– Anda -dijo.
Los espejos de la estancia hacían que pareciera que había filas y filas de doñas Dulce, todas de pelo trigueño, todas severas y autoritarias, con sus ojos color ámbar fijos en Emília.
– Anda -repitió doña Dulce.
Emília dio un paso alejándose de su suegra. Doña Dulce la observó en los espejos.
– ¡No estés tensa, relájate! -gritó.
Emília apretó el paso.
– ¡No! -gritó doña Dulce-. No andes como si fueras un caballo. Y no balancees los brazos. ¡No estás cazando moscas! Anda lentamente. No vayas rápido, porque eso delata que estás nerviosa.
De repente, doña Dulce se acercó a su lado. Le dio enérgicamente con el palo en el estómago.
– Mete la tripa -dijo con firmeza-. Así me enseñaron las monjas a mí. No es fácil, pero se debe hacer. Agradece que esté dispuesta a enseñarte, o jamás podrías salir de casa. Será más fácil moldear tus costumbres porque no has recibido lecciones previas. En ese sentido, prefiero tenerte a ti que a algunas de las obstinadas jovencitas de esta ciudad, que creen que pueden prescindir completamente de los modales. ¡Mete la barriga!
Doña Dulce atizó a Emília en los hombros, el trasero, el pecho. Doña Dulce repitió sus frases una y otra vez, como si estuviera cantando un himno. «Mete la tripa», «alza la cara», «más despacio». Luego cogió una escoba guardada junto a unas sillas cubiertas por sábanas. La colocó detrás del cuello de Emília y la obligó a levantar los brazos por encima de la cabeza. El pecho de Emília sobresalía hacia delante.
– Nuestra postura revela nuestra naturaleza -dijo doña Dulce-. Una persona que tiene los hombros caídos es perezosa, no tiene la autodisciplina necesaria para mantener la postura erguida. Ahora, anda.
Pasaron muchas tardes en aquella habitación calurosa llena de espejos. Cuando al fin se iban, la ropa de Emília estaba empapada, su pelo aplastado contra la frente, y los pies y el cuello, doloridos. Hasta doña Dulce tenía un leve rubor en las mejillas.
Al atardecer, Emília observaba a los vendedores ambulantes desde su ventana de arriba. Veía cómo llevaban toda su mercancía -plumeros, cubos de aluminio, escobas, botellas y jarras de arcilla-, que se balanceaba en el palo que portaban sobre sus hombros con tanta precisión como una balanza. Cuando Emília aprendió a caminar como es debido, doña Dulce descubrió una de las sillas tapadas y le hizo repetir el ritual de tomar asiento y enderezarse la falda. Emília se levantó y se sentó hasta que le dolieron las rodillas. Durante todo ese tiempo, doña Dulce mantenía el palo a mano e impartía otras lecciones, de naturaleza más sutil: nunca te sientes al lado de un hombre que no sea tu esposo; jamás manifiestes incomodidad o desagrado; jamás efectúes presentaciones, salvo que seas la anfitriona; nunca le des la mano a nadie.
Con cada regla, la voz de doña Dulce se tornaba más estruendosa, y sus golpes con el palo, más fuertes. Parecía irritada por tener que repetir aquellas normas en voz alta, como si pronunciándolas les restara valor. Si Emília pedía una explicación, doña Dulce respondía bruscamente.
– La charlatana deja al descubierto su mente superficial -decía-. Mejor tener la boca cerrada hasta que te hagan una pregunta.
Las reglas eran las reglas, explicaba doña Dulce. Si Emília hubiera nacido en ese mundo, si la hubieran formado y preparado correctamente, no habría habido necesidad de decir tales cosas; no se vería obligada a repetirlas en versión simple, transformadas en vulgares consejos que podían encontrarse en las revistas de moda. Se habría empapado de ellas durante años de observación y de rutina, hasta que fuesen poco menos que parte de su naturaleza.
