no sabía cómo.
La canción de Sabia terminó. Los hombres dejaron de bailar.
– Es casi medianoche -anunció el Halcón-. La hora de rezar.
Los peones y los cangaceiros se congregaron alrededor de una gran roca de superficie plana, a pocos metros del fuego. Canjica tenía en la mano una lata de sal y una cuchara de madera. Entregó esos objetos a Luzia, y la guió hacia la roca. El Halcón se arrodilló delante de ella. Los otros hicieron lo mismo. Sacó un papel arrugado del bolsillo de su chaqueta. Miró a Luzia e inclinó la cabeza.
– Mi santa Lucía -dijo lentamente, pronunciando cada sílaba-, haz que yo vea. Tú, que no perdiste la fe ni después de que te desangraran; tú, que no perdiste la visión ni después de que te sacaran los ojos, defiéndeme de la ceguera, conserva la luz de mis ojos, dame la fuerza para mantenerlos abiertos siempre, para poder distinguir el bien del mal, la verdad de la mentira. Tú, que recibiste cuatro ojos en lugar de dos, mira a los cielos y dinos qué nos depararán estos meses.
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