Emília siempre había creído que Degas era un buen partido. Después de llegar a Recife, se sintió inferior, provinciana y carente de refinamiento. Había creído que el desinterés de su esposo se debía a sus insuficiencias; ahora sabía que no era así.
La joven apreciaba los lujos de su nueva vida con Degas. Sin él, tal vez hubiera terminado como una de esas pobres costureras de Recife, atrapada en una estancia sofocante, inclinada horas enteras sobre una máquina de coser. Pero además de la capacidad de Degas de proporcionarle vestidos, casas o criados, Emília había esperado que un esposo educado le proporcionara una tranquila felicidad. Que juntos pudieran hacer de su vida matrimonial una tela fina, en la cual todo hilo irregular quedara escondido tan hábilmente que pasara desapercibido, haciendo que el género siempre se mostrase suave y bello. Pero allí de pie, en aquel estudio oscuro, entre libros extraños y frascos colmados por pálidos restos, recordó la sensación de frío del éter en la fiesta de carnaval, recordó las manos de su esposo atando con cuidado un pañuelo gitano, y presintió una aterradora certeza: había elegido mal. Y todos los que la rodeaban -doña Dulce, las criadas de la casa, incluso las jóvenes Raposo- parecían sospechar lo que Emília finalmente había notado: que Degas era incapaz de crear un tejido con aquellos hilos invisibles que conformaban la felicidad de una mujer.
Cuando regresaron los Coelho, Emília estaba dormida sobre la cama infantil de Degas. Oyó el estruendo lejano de un motor. Se despertó con el chasquido seco de la cerradura. De pie en la puerta estaba la sombra de un hombre, oscura y maciza. Plumas iridiscentes brillaban alrededor de su cintura y su cuello, estampadas con grandes círculos blancos, como una docena de pares de ojos. Emília se incorporó.
– Te hemos buscado por todas partes -dijo Degas-. ¿Por qué te fuiste?
– Estaba cansada -respondió Emília-. Me ardían los ojos.
– Debiste decírmelo.
– El chófer de los Raposo os avisó, ¿no?
– Sí. Mi madre está furiosa.
– ¿Por qué? -De repente, Emília también se sentía furiosa.
– Una mujer no se va sin su esposo.
Emília se volvió a acostar. Las plumas de su disfraz atravesaban la tela brillante, pinchándole la piel.
– Y además con las Raposo -prosiguió Degas-. Todo Recife estará hablando de ello mañana.
– Que hablen -dijo Emília con brusquedad.
Oyó los jadeos de Degas, el zumbido de un mosquito, los fuertes latidos de los tambores maracatu en la distancia. Degas estiró la mano para tantear la cama, como si sus ojos no se hubieran acostumbrado aún a la oscuridad. Se desplomó al lado de ella, casi sobre sus piernas. Se había sentado sobre su falda, inmovilizándola. Emanaba un hedor agrio y fermentado, mezcla de alcohol y sudor.
– ¿Qué sabes de mí? -preguntó. El tono de su voz era apremiante; sus ojos, húmedos y oscuros.
Emília sintió una oleada de disgusto. Ella podría preguntarle lo mismo. Degas jamás quería saber cómo pasaba los días; jamás preguntaba por sus sentimientos. Emília sólo era algo útil y atractivo, como la gramola o los brillantes zapatos. En definitiva, un adorno que ocupaba un lugar periférico en su vida.
– Jamás me has besado -le dijo ella.
– Te he besado muchas veces.
– No -dijo Emília-. No me has besado como se besa a una mujer.
Degas se frotó el rostro con las manos. Suspiró.
– No, supongo que no. -Fijó la mirada en Emília. Se pasó la mano por el pelo-. No he cumplido con mi parte del trato.
– Un trato -repitió Emília automáticamente. Era lo que solía hacer en el mercado de los sábados, pero jamás le gustó. De hecho, lo odiaba. Siempre pagaba demasiado y recibía demasiado poco. Emília cogió la esquina de la sábana almidonada y la arrugó.
– Tu madre quiere un nieto -dijo con la voz temblorosa y abrumada-. Me echa la culpa a mí.
– Lo siento -susurró Degas-. No es justo.