En el transcurso del verano hubo más y más reglas que Emília tenía que aprenderse. Después de cada lección, la joven se sentía extenuada y conmocionada. Había tantos errores que se podían cometer, tantas vulgaridades en las que podía incurrir involuntariamente… Aun así, Emília estaba decidida a refinarse. Si aprendía las reglas de su nuevo mundo, si las interiorizaba, creía que podía borrar la mancha que llevaba impresa. Doña Dulce la respetaría. Degas la trataría como a una esposa, no como a una pobre joven campesina a la que había rescatado. La llevaría a comidas sociales, al cine, y tal vez incluso de luna de miel a Río de Janeiro, como había prometido. Y en esa luna de miel la tocaría como un esposo debía tocar a una mujer. Emília se sentó más erguida, caminaba más derecha. Durante las comidas, ya no jugueteaba con los cubiertos. Mantenía las manos alejadas de la cara. Se tocaba ligeramente la boca con la servilleta, en lugar de frotarse los labios. Le seguía costando horriblemente identificar los cubiertos, que doña Dulce se complacía en ubicar en hileras complicadas al lado y por encima de los platos. Cuando dudaba, Emília imaginaba a doña Dulce tras ella, sosteniéndole las manos como un títere y diciendo: «Tómate tu tiempo. No te metas bocados demasiado grandes en la boca. Ataca la comida con vigor, pero con la mayor modestia posible. Y, por todos los santos, no apartes tu plato bruscamente cuando hayas terminado».
Si miraba al otro lado de la mesa y veía las cejas rubias de doña Dulce levantarse con un gesto de reproche, Emília no se alteraba ni dejaba de comer. En lugar de ello, miraba fijamente la línea almidonada que había en medio del mantel de lino y recordaba lo que doña Dulce le había dicho cuando comenzaron las lecciones: que no había ningún misterio en todo esto, que el camino hacia el refinamiento era tan derecho y recto como el pliegue que corría por el centro de aquel mantel.
Para recompensarla por sus avances, doña Dulce llevó a Emília a comprarse tela y a visitar a la modista en la Rúa da Emperatriz. Emília no pudo dormir la noche anterior, recordando la moda que había visto en Fon Fon: los vestidos tubulares con faldas que terminaban a mitad de la pantorrilla y cuellos con pliegues de fuelle. Lamentaba profundamente haber dejado sus revistas en Taquaritinga. Doña Dulce no estaba suscrita a Fon Fon.
El taller de la modista tenía una sala de exposición y un probador para los clientes. Apiladas contra las paredes había piezas de tela fuertemente enrolladas. Había sedas estampadas, tafetán brillante, tejidos traslúcidos. Emília creyó que se desmayaría de la emoción. Por fin estaría en el pedestal, en lugar de ser la portadora de la cinta de medir. Se colocaría delante del espejo y daría órdenes para agregar pinzas o levantar el vuelo de la falda. Su excitación se esfumó rápidamente. Doña Dulce no les daba ninguna importancia a los sombreros, los vestidos elegantes o los zapatos de tacón con primorosas hebillas. Eligió linos «clásicos», de colores aburridos y neutros, y dio instrucciones a la diseñadora para que imitara los patrones de los vestidos más sencillos del escaparate: escotes discretos, cinturas bajas, faldas rectas que dejaban ver el tobillo, pero disimulaban cualquier indicio de asomo de la pantorrilla.
La modista estuvo de acuerdo y lamentó los nuevos estilos que venían de Río de Janeiro. Mientras Emília estaba sobre la tarima escuchó lo que elogiaban y lo que criticaban. Hasta ese momento había creído que todas las damas de la ciudad usaban los modelos más modernos y audaces. Ahora advertía que había una diferencia entre lo nuevo y lo aceptable. Si una dama llevaba un estilo de moda al extremo -usando faldas cortas y vestidos con líneas atléticas- se rumoreaba que era una libertina, o peor: una sufragista. Pero por otro lado también se ridiculizaba a las damas que se vestían demasiado tradicionalmente, con faldas largas y cinturas encorsetadas, tachándolas de anticuadas. Al mirar todas aquellas piezas de tela de diferentes colores, Emília se dio cuenta de que una mujer refinada era lo opuesto a la casa de los Coelho: tenía pátina de modernidad por fuera, pero en lo esencial era anticuada.
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