Se levantó y extendió la mano.
– Ven -dijo.
Lo dijo tan suavemente que Emília, pese a su enfado, obedeció. Degas le levantó los brazos por encima de la cabeza. Le quitó el arrugado disfraz. Debajo llevaba una combinación y pantalones cortos de algodón. Aun así, Emília sentía un frío extraño. Se cruzó los brazos sobre el pecho.
– Acuéstate -susurró Degas.
Sintió las sábanas ásperas contra la espalda. Las manos de él estaban frías. Se movieron suavemente al principio, y luego con mayor urgencia, presionando y tirando como si la estuviera moldeando con sus delgados dedos. Enseguida sus pantalones cortos habían desaparecido; la combinación estaba apretujada alrededor del pecho. Degas pesaba mucho. El pecho de Emília apenas podía elevarse o descender. Comenzó a respirar con dificultad, la cabeza le latía. Cerró los ojos y recordó el molino de harina de Taquaritinga, su húmedo calor, el olor acre de la mandioca, los hombres y las mujeres sudorosos encorvados sobre los pálidos tubérculos que se aplastaban hasta quedar transformados para siempre.
Matorral de la caatinga, interior de Pernambuco
Valle del río San Francisco, Bahía
Diciembre de 1928-noviembre de 1929
Debajo de la aguja de su Singer germinaron las rosadas estrellas de las plantas de macambira. Sobre las solapas de los morrales y en las alas agrietadas de los sombreros de los hombres, cosió círculos verdes semejantes al cactus bonete. Bordó remolinos color naranja imitando la corteza desprendida de los árboles imburana. Luzia se olvidó de las inútiles mariposas y rosas de los manteles y las toallas de doña Conceição. El matorral se transformó en su paleta.
En aquella maraña achaparrada de maleza gris, cualquier indicio de color resultaba extraordinario. Luzia coleccionaba las cascaras de los escarabajos muertos que se adherían, doradas y traslúcidas, a las ramas de los árboles. Admiraba las amarillas bayas del juá antes de machacarlas y lograr una pulpa espumosa para lavarse el pelo. Y cuando oía los nítidos gorjeos del periquito de la caatinga -que atravesaba el sofocante silencio de la tarde como el ruido de trozos de vidrio que se hacían añicos en las alturas- oteaba el cielo hasta que distinguía sus verdes alas. No podía ver los pájaros, sólo su contorno borroso, como una mancha de color en el cielo. Luzia aguzaba la vista para ver los árboles y las cumbres lejanas. Entornaba los ojos para ver con mayor claridad y no de manera borrosa y confusa. Poco a poco, comenzó a ignorar todo lo que se hallaba lejos. Podía ver lo suficiente, podía leer los periódicos que el Halcón le traía y distinguir claramente las puntadas que cosía. No necesitaba ver lo que estaba lejos, sólo lo que tenía delante.
Los cangaceiros valoraban su costura. Cuando el grupo invadía un pueblo, los hombres buscaban telas e hilos. Registraban cobertizos y almacenes polvorientos, revisaban los armarios de costura de las damas y luego le presentaban sus hallazgos a Luzia. Los únicos utensilios que no aceptaba eran las cintas métricas. Sólo usaba su propia cinta, la que Emília había empaquetado, porque la había hecho ella misma y confiaba en su precisión.
– Jamás os fiéis de una cinta métrica ajena -advertía Luzia a los hombres, repitiendo el consejo de tía Sofía.
Sólo la gente muy rica -coroneles, comerciantes, políticos- tenía tesoros con lujosos bordados y apliques. Ahora también los poseían los cangaceiros. Y como les ocurría con todo lo que tenía valor, querían más. Pidieron a Luzia que adornara las cartucheras, que hiciera fundas para las vasijas y cantimploras, que cosiera sus iniciales sobre los guantes de cuero de vaqueiro. Hasta Orejita y Medialuna le entregaron silenciosamente sus posesiones para que las decorara. De este modo, los cangaceiros, al principio recelosos con la presencia de Luzia, terminaron creyendo que la predicción del Halcón se había cumplido parcialmente: todavía Luzia no había traído ni buena ni mala suerte, pero había resultado útil.
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